martes, 3 de noviembre de 2026

Se seguían

 A Katty le gustaba pensar que trabajaba en el lugar más silencioso de la ciudad, aunque sabía que no era cierto. La biblioteca municipal tenía sus propios ruidos: el roce de las páginas, las sillas que se arrastraban sobre el piso, los pasos de los estudiantes que llegaban a consultar libros, el murmullo de los niños en la sala infantil y el golpe seco de los volúmenes que regresaban a los estantes. A veces, cuando la tarde estaba tranquila, se escuchaba incluso el zumbido de los tubos de luz. A ella le gustaba ese tipo de silencio.

 Tenía treinta y cuatro años y llevaba casi una década trabajando allí. Había aprendido a reconocer a los lectores por sus costumbres: los que doblaban las esquinas de las páginas, los que tomaban notas en los márgenes, los que consultaban siempre el mismo periódico y los que llegaban a buscar un libro sin saber muy bien qué estaban buscando. Sabía que los libros podían ser una forma de compañía, por eso nunca le molestaba que alguien se quedara más tiempo del necesario.

 Le gustaba la poesía. La leía en los trayectos en bus, durante los descansos del almuerzo y antes de dormir. Tenía una debilidad particular por los poemas breves, esos que parecían haber sido escritos para decir en tres líneas lo que a otros les tomaba una vida entera explicar. Le gustaban los versos que dejaban espacio para el lector, los que no cerraban del todo una idea y permitían que cada quien terminara de escribirlos por dentro.

 A Julián, en cambio, le gustaban las novelas. Trabajaba como consultor y capacitador de empresas en temas de calidad. Pasaba buena parte de su vida entre viajes, convenciones, charlas, reuniones con clientes y llamadas telefónicas. Conocía aeropuertos, hoteles y salas de conferencias de distintas ciudades del país. No conocía escritores ni frecuentaba tertulias, pero leía mucho. Era su gran pasión.

 Leía en los aviones, durante la hora del almuerzo, en los aeropuertos y en las noches en los hoteles hasta que el sueño lo vencía. Prefería las novelas largas, las que exigían tiempo y paciencia, las que permitían acompañar a un personaje durante cientos de páginas. Decía que una buena novela era como conocer a alguien: al principio uno no sabe qué esperar; después empieza a reconocer sus gestos y, cuando llega el final, siente que se despide de una persona que ha formado parte de su vida.

 Se conocieron en una conversación que ninguno de los dos tenía previsto sostener. Habían coincidido en una feria del libro. Katty había asistido porque una de las autoras invitadas era una poeta que admiraba. Julián había llegado porque un compañero de trabajo le había regalado la invitación y porque, según dijo después, no tenía nada mejor que hacer aquella tarde.

 Al terminar el evento, mientras los asistentes se acercaban a la autora para pedirle una dedicatoria, los dos quedaron junto a una mesa donde se exhibían otros libros.

 —¿Te gustó? —preguntó Julián.

 Katty miró el ejemplar que él tenía en las manos.

—Mucho. Aunque creo que algunos poemas necesitaban más silencio.

 Julián sonrió.

—Yo habría preferido que fueran un poco más largos.

—¿Los poemas?

—Sí. Me quedé esperando que pasara algo.

 Katty se rio.

—Es que en la poesía no siempre tiene que pasar algo.

—En las novelas sí.

—Por eso lees novelas.

—Y tú poesía.

 Hablaron durante casi una hora. Descubrieron que tenían opiniones diferentes sobre los finales, que discutían con los personajes cuando tomaban decisiones absurdas y que ambos desconfiaban de las personas que decían no tener tiempo para leer.

 Julián defendió las novelas extensas; Katty, los poemas que cabían en una página. Él decía que una historia necesitaba espacio para desarrollarse. Ella sostenía que algunas cosas, cuando se explicaban demasiado, perdían su misterio.

 Katty tenía el cabello rubio, una sonrisa fácil y una manera particular de escuchar. Julián recordaría mucho tiempo después que, durante aquella conversación, ella parecía prestar atención incluso a las cosas que él no terminaba de decir. Cuando se despidieron intercambiaron sus perfiles de redes sociales. No hubo una invitación concreta ni una promesa de volverse a ver. Solo un «seguimos hablando». Y lo siguieron haciendo.

 Al principio fueron comentarios sobre libros. Julián publicaba fotografías de las novelas que terminaba y Katty respondía con alguna observación. Ella compartía poemas y él preguntaba por los autores. A veces discutían sobre una frase; otras, sobre el final de una historia. Después empezaron a hablar de otras cosas. Del trabajo, de las ciudades, de los viajes, de las comidas que les gustaban, de las películas que habían visto demasiadas veces, de las personas que se habían ido y de las cosas que uno recuerda sin saber por qué.

 Nunca se convirtieron en grandes conversadores por mensajes privados. Su relación ocurría, sobre todo, en las publicaciones. Julián escribía una frase de una novela y Katty sabía que podía tener algo que ver con una conversación de la noche anterior. Ella compartía un poema y él encontraba en esos versos una respuesta que no siempre se atrevía a formular directamente.

 Más que seguirse, se seguían. No necesitaban saludarse todos los días. A veces bastaba con que uno publicara algo para que el otro apareciera, unas horas después, con un comentario breve.

 Una vez Julián escribió: «Hay personas que uno conoce y siente que las había estado esperando». Katty respondió: «Otras llegan cuando uno ya no sabe qué hacer con la espera».

 Él le escribió por privado.

—¿Eso es una respuesta o una manera elegante de no contestar?

—Es un poema —dijo ella.

—Entonces no entendí.

—No todo tiene que entenderse.

—Eso dicen quienes escriben poesía.

 La primera vez que intentaron encontrarse fue unos meses después. Habían quedado de tomar un café un sábado. Julián salió tarde de una reunión con un cliente y Katty tuvo que quedarse en la biblioteca porque una actividad infantil se había prolongado más de lo previsto. Cuando finalmente pudieron hablar, ya era de noche.

 —Lo intentamos otro día —dijo él.

—Claro, respondió ella.

No hubo reproches.

 La segunda vez fue Julián quien canceló. Su madre había tenido un problema de salud y tuvo que acompañarla a una consulta. La tercera, Katty viajó a visitar a una amiga que vivía fuera de la ciudad. La cuarta, él llegó al lugar acordado, pero ella nunca apareció. Había tenido un inconveniente familiar y no encontró la manera de avisarle a tiempo.

 Después de aquella ocasión, algo cambió. No dejaron de hablar, pero empezaron a cuidar más las palabras. Las invitaciones se volvieron menos frecuentes. Cada uno parecía esperar que el otro tomara la iniciativa, como si después de tantos intentos fallidos una nueva propuesta pudiera resultar incómoda.

 Pasaron los años. Julián cambió de trabajo, se mudó de apartamento y comenzó a cuidar a su madre con mayor frecuencia. Katty asumió la coordinación de la biblioteca, organizó clubes de lectura y empezó a participar en encuentros literarios. Hubo cumpleaños que se felicitaron tarde. Navidades en las que intercambiaron mensajes breves. Publicaciones que uno reconocía como dirigidas al otro, aunque ninguno lo dijera.

 Julián llegó a conocer los poemas que Katty compartía con más frecuencia. Ella aprendió a distinguir los libros que él recomendaba de aquellos que simplemente había terminado. Sabía cuándo una novela lo había decepcionado por la manera en que la comentaba y cuándo un personaje lo había conmovido por las frases que publicaba.

 A veces pensaba que lo conocía bastante bien. Otras veces se preguntaba si no estaría confundiendo la familiaridad con el conocimiento. En una ocasión, Katty publicó una fotografía de una mesa llena de papeles manuscritos. Decía que estaba organizando algunos textos antiguos que había encontrado entre sus libros y que le daba vergüenza volver a leerlos. Julián comentó que debería publicarlos. Ella respondió que no todo lo que uno escribe necesita llegar a los demás. Él insistió en que las palabras guardadas también terminaban por desaparecer. Katty le contestó: «Algunas ya encontraron a quien tenían que encontrar». Julián leyó la frase varias veces. No preguntó a qué se refería.

 La idea de encontrarse surgió una noche de noviembre, después de que Julián publicara una fotografía de una novela que llevaba varios días leyendo. Katty comentó que había querido leerla, pero nunca había conseguido el ejemplar.

 —Yo tengo dos —le escribió él.

—¿Dos?

—Uno para leer y otro para prestar.

—Entonces deberías prestármela a mí.

—Te lo llevo.

 Katty tardó unos minutos en responder.

—¿Cuándo será eso?, ¿esta vez sí nos vamos a encontrar?

Julián contestó casi de inmediato.

—Esta vez sí.

 Acordaron verse un sábado a las cuatro de la tarde en una cafetería cercana a la biblioteca. No era un lugar especial. Tenía mesas de madera, una ventana grande y una pequeña estantería donde los clientes podían dejar libros para que otros los llevaran.

 Durante los días siguientes, ninguno mencionó demasiado el encuentro, pero ambos lo pensaron. Katty revisó su armario más de lo habitual. Julián puso un recordatorio en el calendario de su celular. Ella se preguntó si él habría cambiado mucho. Él intentó recordar el rostro de la mujer que había conocido doce años atrás. La recordaba sonriente, de cabello rubio, con una manera particular de escuchar, pero las fotografías que veía en sus redes sociales no terminaban de coincidir con la imagen que conservaba en la memoria.

 El sábado Julián llegó puntual. Llevaba una camisa clara y una novela envuelta en papel de regalo. No sabía si era un detalle demasiado formal, pero le pareció que después de doce años un libro merecía una presentación especial.

 Katty llegó unos minutos después. Traía un bolso grande y un libro de poesía entre las manos. Se reconocieron enseguida. Se saludaron con un abrazo breve, de esos que intentan disimular la incomodidad de una espera demasiado larga.

 —Doce años —dijo Julián.

—Parece mentira.

—Pensé que no ibas a venir.

—Yo también lo pensé.

Se sentaron junto a la ventana.

 Al principio hablaron de cosas sencillas. Del trabajo, de la biblioteca, de la madre de Julián, de los cambios de la ciudad. Se rieron al recordar aquella primera conversación y los encuentros que nunca habían conseguido concretar. Había algo extraño en estar frente a alguien cuya vida uno había seguido durante tanto tiempo sin haberla compartido. Julián le entregó la novela.

—Esta es la que te prometí.

Katty la recibió y pasó los dedos por la cubierta.

—Gracias.

Después puso sobre la mesa el libro de poesía.

—Y este es para ti.

—¿Por qué poesía?

—Porque siempre has dicho que no la entiendes.

—Y tú siempre has dicho que no necesito entenderla.

—Exactamente.

Julián abrió el libro. En la primera página había una dedicatoria escrita a mano: «Para Julián. Por todas las historias que nos contamos sin llegar a encontrarnos». Él levantó la mirada.

 —Es bonito.

—Es de una poeta que me gusta mucho.

Julián volvió a mirar la página.

—¿Y tú qué escribes?

Katty se quedó callada.

—Cosas. A veces poemas. A veces fragmentos. Nunca he publicado nada.

—¿Puedo leer alguno?

—Algún día.

 Julián sonrió. Era la misma respuesta que ella había utilizado tantas veces en sus conversaciones. Abrió entonces la novela que llevaba para ella. Había preparado una dedicatoria, pero no estaba seguro de que fuera la adecuada. Antes de entregársela, pasó varias páginas hasta encontrar un pequeño papel que había dejado entre ellas.

 —Quiero mostrarte algo.

Katty se inclinó hacia el libro.

 Era una hoja doblada en cuatro partes, amarillenta por los años. Tenía una letra pequeña y ordenada. Julián la había guardado dentro de aquella novela durante mucho tiempo.

 —¿Qué es?

—Una nota que encontré en un libro hace trece años.

 Katty tomó el papel. Leyó las primeras líneas. Después volvió al comienzo. Lo leyó una vez más. No dijo nada. Julián la observó.

 —La encontré en la biblioteca donde trabajas. Bueno, en ese momento no sabía que trabajarías allí. Era un libro que había pedido prestado durante una visita. La nota estaba entre dos páginas. No tenía firma ni fecha, ni nada que permitiera saber quién la había escrito.

 Katty seguía mirando el papel.

—¿La conservaste todo este tiempo?

—No sé por qué. Me gustó lo que decía. Después, cuando te conocí, pensé que quizá te gustaría leerla.

Ella levantó lentamente los ojos.

 Katty volvió a leer. La letra era suya. La frase también. La había escrito muchos años antes, durante una época en la que todavía estudiaba y pasaba tardes enteras en la biblioteca pública. Solía dejar pequeños papeles entre las páginas de los libros que leía. No eran mensajes para nadie en particular. Eran pensamientos, versos incompletos, frases que no sabía dónde guardar. Había olvidado aquella nota. Julián no.

 —¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó.

—No sabía que era tuya.

Katty pasó el dedo por una de las líneas.

La nota decía: «A veces uno deja palabras en los libros para que alguien las encuentre. No sabe quién será, ni cuándo. Solo espera que, por un instante, esa persona no se sienta tan sola». El silencio entre ambos se hizo más largo. Julián la miró con una mezcla de desconcierto y ternura.

 —Cuando te conocí, pensé que eras una de esas personas que aparecen en la vida por alguna razón que uno no entiende. Después encontré esta nota y la guardé. Nunca imaginé que…

 No terminó la frase. Katty tampoco. Ella dejó el papel sobre la mesa y miró hacia la ventana. Sonrió con cierta nostalgia.

 —Yo escribía muchas cosas así. Dejaba papeles entre los libros. Era una costumbre que tenía.

—¿Todavía lo haces?

—No. Hace años que no.

—¿Por qué?

Katty se encogió de hombros.

—Un compañero de la biblioteca empezó a encontrarlos. Leía todo lo que yo dejaba. A veces me devolvía los papeles con comentarios; otras veces me preguntaba por qué había escrito una cosa o la otra. Terminamos compartiendo muchas de esas notas. Él fue quien me animó a no dejar de escribir.

 Julián escuchaba en silencio.

—¿Y qué pasó con él?

—Nos enamoramos.

 Katty lo dijo sin solemnidad, como quien recuerda el comienzo de una historia que todavía forma parte de su vida.

 Julián bajó los ojos hacia el papel.

—¿Y siguen juntos?

—Sí. Nos casamos hace cuatro años. Yo tenía treinta.

La frase quedó suspendida entre los dos.

 Julián intentó sonreír, pero no encontró la manera. Miró el libro de poesía, la novela que había llevado para ella y la nota que había conservado durante trece años.

—No sabía que estabas casada —dijo.

—Creo que nunca te lo conté. Tampoco me lo preguntaste.

 No había reproche en su voz. Era simplemente cierto.

—¿Él leyó todos esos textos?

—Casi todos. Algunos los perdió, otros los guardé. Este no lo recuerdo.

—Este no lo leyó.

Katty miró el papel.

—Parece que no.

Julián dobló cuidadosamente la nota y la dejó sobre la mesa.

 Durante un momento pensó en los doce años. En las conversaciones que había interpretado como señales. En las invitaciones que nunca llegaron a concretarse. En las frases que Katty publicaba y que él había leído más de una vez, buscando en ellas una respuesta que tal vez no estaba dirigida a él.

 Pensó también en todas las veces que había estado a punto de escribirle algo distinto, de preguntarle si quería verlo, de decirle que esperaba algo más que una conversación sobre libros. Nunca lo hizo. Siempre encontró una razón para esperar.

 No podía reclamarle nada. Katty nunca le había prometido una historia, nunca le había dicho que lo esperaba, nunca le había pedido que guardara aquella nota. Habían compartido lecturas, comentarios, confidencias ocasionales y una amistad que, a la distancia, había tomado para él una forma diferente.

 Quizá ella también había sentido curiosidad por lo que habría podido pasar entre los dos. Quizá alguna vez había imaginado ese encuentro. Pero eso no significaba que hubiera esperado lo mismo que él.

 —¿Y eres feliz? —preguntó finalmente.

Katty lo miró.

—Sí. Mucho.

Julián asintió.

 Afuera empezaba a llover. Durante un momento ninguno de los dos habló. La cafetería seguía llena, la máquina de café expulsaba vapor y alguien reía en la mesa del fondo. La vida continuaba con su indiferencia habitual.

 Katty miró a Julián.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Que yo nunca supe que alguien había encontrado esa nota.

Él sonrió apenas.

—Y yo nunca supe quién la había escrito.

Se quedaron mirándose.

—¿Nos tomamos otro café?

Julián miró la lluvia detrás de la ventana.

—No. Creo que debo irme.

—Claro. Me alegró mucho verte.

 Se despidieron con un abrazo. Katty volvió a la biblioteca, con el libro de poemas debajo del brazo, caminando bajo la lluvia. Julián se quedó unos segundos en la puerta de la cafetería, con la novela en sus manos.  En el camino al hotel pensó que había pasado doce años leyendo entre líneas una historia que nunca había sido escrita.  Al llegar, abrió la novela y buscó la nota. La leyó una vez más.

 «A veces uno deja palabras en los libros para que alguien las encuentre. No sabe quién será, ni cuándo. Solo espera que, por un instante, esa persona no se sienta tan sola».

 La guardó entre las páginas y cerró el libro.

lunes, 19 de octubre de 2026

Aguacero

El aguacero arreció cuando Mauricio miraba su reloj y calculaba que le faltaban quince minutos para llegar a la casa de su mamá. Primero fueron unas gotas gruesas, espaciadas, que golpeaban el parabrisas del bus con la insistencia de alguien que llama a una puerta sin estar seguro de que haya alguien adentro. Después, sin transición, el cielo se vino abajo.

Los pasajeros levantaron la mirada hacia las ventanas. Una mujer de la primera silla sacó una bolsa plástica del bolso y protegió un paquete que llevaba sobre las rodillas. Un joven con ropa deportiva, sentado en la banca de atrás, se quitó los audífonos, observó el aguacero y volvió a ponérselos, como si la música pudiera negociar con el clima.

Mauricio miró el reloj. Había llamado a su mamá esa mañana y ella le había preguntado si pasaría a visitarla. Él había respondido que sí, aunque no recordaba haber fijado una hora. Desde hacía algún tiempo, las invitaciones de su madre venían acompañadas de una frase que pretendía quitarle importancia al asunto: «Si no puedes, vienes otro día». A él le molestaba esa manera de dejar las cosas abiertas, como si las visitas fueran compromisos que podían aplazarse sin consecuencias. Sin embargo, también había aprendido a responder con esa misma facilidad: «Esta semana estoy complicado, mamá. El domingo hablamos».

El bus avanzó unas cuadras más y se detuvo en un semáforo. El agua descendía por el vidrio en caminos irregulares, borrando las fachadas, los avisos y los rostros de quienes corrían por la acera. Mauricio calculó que podía bajarse allí y caminar hasta una esquina donde recordaba una casa antigua con un balcón amplio. Bajo aquel techo podría esperar a que escampara.

Apenas puso un pie en el andén, la lluvia le empapó los zapatos. Corrió hasta el balcón, se sacudió las mangas, se pasó la mano por el cabello y miró la calle con la irritación de quien descubre que el mundo ha decidido modificarle la agenda.

Bajo el balcón había cuatro personas. Un anciano apoyado en un bastón miraba el agua. Llevaba un sombrero negro, ligeramente ladeado, y no parecía preocupado ni impaciente. A su lado, dos jóvenes con gorras y chaquetas oscuras compartían la pantalla de un teléfono. Uno señalaba algo con el dedo y el otro se reía. En el extremo opuesto, un hombre sostenía una patineta eléctrica. Se asomaba de vez en cuando al borde del balcón, calculaba la distancia hasta la esquina y volvía a retroceder.

Mauricio se acomodó junto al anciano. Nadie saludó. Nadie preguntó cuánto faltaría para que escampara. Cada uno parecía dispuesto a esperar a su manera. Cinco minutos después se detuvo frente a ellos el siguiente bus de la misma ruta. 

Una mujer joven, envuelta en una chaqueta gruesa y con la capucha puesta, descendió apresuradamente. Se sujetó la capucha con una mano y corrió hacia el balcón. Llegó junto a Mauricio respirando con dificultad.

Tendría unos 33 años. Era alta, de ojos color miel. Se apartó el cabello húmedo de la frente y soltó una risa breve, sin dirigirse a nadie en particular.

—Parece que nos tocó esperar —dijo Mauricio.

—Parece que sí. Qué suerte. Siempre soñé con desperdiciar la tarde mirando cómo pasa el tiempo.

Mauricio la miró un segundo, miró su reloj y continuó:  

—Hace rato no llovía así y no sé si esto vaya a parar pronto.

Ella miró hacia el cielo y después hacia la calle, que estaba convertida en un río estrecho.

—A veces uno se baja del bus pensando que va a llegar más rápido —dijo él—. Y termina llegando más tarde.

—O llegando a otro lugar.

Mauricio sonrió. La respuesta le pareció ingeniosa. 

—¿Vienes de lejos?

—Depende de qué considere usted lejos.

—Buena respuesta para no contestar.

—Y buena pregunta para no decir nada.

Mauricio soltó una carcajada. La muchacha sonrió apenas.

—Soy profesor —dijo él.

No supo por qué lo había dicho. Llevaba tantos años presentándose así que la profesión se había convertido en una especie de apellido.

—Eso explica algunas cosas —dijo ella.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles?

—La manera de preguntar, por ejemplo.

—¿Y usted a qué se dedica con esa manera de responder?

—A tratar de responder preguntas que no siempre entiendo.

—Eso también parece una definición de la docencia.

—Entonces debe de ser una profesión agotadora.

—Mucho más de lo que parece.

La muchacha volvió a mirarlo con atención.

—¿Usted no se llama Mauricio?

Él dejó de sonreír.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?, ¿nos conocemos?

Ella tardó unos segundos en contestar. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y miró hacia la calle. El agua golpeaba las tapas metálicas de las alcantarillas con un ruido parecido al de unas monedas arrojadas sobre una mesa.

—Usted me dio clase hace muchos años.

Mauricio trató de reconocerla. Llevaba treinta años como docente y había tenido innumerables grupos. Los rostros se le mezclaban en una memoria de nombres, trabajos, preguntas y notas. Recordaba con claridad a algunos estudiantes, sobre todo a quienes discutían, a quienes escribían bien y a quienes lo desafiaban. Otros se le habían borrado sin que pudiera distinguir el momento en que dejaron de estar presentes.

—¿En cuál universidad?

—En la que menos debería acordarse.

—No creas. Yo no recuerdo muchas caras, como la tuya, pero no olvido las instituciones.

—En la Tecnológica. Usted me dio una materia en tercer semestre. Algo de escritura.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Sería la de "contexto comunicativo"?

Ella asintió.

—Esa misma. Yo me sentaba atrás, junto a la ventana.

Él hizo un esfuerzo. Buscó en la memoria un salón, una fila de pupitres, un rostro inclinado sobre un cuaderno. 

—Discúlpame. No logro recordarte.

—No tiene por qué disculparse. Yo tampoco recuerdo casi nada de lo que usted decía.

La respuesta lo tranquilizó, aunque no del todo.

—¿Y cómo me reconociste?

—Por la voz. Y por una frase que usted repetía mucho. Es de lo poco que me acuerdo.

—¿Ah, sí? ¿Cuál frase?

Ella hizo una pausa y lo miró con seguridad.

—Que uno no debe conformarse con entender las palabras, sino preguntarse qué hay detrás de ellas.

Mauricio sintió una pequeña satisfacción. Era una de esas frases que había repetido durante años, convencido de que resumían una parte esencial de su manera de enseñar.

—Me alegra que la recuerdes. Así sea lo único que te haya quedado de mi clase.

La muchacha apartó la mirada.

—Hay recuerdos con los que uno vive y duelen poco, dijo.

La frase le quitó a la conversación cualquier tono de elogio.

Mauricio la miró de nuevo. Había algo en su expresión que no conseguía descifrar.

—¿Pasó algo con esa frase?

Ella respiró hondo.

—Yo dejé la universidad ese semestre. Creo que esa frase es lo único que me quedó de esa época.

Mauricio percibió la ironía y estuvo a punto de responder, pero la muchacha continuó.

—Mi papá se enfermó. Mi mamá trabajaba todo el día y yo tenía que ayudar en la casa. Empecé a faltar mucho. Dejé de entregar trabajos. Usted me llamó la atención delante de todo el grupo porque no había leído un texto. Perdí su materia y otras dos. Y bueno, eso fue todo.

Mauricio bajó la mirada.

—La verdad, no lo recuerdo.

—Lo sé.

No había reproche en su voz. Eso lo hizo sentir peor.

—¿Qué te dije que te afectó tanto?

—Que no podía pretender aprobar una materia si ni siquiera me tomaba el trabajo de leer. Que la universidad no era un lugar para ir a calentar un puesto.

Mauricio sintió que la frase regresaba desde un lugar incómodo de su memoria. Era posible que la hubiera dicho. En aquellos años tenía menos paciencia con las excusas y una confianza casi inquebrantable en el poder de la disciplina. Todavía creía que la voluntad bastaba para abrirse paso entre las dificultades.

—Nunca me contaste lo que estaba pasando en tu casa —dijo.

—No. Usted no sabía. Nadie sabía.

—Si me lo hubieras contado…

La muchacha hizo un gesto leve con la cabeza y lo interrumpió.

—Tal vez. Pero me daba vergüenza. Pensaba que, si empezaba a explicar lo que me pasaba, iba a parecer que estaba pidiendo un trato especial.

Mauricio quiso defenderse, aunque no estaba seguro. Podía decir que tenía muchos estudiantes, que no era fácil conocer las circunstancias de cada uno, que la universidad también exigía responsabilidades. Todo era cierto. Y, sin embargo, ninguna de esas verdades parecía suficiente.

—¿Y qué pasó después? —preguntó.

—Conseguí trabajo. Hice otras cosas. La vida siguió. Bueno, eso dice uno cuando no sabe muy bien qué decir.

—¿Y volviste a estudiar?

—Estoy terminando lo que dejé pendiente. Estudio en las noches y trabajo durante el día. A veces llego a clase tan cansada que me cuesta mantener los ojos abiertos. Hay profesores que creen que uno no tiene interés porque no pregunta, porque no participa, porque no entrega todo a tiempo.

Mauricio sintió que aquellas palabras se acercaban demasiado a conversaciones recientes con sus propios estudiantes. Había escuchado quejas sobre sus lecturas, sus tareas y sus clases. Le habían dicho que exigía demasiado, que no dejaba espacio para otras obligaciones, que confundía la cantidad de trabajo con el aprendizaje.

—El problema es que hay muchos estudiantes que no se esfuerzan —dijo. La frase le salió casi por reflejo.

—Claro. Yo conozco algunos. A veces también soy una de ellos.

Mauricio levantó la cabeza. Había esperado una acusación y recibido una confesión.

—¿Entonces qué esperas de los profesores?

La muchacha se tomó un momento para pensar.

—No sé si espero algo en particular. Supongo que espero que se den cuenta de que el silencio no siempre significa lo mismo.

Mauricio no respondió. Ella miró al anciano, que seguía con las manos apoyadas sobre el bastón. Después observó a los dos jóvenes, inclinados sobre el teléfono.

—Mire al señor de sombrero. No habla con nadie, pero no sabemos por qué está aquí. Los muchachos parecen estar en su mundo, pero quizá están esperando a alguien. Y yo llegué empapada, sin saber que iba a encontrarme con usted después de tantos años.

—¿Y qué significa todo eso?

—Que desde afuera es fácil creer que uno sabe lo que les pasa a los demás.

El hombre de la patineta se asomó una última vez a la calle. Aunque seguía lloviendo, decidió marcharse. Bajó el bordillo con la patineta en la mano y desapareció entre los vehículos detenidos.

Mauricio volvió la mirada hacia la muchacha.

—¿Qué más recuerdas de mis clases?

Ella sonrió. Esta vez no había ironía.

—Una vez nos pidió escribir sobre algo que nos hubiera cambiado la vida. Yo escribí sobre mi papá.

—¿Y qué pasó?

—No era un buen texto. Tenía errores, estaba desordenado. Pero usted me puso una nota alta y escribió al final: «Aquí hay algo que vale la pena seguir contando».

Mauricio sintió que algo se movía en su memoria. Recordó vagamente una serie de trabajos, hojas corregidas a mano, una tarde en la que se había quedado más tiempo de lo previsto leyendo los textos de sus estudiantes. No pudo reconstruir el rostro de la muchacha, pero sí la frase. Era suya. O al menos eso creyó.

—¿Y seguiste contando? —preguntó.

—Tal vez no como usted esperaba, pero sí.

—¿Qué quieres decir?

—No estudié literatura ni me convertí en escritora. Trabajo, pago cuentas, ayudo a mi mamá. Pero a veces escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que me pasan. Recuerdos. Conversaciones que escucho. Cosas que no sé cómo decirlas.

—¿Y no se las muestras a nadie?

La muchacha bajó los ojos.

—Una cosa es escribir y otra creer que alguien quiere leerlo.

Mauricio estuvo a punto de responder. Tenía preparada una de esas frases que solía ofrecer a sus estudiantes cuando necesitaban un empujón: que escribir era una forma de pensar, que nadie empezaba sabiendo, que había que insistir. Pero se quedó callado. Quizá no todas las conversaciones necesitaban una respuesta.

—¿Y ahora qué estudias?

—Comunicación.

—¿Dónde?

—En la Central.

—¿Y por qué volviste?

Ella se tomó unos segundos.

—Porque un día me di cuenta de que llevaba años diciendo que algún día iba a terminar. Y me cansé de escucharme.

La lluvia empezó a ceder. Primero disminuyó el ruido sobre el techo; después, el agua dejó de caer de lado. En la calle quedaron charcos donde se reflejaban los cables, las fachadas y los avisos de los negocios.

El anciano se incorporó con dificultad. Los dos jóvenes guardaron el teléfono y salieron corriendo hacia la esquina, todavía riéndose.

La muchacha miró el reloj.

—Tengo que irme.

—¿Vives por aquí?

—Más o menos.

Mauricio estuvo a punto de preguntarle su nombre. Le pareció absurdo que hubieran hablado tanto sin que él supiera cómo se llamaba. Pero ella ya había dado un paso hacia la calle.

—Ah, profesor, dijo ella sin detenerse.

—Dime.

—¿Todavía les pide a sus estudiantes que escriban sobre algo que les haya cambiado la vida?

Mauricio pensó en los trabajos que corregía a medianoche, en las lecturas que preparaba con cuidado, en las preguntas que hacía y que a veces terminaba respondiendo él mismo cuando nadie se atrevía a hablar. Pensó también en sus estudiantes: en los que discutían, en los que no entregaban las tareas, en los que parecían ausentes y en los que, a pesar de todo, seguían sentándose frente a él cada semana.

—A veces —respondió él.

—Debería hacerlo siempre, dijo mientras se iba. 

Ella se alejó sin despedirse. Mauricio la siguió con la mirada hasta que dobló la esquina. Quiso llamarla, preguntarle su nombre, decirle que lamentaba no haberla reconocido. No lo hizo. Comprendió que cualquier frase podía servirle más a él que a ella.

Saltó a la calle. El aire olía a tierra mojada y a gasolina. El cielo seguía oscuro, pero por el occidente se abría una franja de luz. Reanudó el camino hacia la casa de su madre. Mientras caminaba, trató de recordar el rostro de aquella estudiante. No pudo. Recordó, en cambio, la frase que había escrito al final de un trabajo muchos años atrás: «Aquí hay algo que vale la pena seguir contando».

Por primera vez, no estuvo seguro de haberla escrito para ella.

_________


Su madre abrió la puerta antes de que Mauricio alcanzara a tocar el timbre.

—Pensé que ya no venías —dijo después de darle un beso en la frente.

—El aguacero me retrasó. Me tocó escamparme un rato.

—Siempre hay algo que retrasa a la gente.

Lo dijo sin amargura, mientras se hacía a un lado para dejarlo entrar. Mauricio no supo si se refería al aguacero o a otra cosa. Se quitó la chaqueta mojada y la colgó junto a la puerta.

La casa olía a café recién preparado. Sobre la mesa había dos tazas, una servilleta doblada y un plato con las galletas de mantequilla que tanto le gustaban.

—¿Comiste algo? —preguntó ella.

—No.

—Entonces siéntate. Te preparo algo.

—No te preocupes, mamá. Con el café está bien.

Ella lo miró unos segundos, como si quisiera decirle algo, pero finalmente fue hasta la cocina.

Mauricio se sentó a la mesa. Junto a su taza había un cuaderno abierto. Alcanzó a leer unas líneas escritas a mano antes de que su madre regresara. La letra era pequeña, inclinada hacia la derecha. Reconoció en ella la paciencia con que anotaba las cuentas de la casa, los teléfonos de los parientes, las fechas de las citas médicas.

Pero aquello era diferente. Había párrafos enteros, tachaduras, palabras encerradas entre paréntesis. En el margen de una página alcanzó a distinguir una frase subrayada.

—¿Qué es esto? —preguntó cuando ella regresó.

Su madre dejó un plato sobre la mesa, tomó el cuaderno y lo cerró con suavidad.

—Unas cosas que estoy escribiendo.

—¡Qué sorpresa! No sabía que escribías.

Su madre sonrió.

—A veces.

—¿Y qué escribes?

—Cosas que me pasan. Recuerdos. Conversaciones que escucho. Cosas que no sé cómo decirlas.

Mauricio reconoció la respuesta. Levantó los ojos. Su madre se sentó frente a él y acercó la taza a sus manos.

—No es nada importante —añadió—. Es solo para mí.

Él quiso preguntarle desde cuándo lo hacía, por qué nunca se lo había contado, qué decía en aquellas páginas. Quiso abrir el cuaderno, leer una línea, encontrar una explicación que le permitiera ordenar la sorpresa. Pero algo en la manera en que ella puso la mano sobre la tapa le hizo entender que no tenía derecho a hacerlo.

—¿Me dejarás leerlo algún día?

Su madre lo miró con una expresión que él no supo interpretar.

—Algún día.

Mauricio tomó el café. Afuera, el aguacero había terminado y una luz pálida comenzaba a entrar por la ventana. Su madre le preguntó por la universidad, por sus estudiantes, por el trabajo. Él contestó sin apresurarse. Por primera vez en mucho tiempo, no buscó una manera de acortar la conversación.

El cuaderno permaneció cerrado entre los dos.

Su madre empezó a contarle algo sobre una vecina y las plantas que había perdido con la lluvia. Mauricio la escuchó sin interrumpirla. En un momento, ella hizo una pausa para preguntarle si quería más café.

—Sí, mamá.

Ella se levantó. Él se quedó mirando el cuaderno.

Cuando su madre volvió a sentarse, Mauricio ya no lo estaba mirando. La escuchó hablar de las plantas, de la vecina, de una llamada que había recibido la semana anterior. Afuera, el cielo comenzaba a despejarse.

No miró el reloj.