domingo, 10 de noviembre de 2013

Tatuajes

La primera vez que ella se tatuó se marcó el nombre de él en su muñeca. Lo hizo por amor, para tener presente su nombre en cada momento. Fue un tatuaje sutil, pequeño y muy discreto, como era el amor de ambos en ese entonces. 
El segundo tatuaje se lo hizo dos años después. El rostro de él, plasmado en un hombro de ella, le sonreía permanentemente y de frente, a manera de burla, a todo aquel que se atreviera a mirarla. Esta vez, la marca fue una huella atrevida y pública, como el sentimiento que existía entre ella y su amado. 

Luego vinieron otras marcas que evocaron diferentes etapas del amor intenso que brotó entre los dos. La espalda, la pelvis, la cadera, una pantorrilla y un seno de ella sirvieron de lienzo para estampar en cada rincón de su cuerpo las señales que le harían recordar por siempre al hombre que se le metió por todos los poros. 

Un día, mientras discutían por algún detalle banal, de esos que generan los peores conflictos, ella le recriminó no haberse tatuado nunca algo que la evocara. Él, tras lanzarle una mirada flecha que se le clavó en el corazón, le dijo una frase seca, con la que se fue para siempre: "creí que habías notado que te tenía tatuada en el alma". 


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