martes, 11 de abril de 2017

El Círculo de Fadil

Fadil decidió ser escritor porque la chica linda del barrio dijo alguna vez en una reunión del grupo juvenil que le gustaban los escritores. Él, que estaba a su lado esa tarde y que no veía cómo llamar su atención, concluyó que el camino era ese: escribir. No era bueno para bailar, mucho menos para beber y tampoco para trabajar. No tenía buena voz, no era alto, no tenía ritmo y tampoco dinero. Era tímido, tenía demasiado acné, no era capaz de sostener una conversación con una chica que le gustara y no era bueno para jugar al fútbol. A ella le gustaban los escritores y él se propuso serlo.

De la chica no volvió a saber nada. Le perdió la pista en esos años de juventud. Mientras él peleaba con la gramática, la ortografía y la sintaxis, ella decidió salir con uno de los muchachos que tenía el poder en uno de los combos de la época.  Hoy, ella lee sus novelas en silencio, tratando de buscar en ellas una chica del grupo juvenil. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Historia ajena

"Es una gran historia, déjame escribirla", le rogó el periodista con un evidente nudo en la garganta producto de la emoción con la que vivía el oficio. "Si quieres, la escribo acá en el portátil, la redacto bajo tu supervisión, tú la lees, le ponemos o le quitamos lo que tú quieras, y si no te gusta pues ya está, la borramos y no pasa nada. Déjame intentarlo, igual sabes que respetaré tu decisión", insistió.

La mirada inquisidora de quien fuera años atrás su compañera de pupitre no lo intimidó para emprender el trabajo sentados en una cafetería de la estación. Los dedos índice llevaron el ritmo de la escritura que no duró más de dos tintos. No fue fácil darle orden a la historia. Él, absorbido por el texto no se dio cuenta de que comenzaba a llover. 

Después de leer las dos páginas en las que Restrepo condensó lo vivido por ella en las últimas dos semanas le  lanzó un "no me gusta en absoluto" que fue lapidario. "Ya te dije que no quiero que esto se sepa, ni siquiera por intermedio tuyo".  

Restrepo sabía que por ética periodística no podía violar ese acuerdo con la fuente, y más tratándose de Tatiana. "No te preocupes, simplemente se borra y ya está", explicó él con cara de desconsuelo. Mientras pedían el tercer tinto de la tarde, ella lo miró por primera vez a los ojos como no lo hacía hace 12 años para decirle una de esas frases de ella que siempre le quedaban zumbando: "Entiéndelo, no es tu historia, es la mía".  


domingo, 1 de enero de 2017

Colapsó

En el despacho del director no cabían dos personas; al menos dos que pudieran considerarse "normales". Andy era muy alto, pero tenía una voz delgada, y sus lentes ocultaban la cobardía de quien respeta la autoridad solo por el cargo más no por el conocimiento, el tacto o el carisma de la persona que en ese momento lo increpaba por el error. El doctor López era dueño de un cuerpo voluminoso, una reputación de ogro y una petulancia fofa. Tanta, que la oficina se veía muy reducida para aquella reunión. 

"Seré breve", dijo el doctor López. Y prosiguió: "Este tipo de errores son los que llevan a una empresa al colapso. Voy a salir a almorzar y cuando regrese, no quiero verlo más por acá". 

Dos horas después, Andy, desde unos de los cerros tutelares de la ciudad, veía cómo la empresa se derrumbaba en pedazos sobre el carro del director, que venía ingresando justo en el momento de la explosión. López regresaba de almorzar pastas cargadas de espinaca.