Mauricio salía en su bicicleta todos los días a las 5:55 de la mañana. Ni un minuto antes ni uno después. Bajaba la bicicleta por el ascensor de la torre 5, saludaba con la mano al portero de turno y arrancaba despacio mientras la ciudad comenzaba a aclararse entre la neblina.
El 5 de mayo había cumplido 50 años. Tenía las piernas duras y marcadas de tanto pedalear y unas ojeras profundas que le daban cara de hombre cansado, incluso cuando sonreía. Era trigueño, de barba irregular y cabello corto; las entradas ya se le marcaban a ambos lados de la frente. Había adelgazado mucho el último año. A veces, cuando se detenía en un semáforo y veía su reflejo en una vitrina, se parecía más a alguien que estaba huyendo que a alguien haciendo deporte.
Su recorrido era siempre el mismo: bajaba por la calle 30, tomaba la congestionada autopista hacia el sur, subía hasta el parque de Caldas, giraba hacia la doble calzada, tomaba la Regional hasta el norte y regresaba a casa antes de que el tráfico terminara de colapsar la ciudad. Al llegar nuevamente al edificio y subir al ascensor, el ciclocomputador marcaba exactamente 55,5 kilómetros. Ni uno más ni uno menos. Al principio había sido casualidad, después se volvió costumbre y finalmente, necesidad.
Aunque el recorrido era siempre el mismo, algunas veces, llegando a la portería y el ciclocomputador marcaba 54,7 o una cifra parecida. Cuando esto ocurría, Mauricio seguía pedaleando alrededor del edificio durante varios minutos hasta completar el número exacto.
Vivía solo. Trabajaba desde casa revisando reclamaciones de seguros y hablaba poco con la gente. El ritual de la bicicleta terminó ocupando el lugar que antes habían tenido otros asuntos: una novia que se fue sin pelear, los partidos de fútbol de los jueves y las visitas a la mamá, que insistía en servirle comida para “ver si recuperaba el color”.
Con el paso de las rodadas, empezó a reconocer a otras personas que como él, sin importar el día o el clima, madrugaban con cierto ritual: un hombre de barba blanca que trotaba por la calle 30 escuchando radio; una muchacha de audífonos rojos que esperaba siempre en las escalas de la estación Poblado; un domiciliario venezolano que descansaba sentado en un andén de Itagüí mientras fumaba el primer cigarrillo del día; una mujer de chaqueta amarilla que barría hojas frente a un concesionario en la entrada a Caldas; y un anciano de cabello completamente blanco que leía un libro y tomaba café sentado siempre en la misma banca del parque.
Terminó habituándose a verlos. Le sorprendía la puntualidad de todos. Nunca se detuvo a hablar con ninguno, pero comenzó a saludarlos con pequeños movimientos de cabeza. A veces, sentía que ellos también esperaban su paso. Con el tiempo dejó de mirar el reloj pues sabía perfectamente en qué punto del trayecto aparecería cada uno.
Una mañana lluviosa de un viernes de junio, el anciano del parque no apareció. Mauricio disminuyó la velocidad frente a la banca vacía. Sintió algo extraño en el pecho, pero siguió pedaleando.
Al día siguiente tampoco estaba. Ni el otro. El quinto día frenó por primera vez en meses, puso un pie sobre el pavimento mojado y miró la banca húmeda bajo los árboles.
“Disculpe”. le dijo a un vigilante del parque. “¿El señor mayor que se sentaba aquí a leer y a tomar café, el de cabello blanco, no volvió?”
El vigilante frunció el ceño.
“¿Cuál señor?”
“El viejito que madruga todas las mañanas y se sienta justo aquí”.
El hombre negó lentamente con la cabeza. “Amigo, llevo cinco años trabajando acá y en esa banca no se sienta nadie en las mañanas. Siempre permanece mojada por esos árboles”.
Mauricio sintió que el estómago se le vaciaba. Sonrió, volvió a montarse en la bicicleta y terminó el recorrido bajo una fuerte lluvia.
Cuando llegó al edificio, el ciclocomputador marcaba exactamente 55,5 kilómetros. Se quedó quieto mirando el número mientras repasaba mentalmente el recorrido completo: el hombre de barba blanca, la chica de audífonos rojos, la mujer de la chaqueta amarilla, el domiciliario venezolano y el anciano del libro. Así había sido siempre, menos los últimos cinco días.
Caviló un momento y pensó algo que le heló la sangre: nunca había visto a ninguno de esos personajes hablando con otra persona. Nunca había escuchado sus voces. Siempre estaban exactamente en el mismo lugar, haciendo lo mismo.
Entró al ascensor empujando la bicicleta mojada. Mientras las puertas se cerraban, bajó la mirada hacia el ciclocomputador: 54,5 kilómetros. Se confundió. Era un kilómetro menos que el número que había visto unos segundos antes en la portería.
Extrañado, levantó los ojos hacia el espejo del ascensor. Por un instante dejó de verse a sí mismo. Frente a él estaba el anciano de cabello completamente blanco, sosteniendo un libro húmedo entre las manos.
Mauricio tragó saliva, miró el reloj y vio que eran las 5:55 de la mañana. Salió rápido del ascensor, abrió la puerta del apartamento y entró rápido a preparar café y a leer el libro que llevaba en la mano.
Ahora que estoy entrando en los arrabales de la vejez, también se me confunden los sueños con la realidad. Un abrazo!
ResponderEliminarSúper 👍👍👍🤗🚴🚴🚵
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