miércoles, 26 de agosto de 2026

La repartidora

 Cada vez que Esteban viajaba a Bucaramanga por trabajo, cenaba en el Hotel pidiendo un domicilio a un restaurante diferente. Era una costumbre que había adquirido con los años. Trabajaba en el sector financiero, vivía en Bogotá y pasaba varios días al mes entre hoteles, reuniones y oficinas. Comer en el hotel, le ahorraba tiempo, y cambiar de restaurante era una forma de conocer un poco mejor la ciudad.

 Una noche pedía comida santandereana. Otra, hamburguesas. Al día siguiente, comida italiana o alguna especialidad que encontraba en las aplicaciones.

 La primera vez que pidió, la entrega llegó en bicicleta. La repartidora llevaba una sudadera oscura, una capucha que le cubría buena parte del rostro y una mochila térmica en la espalda. Cuando le entregó la bolsa, Esteban le notó un pequeño lunar en el cuello. No le dio importancia. Era insignificante, pero le hizo olvidar el resto de su figura antes de llegar al ascensor.

 Dos semanas después, regresó a Bucaramanga. A sus 38 años de edad ya había aprendido a dormir en hoteles diferentes sin sentir que estaba viajando. Esa noche pidió comida mexicana a otro restaurante. Cuando la aplicación anunció que el pedido estaba por llegar, bajó al lobby del hotel para recibirlo. La repartidora era la misma. Al menos eso creyó Esteban. Reconoció el lunar, la misma bicicleta asistida de color rojo y la forma tranquila de pedalear. Ella le entregó el pedido y con una voz dulce le deseó una buena noche. Inmediatamente se marchó.

 La tercera vez ocurrió igual. La cuarta también. Y la quinta. Con el tiempo empezó a parecerle una coincidencia imposible. Bucaramanga no es una ciudad pequeña y debe tener cientos de repartidores, pensó. Sin embargo, cada vez que él pedía comida aparecía aquella mujer.

 Nunca conversaron demasiado. Los diálogos fueron breves y muy concretos.

-       Buenas noches.

-       Gracias.

-       Que tengas buena jornada.

 Nada más.

 En cada viaje a esta ciudad, Esteban comenzó a esperar la llegada de su repartidora con una curiosidad creciente. La aplicación le avisaba que el pedido estaba cerca y él bajaba al lobby antes de que llegara. La observaba acercarse desde la distancia. Una noche notó que se pintaba las uñas de colores diferentes. Azules una semana, verdes la siguiente, rojas después.

 En otras ocasiones también notó que siempre llevaba la capucha puesta, incluso cuando no estaba lloviendo y que jamás permanecía más tiempo del necesario. Entregaba el pedido y desaparecía en su bici.

 Durante meses fue acumulando detalles: el lunar, las uñas, la bicicleta roja asistida, la capucha, la sudadera oscura y la manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando saludaba. Sin darse cuenta, comenzó a imaginar el resto.

 Le inventó una edad, una carrera universitaria, una historia familiar. Pensó que tal vez estudiaba durante el día y trabajaba por las noches, que ayudaba a sus padres, o que estaba ahorrando para algún proyecto importante. Nunca tuvo pruebas de nada, pero las historias crecían solas, como suelen crecer las historias cuando la realidad ofrece pocos datos.

 Después de casi un año, durante un viaje especialmente largo, pidió comida durante cuatro noches consecutivas. La primera noche la esperó, pero no apareció. La segunda tampoco. Ni la tercera, ni la cuarta. La aplicación mostraba repartidores distintos. Hombres y mujeres que él nunca había visto. Al principio pensó que tendría unos días de descanso. Después imaginó que le habían cambiado de ruta. Más tarde comprendió que estaba inventado explicaciones para alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.

 No volvió a pensar mucho en el asunto, pero tampoco volvió a verla. Pasaron los meses y después los años. La repartidora desapareció de sus viajes exactamente igual que había aparecido, sin explicaciones.

 Una noche, después de tomarse unas cervezas, decidió preguntar por ella. Lo hizo en uno de los restaurantes donde pedía con frecuencia. La administradora revisó algunos registros de entregas.

-       ¿Sabe cómo se llama?, preguntó.

 Esteban se quedó en silencio. No lo sabía. Le había llevado por lo menos 70 domicilios en una año y nunca tuvo el cuidado de revisar el nombre de al repartidora en la aplicación.

 -       ¿Al menos recuerda algo especial?

 -       Tenía un lunar aquí en el cuello, respondió. Siempre llevaba una sudadera oscura, usaba un buzo con capucha y andaba en una bicicleta asistida de color rojo, agregó.

La mujer sonrió.

 -       Eso no ayuda mucho.

 Aun así revisó varios registros de la plataforma. Le mostró una lista de nombres. Había decenas de repartidores. Fotografías distintas, edades diferentes. Ninguna coincidía con la mujer que él recordaba.

 Aquella noche regresó muy confundido al hotel. Intentó recordar el rostro de la repartidora. Recordó algo que le produjo una extraña inquietud. Quizá nunca había visto realmente su cara, quizá durante todos aquellos viajes había construido una sola mujer utilizando pequeños detalles tomados de personas repartidoras. Tal vez el lunar pertenecía a una repartidora, las uñas a otra, la bicicleta a una tercera. Tal vez la historia que había imaginado no era de nadie. O era de todas.

 Durante tres años más, siguió viajando a Bucaramanga. Entendió que las ciudades cambian menos que los recuerdos y que, con el tiempo, resulta imposible saber cuál de las dos cosas se está transformando.

 Siguió pidiendo comida a domicilio. Siguió bajando al lobby cada vez que la aplicación anunciaba que el pedido estaba por llegar. Lo hacía por costumbre, o por esperanza. Nunca estuvo completamente seguro. Observaba con atención a quien aparecía al final de la calle. Buscaba el lunar, las uñas, la manera de pedalear. Nunca volvió a encontrarlos todos en la misma persona. Tal vez porque aquella repartidora ya no existía. O tal vez porque nunca había existido exactamente así. La imaginación suele construir mejor que la memoria cuando le faltan piezas.

martes, 18 de agosto de 2026

El profesor

 Durante seis años llegó a la estación Estadio a las cinco de la tarde, como quien todavía conserva un trabajo que ya no existe. Se sentaba en la misma banca, junto a una columna desde donde podía observar a quienes bajaban las escaleras o corrían afanados para alcanzar un tren que casi siempre terminaban perdiendo.

Los empleados del Metro, algunos vendedores ambulantes, los policías del cuadrante y varios habitantes del sector lo conocían como “El Profe”.  

El apodo no era una exageración. Durante años fue uno de los docentes de Cálculo más reconocidos de la Universidad de Antioquia. Explicaba ecuaciones diferenciales con una claridad que parecía magia. Sus estudiantes decían que era capaz de convertir los números en algo sencillo.

Después llegaron las drogas. Nadie supo exactamente cuándo comenzaron. Las tragedias importantes rara vez anuncian la fecha de inicio. Un día todavía eres profesor y al siguiente, llevas años cayendo. 

Algunos hablaban de una depresión. Otros de un divorcio. Incluso hablaron de una pérdida imposible de soportar. El Profe nunca aclaró nada. Las explicaciones suelen interesar más a quienes observan la caída que a quienes la viven.

Lo cierto era que un día cualquiera dejó de dictar clases y después dejó de volver. Ahora dormía donde podía, cargaba una mochila desgastada y pasaba las tardes observando personas. Seguía siendo profesor, de alguna manera. Solo había cambiado de materia. 

 Alguna vez enseñó a resolver ecuaciones y ahora intentaba resolver personas.

Cada tarde sacaba una libreta vieja de tapas negras y comenzaba a registrar vidas. Observaba con atención y registraba cuentas de felices, amargados, enamorados, cansados, indecisos e indignados. Contaba personas que caminaban mirando el suelo y personas que avanzaban como si el mundo entero les perteneciera.

Algunas veces escribía observaciones al margen:  “la señora del paraguas rojo volvió a sonreír”,  “el hombre del maletín sigue llegando solo”,  “el muchacho del uniforme ya no parece triste”.  Le gustaba imaginar historias.

Una mujer que corría podía estar llegando tarde a una cita o escapando de una despedida. Un hombre sonriente podía haber recibido una buena noticia o simplemente recordar algo feliz. Nunca lo sabía a ciencia cierta, pero eso no le impedía intentar registrarlos.

Las personas son más difíciles que las ecuaciones, pensaba. Mucho más. Las ecuaciones, al menos, no mienten sobre sus incógnitas.

Regresaba a la estación todos los días. Llegaba a las cinco. Se marchaba cuando pasaba el último tren. Como si cumpliera un horario que nadie le había impuesto.

Una noche de agosto, en medio de un verano raro, la lluvia cayó sobre Medellín durante varias horas. La estación se fue vaciando poco a poco. Pasaron menos personas de las habituales. El Profe hizo sus anotaciones. Doce cansados, nueve preocupados, tres felices, dos enamorados y un iracundo. Ningún satisfecho.

Esperó el último tren. Lo vio desaparecer por la vía iluminada. Después observó la estación vacía. Por primera vez en mucho tiempo no tenía nada que hacer. 

Abrió la libreta. Pasó páginas y páginas llenas de nombres invisibles. Había miles de observaciones, miles de conclusiones, múltiples intentos por comprender la vida de desconocidos. Llegó a una hoja en blanco y se quedó mirándola. Tomó el lápiz y escribió: “El profesor: Amargado, desilusionado, indeciso y solo”. 

Leyó las palabras varias veces. No corrigió ninguna. Guardó el lápiz y cerró la libreta. Por primera vez en muchos años dejó de mirar las escaleras. La incógnita siempre había estado sentada en la misma banca.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Recuerdos

Juliana cumplió 38 años de vida en marzo. Un mes antes había cumplido 10 años de viuda. Había estado casada exactamente el mismo tiempo. A veces le parecía extraño pensar que la mitad de su vida adulta había transcurrido junto a Daniel y la otra mitad recordándolo.

Daniel murió una noche de lluvia. Una motocicleta se le atravesó en la Avenida Regional y, para evitarla, él giró el carro hacia el río. La llamada sonó a las 11:17 de la noche. Juliana todavía recuerda la hora porque algunas noticias parten la vida en dos y dejan el reloj detenido para siempre.

Durante los primeros meses recibió compañía. Familiares, amigos, vecinos y personas que insistían en repetir frases que parecían escritas para todas las viudas del mundo. Después, cada uno regresó a su vida normal. Ella no.

Aprendió a vivir sola. Trabajaba, visitaba a sus padres algunos domingos, salía ocasionalmente con sus amigas y regresaba temprano al apartamento. Los hombres aparecían con frecuencia con cualquier pretexto. El dueño de la cafetería le regalaba postres, el vendedor de verduras le guardaba las mejores frutas, algunos conductores de Uber prolongaban las conversaciones más de la cuenta e incluso un profesor de la universidad, recién jubilado, había intentado invitarla varias veces a salir. Juliana sonreía con amabilidad y seguía adelante. Ninguno le interesaba. O eso creía.

 En su habitación conservaba un retrato de Daniel, tomado pocos meses antes de su muerte. Era una imagen sencilla. Él estaba sentado en una silla de madera, usando una camiseta azul y sonriendo directamente a la cámara. Juliana la observaba todas las noches antes de dormir. A veces le hablaba. Le contaba cómo había estado su día, qué había pasado en el trabajo o cuál de sus amigas se había casado. Era un ritual silencioso que nunca comentó con nadie.

Con los años comenzó a notar que cada vez le costaba más acordarse de los detalles de Daniel. Intentó recordar el sonido exacto de su voz y no pudo. Intentó evocar cómo se veía caminando por la sala de la casa y tampoco. Intentó rememorar la forma en que pronunciaba su nombre cuando llegaba cansado del trabajo y fue imposible. Los recuerdos aparecían incompletos, borrosos, como fotografías desenfocadas.

 La noche de su cumpleaños por primera vez sintió miedo al mirar el retrato. Se levantó rápido de la cama y lo tomó entre las manos. Observó la sonrisa durante varios minutos. Era exactamente la misma de siempre. Perfecta. Intacta. Inmóvil. Entonces intentó recordarla sin mirar la fotografía y no pudo.

Juliana volvió a colgar el retrato en la cabecera de la cama y apagó la lámpara. Cerró los ojos. Intentó recordar el rostro de Daniel y fue imposible. Entonces abrió los ojos. Entendió que no llevaba 10 años siendo fiel a un hombre, sino a la última imagen que conservaba de él. La imagen seguía sonriendo.

lunes, 3 de agosto de 2026

La ruta

Marcela se había demorado casi una hora escogiendo qué ponerse. Terminó usando un vestido negro elegante que casi no le gustaba. Le ajustaba la cintura, la obligaba a caminar despacio y la hacía sentir disfrazada. Sin embargo, aquella noche iba a conocer a los padres de Alonso y sabía que ciertas ocasiones exigen pequeñas incomodidades.

-Ya llegué.

Bajó las escaleras del edificio y abrió la puerta del carro. Lo primero que vio fue la camiseta. Gris. Sin cuello. La misma que Alonso usaba algunas veces cuando la recogía para llevarla a la universidad. Después le vio los tenis blancos. Y luego, la sonrisa tranquila de siempre.

- ¡Como estás de bonita! 

Marcela respondió con una sonrisa corta. Durante los primeros minutos ninguno dijo mucho. Las luces de la ciudad corrían por las ventanas mientras el tráfico avanzaba con la lentitud habitual de la noche.

- ¿Todo bien?, preguntó Alonso.
- Claro
- ¿Segura?
- Sí.

Marcela observó su reflejo en la ventana. Pensó en el tiempo que había tardado arreglándose. Pensó en el vestido. Pensó en la importancia que tenía para ella aquella presentación. Y pensó en la camiseta gris.

- ¿En serio vas a ir vestido así?, preguntó Marcela finalmente.
- ¿Así cómo?
- Pues así como estás. 

Alonso bajó la mirada un segundo.

- Pues normal.
- Claro.

La palabra salió cargada de una ironía que ya no podía esconder.

- Yo pensé que llevarme a conocer a tus papás era algo importante.
- Por supuesto que lo es.
- No parece.

Marcela conocía a los padres de Alonso únicamente por dos fotografías viejas que él guardaba en el celular. El semáforo cambió a rojo. Alonso frenó. Durante unos segundos observó la calle vacía frente a ellos.

- Marcela, ¡mis papás me conocen desde hace cuarenta años! Dijo mientras sonreía. 

Ella guardó silencio.

- Me han visto vestido para matrimonios, para entierros, para graduaciones y para trabajar debajo de camiones cuando todavía era ingeniero mecánico. Ah, y desde que me dediqué a trabajar con las aplicaciones me han visto así, de camiseta y jean, como me conoces tú. 

La luz roja seguía encendida. Alonso hizo una pausa.

- Mi problema ahora es impresionar a alguien que todavía puede irse.

Marcela miró por la ventana. La rabia no desapareció, pero ya no estaba tan segura de sus razones. El semáforo cambió a verde. Avanzaron dos cuadras más. Alonso encendió las estacionarias y se parqueó en una de las celdas al frente del edificio La Torre II.

- Llegamos.

Marcela miró alrededor. No reconoció el lugar. No era el edificio que él le había mostrado en fotografías. Y no era el barrio donde vivían sus padres. No era nada parecido.

- ¿Dónde estamos?

Alonso apagó el motor. Sonrió.

- No vamos donde mis papás.

- ¿Cómo así?

Alonso respiró profundo.

- Mis papás no viven aquí.
- ¿Entonces?

Alonso respiró profundo.

- Ellos murieron.

Marcela soltó una risa nerviosa.

- No entiendo.
- Murieron en la pandemia.

El silencio llenó el carro.

- Nunca te lo conté.

Marcela lo miró sin saber qué decir. El vestido comenzó a parecerle ridículo. La discusión también. Afuera seguía pasando la ciudad. Indiferente. Como si nada hubiera ocurrido.

Alonso arrancó. Marcela miró por la ventana. Sintió que desconocía a la mujer que se había puesto furiosa por una camiseta gris.  Afuera, los semáforos siguieron cambiando de color como si nada hubiera ocurrido.

Marcela comprendió que durante meses había conocido la ruta, el carro y las historias de Alonso. Lo único que todavía no conocía era a Alonso.



miércoles, 22 de julio de 2026

La sonrisa

En Bogotá hay un tipo de llovizna que no obliga a buscar refugio. Apenas ensucia los lentes, humedece las mangas de la chaqueta y hace que la ciudad parezca más gris de lo habitual. Es de esas lluvias que mojan más los pensamientos que el cuerpo.

Aquel lunes festivo, Julián salió del hotel sin paraguas. Había pasado el día trabajando. Caminó hasta una hamburguesería junto al parque de la calle 97 con la carrera 19. La cajera le sonrió cuando le entregó el pedido y Julián respondió por cortesía. Siempre le habían inspirado confianza las personas que sonreían.

Comió despacio, mirando por la ventana cómo la gente apresuraba el paso para escampar, no de la lluvia, sino de los afanes diarios. Cuando salió, el frío lo golpeó de inmediato. El parque estaba vacío. Un columpio se movía apenas por el viento. Las ramas húmedas de los árboles filtraban la luz amarilla de los postes. Por un momento tuvo la extraña sensación de estar absolutamente solo en una ciudad que acababa de ser abandonada.

Aceleró el paso. Cuando llegó a la esquina escuchó una motocicleta acercándose. Eran dos hombres. Nada diferente a los miles que recorren Bogotá cada noche. Todo ocurrió demasiado rápido. El parrillero abajo, el cañón de una pistola contra la frente y una orden seca:

 - Entrégueme todo.

 Julián dudó apenas un segundo. Fue suficiente. La patada a la altura de las rodillas, lo hizo caer sobre el pavimento mojado.

¡Qué hubo pues! El celular, la plata y la billetera… o se muere.

Rápidamente entregó el teléfono, el dinero y los audífonos y vio al hombre subir nuevamente a la moto con una sonrisa torpe, casi infantil. Pensó que había terminado. Tres segundos después, el ladrón estaba otra vez frente a él, con la misma sonrisa.

- ¡La billetera también!

 Esta vez no dudó, y mucho menos pensó en discutir. La sacó del bolsillo trasero y la entregó.

 La moto arrancó con violencia y ocurrió algo inesperado. La billetera resbaló de la mano del parrillero y cayó sobre el asfalto. El tiempo se volvió extraño. Julián observó la billetera y después observó la moto alejándose. Miró nuevamente la billetera en el piso, y luego vio cómo la motocicleta, a más de una cuadra, disminuía la velocidad mientras los dos hombres parecían discutir. Habían notado la pérdida. Iban a regresar.

Julián no pensó. Tomó la billetera y salió en dirección contraria. Corrió como nunca. La lluvia le golpeaba la cara. Las piernas le dolían. Respiraba con un ruido áspero. Detrás de él, el motor de la motocicleta sonaba cada vez más cerca.

Corrió varias cuadras hasta un centro médico sobre la calle 100. En la puerta encontró a un vigilante. Era un hombre moreno, de uniforme azul oscuro, refugiado en la portería, que sonreía mientras observaba caer la lluvia.

- Me acaban de robar y vienen por mí, dijo Julián.

 El vigilante levantó lentamente la vista.

 - ¿Usted está bien?, preguntó.

Julián asintió. Entre respiraciones cortadas contó la historia: la moto, el arma, la caída, la billetera. El hombre escuchó sin interrumpirlo. Después miró la billetera que Julián todavía sostenía entre las manos. Sonrió. Fue una sonrisa torpe. Creyó reconocer la misma que había visto unos minutos antes en el rostro del ladrón.

Julián sintió escalofrío. La lluvia seguía cayendo. El vigilante dijo algo más, tal vez una recomendación, tal vez una pregunta. Julián ya no lo escuchó.  

Desde entonces, cuando una motocicleta disminuye la velocidad a su lado, Julián baja la mirada antes de levantarla hacia quien conduce. Nunca busca el arma. Busca la sonrisa.


martes, 7 de julio de 2026

El café

Joe conoció a Kay en un proyecto que terminó durando menos que las conversaciones entre ambos. Durante casi dos años hablaron por mensajes, llamadas breves, reuniones virtuales y encuentros casuales en los pasillos. 

 

Comentaban proyectos, intercambiaban ideas y terminaban conversando de música, de libros o de cualquier tema que no tenía nada que ver con las obligaciones laborales.

 

Cuando él estaba en la ciudad, acordaban verse para tomar un café. Siempre ocurría algo que lo impedía y aplazaban el encuentro para una nueva oportunidad.

 

Aquella tarde de agosto, Kay llegó primero. Tenía veintiséis años, una sonrisa tranquila y el cabello recogido de manera descuidada. Joe la reconoció de inmediato al entrar al café y verla sentada en la mesa con una evidente impaciencia. Conversaron durante casi una hora. Hablaron del trabajo, de los planes que nunca cumplían, de ciudades que querían conocer y de las personas que habían sido antes de conocerse.

 

Durante la conversación, Kay respondió dos veces preguntas que Joe no había alcanzado a formular. Joe sintió que la realidad estaba haciendo un esfuerzo por parecerse a lo que había imaginado durante dos años. Cuando terminaron el café, la tarde comenzaba a oscurecer. Se quedaron unos segundos más en la mesa de aquel café llamado Los Monjes. A Joe siempre le había parecido un nombre extraño para un lugar donde la gente iba a encontrarse.

 

—Me alegra haberte contado todo por fin —dijo Joe. Kay asintió.

 

Joe comprendió que algunas personas pasan tanto tiempo viviendo en la imaginación que cuando por fin aparecen en la realidad uno ya no sabe qué hacer con ellas. Se inclinó para besarla. Kay retrocedió apenas unos centímetros. No parecía molesta. Tampoco sorprendida. Solo triste.

 

—No hagas eso, Joe.

 

Hubo un silencio incómodo.

 

—Perdón —alcanzó a decir él.

—No tienes que pedir perdón. 

 

Ella le acomodó suavemente el cuello de la camisa, sonrió y se despidió.

 

Los años hicieron lo que saben hacer: seguir adelante. Ellos también. Continuaron en contacto, pero nunca volvieron a mencionar aquella tarde.

 

Joe cambió de trabajo, de apartamento y de ciudad. Tuvo otras relaciones. Aprendió a olvidar muchas cosas.

 

Una noche, ordenando archivos viejos en el computador, encontró una fotografía que tomó con su celular la tarde de la cita en el café. La abrió.

 

Joe se quedó observándola unos segundos. El nombre del café se veía en la parte alta de la imagen. Amplió la fotografía. Luego volvió a ampliarla. Revisó la fecha. Era la misma tarde. La silla frente a él estaba vacía. La taza de Kay también. Joe sonrió. Después de tantos años, la fotografía seguía sin responderle la misma pregunta.


lunes, 29 de junio de 2026

Las del fondo

A las 6:20 de la tarde, cuando el tráfico comenzaba a atascar la avenida El Poblado, Andrés ya llevaba diez horas manejando el bus.

Tenía 29 años, los hombros anchos, la barriga creciendo más rápido que el sueldo y unas ojeras permanentes que parecían dibujadas a lápiz. 

Desde hacía tres años criaba solo a sus dos hijas. La mamá se había ido con un comerciante del barrio que siempre aparecía estrenando camioneta y del que nadie sabía exactamente a qué se dedicaba. Andrés procuraba no pensar mucho en eso mientras conducía.

En el paradero del Centro Comercial San Diego se subieron dos mujeres jóvenes. Venían riéndose de algo que solo ellas entendían. Pagaron el pasaje y una de ellas le dijo:

—Buenas buenas, señor conductor.

Andrés respondió con un movimiento de cabeza. La segunda chica sonrió mientras entregaba el dinero del pasaje.

—¡Uy, tan serio!, dijo.

Las dos pasaron el torniquete y se fueron hasta la banca de atrás. Un par de cuadras después, salieron del fondo y volvieron a acercarse al conductor.

—¿Siempre maneja esta ruta?, preguntó una de ellas.

—Sí.

—¿Y siempre es tan aburrido?, preguntó la otra.

Andrés sonrió levemente, mientras las mujeres regresaron a sus puestos entre murmullos y risas.

En el espejo retrovisor alcanzaba a verlas. De vez en cuando una le sostenía la mirada más de lo necesario. La otra levantaba la mano para saludarlo cuando descubría que las estaba observando. 

Con el paso de las cuadras, la situación empezó a incomodarlo. Andrés había aprendido a convivir con eso. Lo incomodaba otra cosa: la manera de sonreír, la forma de insistir, esa sensación de que alguien está jugando mientras otro se toma las cosas en serio.

Cuando llegó al semáforo de la Avenida La Playa, las dos volvieron a acercarse.

—¿Oiga, usted nunca sale a tomarse algo?, preguntó la que siempre hablaba de primera. 

—La verdad, no. Vivo muy ocupado, respondió Andrés.

—Debería, afirmó la segunda.

—¿Sí?, ¿y con quién?

—Con nosotras, por ejemplo.

Las dos soltaron una carcajada. El semáforo cambió a verde y Andrés arrancó sin responder.

Durante unos segundos recordó la última conversación con la mamá de sus hijas. También ella se había reído la última vez que hablaron. No de él, sino de la decisión que ya había tomado.

Una hora después llegaron al terminal. Las mujeres se levantaron para bajar. Antes de salir, una le deslizó un papel doblado sobre el tablero.

—Por si algún día te animas, dijo.

Andrés esperó a que desaparecieran entre la gente. Luego abrió el papel. Había un número de teléfono. Lo observó unos segundos. Después sacó de la billetera una fotografía pequeña de sus hijas, desgastada en las esquinas. No necesitó comparar nada.

Rompió el papel en cuatro pedazos y dejó que el viento se los llevara. Algunas rutas, pensó, ya sabía dónde terminaban.

 


domingo, 21 de junio de 2026

La llamada de las 11:55

A las 10:00 de la noche, cuando encendía el micrófono, Carolina tenía la sensación de estar abriendo un negocio que ya nadie visitaba. La emisora era una frecuencia AM que había sobrevivido a las modas, a las crisis económicas, al internet, a las plataformas digitales, a las redes sociales, a la indiferencia de los oyentes más jóvenes y la perdida de la costumbre de escuchar”.

La cabina parecía detenida en el tiempo. Las paredes estaban forradas con cartones en los que se empacan huevos, pegadas allí décadas atrás para mejorar la acústica. El aire acondicionado llevaba semanas dañado y apenas lanzaba una bocanada tibia que servía de poco contra el calor sofocante de aquellos días de mundial de fútbol. Al otro lado del vidrio estaba Ramiro, el operador de audio, un hombre que llevaba veinte años trabajando allí y que había perfeccionado el arte de parecer ocupado mientras hacía cualquier cosa menos prestar atención a los programas que se emitían.

Carolina tenía 42 años y una voz amable. Leía noticias, comentaba los resultados de los partidos, presentaba discos, hablaba con los oyentes, daba la hora cada quince minutos y contestaba los pocos mensajes que llegaban por la redes, y, cuando el director no estaba, se permitía regalar consejos sentimentales a los pocos insomnes que llamaban buscando compañía.

En la tarde, la Selección Colombia acababa de clasificar a los cuartos de final del Mundial. La ciudad estaba celebrando. Desde la ventana abierta del baño llegaban ecos de pólvora, motos y bocinas. Eran las 11:55 y sonó el teléfono. Carolina sonrió.


- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?”
- “Buenas noches Carolina, habla con Alfonso”.

La misma voz de siempre. Grave, pausada y educada. Llamaba todas las noches a la misma hora. Comentaba los partidos, pedía canciones viejas, corregía algún dato histórico y antes de colgar repetía siempre la misma frase: “Gracias por acompañarme otra noche y recuerden que quien entiende el momento de partir rara vez necesita explicarlo”. .

Al principio, Carolina pensó que se trataba de un jubilado solitario. Después, se imaginó que se trataba de algún loco taciturno. Pasados unos días, lo percibía como un oyente fiel y comenzó a esperarlo todas las noches. La llamada de Alfonso se había convertido en una especie de ritual en su programa y la frase de despedida, la señal ideal para mandar al corto bloque comercial sin tener que anunciarlo.   .

Aquella noche hablaron de fútbol. Alfonso recordó alineaciones antiguas de las selecciones Colombia con una precisión sorprendente. Mencionó jugadores olvidados, narró partidos completos como si hubiera estado en la tribuna y antes de su habitual frase de despedida puntualizó en un detalle:

- “Sabe por qué me gusta tanto el fútbol -Carolina”

- “¿Por qué?”
- “Porque los partidos terminan, pero las conversaciones sobre los partidos no”.
- “Ese es un buen punto, Alfonso”.
- “Mire, por ejemplo, hoy hizo exactamente el mismo calor que la noche en que escuché el partido entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de Chile 62”.
- “¿El 4-4 del Mundial del 62?”, preguntó Carolina.
- “Así es. Ese día yo estaba escuchando esta misma emisora”.
- “Eso fue hace más de 60 años, Alfonso”.
- “Lo sé”.

Durante las semanas siguientes, las llamadas de Alfonso no faltaron. Siempre a las 11:55. Alfonso hablaba de lugares desaparecidos, de teatros demolidos, de restaurantes que ya no existían y de periodistas muertos hacía décadas. Parecía conocer demasiado bien la historia de la ciudad. Una noche mencionó a Don Iván López, un locutor legendario de la emisora. El nombre le sonaba vagamente a Carolina, pero no lograba ubicarlo. Había fallecido hacía 35 años.

- “Alfonso, ¡qué lindo que usted haya recordado a don Iván! Según leo por acá, dejó un legado grande por su versatilidad y su cultura general”, mencionó Carolina cuando volvió al aire.
- “Yo trabajé con él”, dijo Alfonso cuando volvió al aire.

Carolina sintió un extraño escalofrío.

- “¿Usted trabajó aquí?
- “Pues, oficialmente no, pero pasaba mucho tiempo allá en la emisora. Era como mi segunda casa”.

La llamada se cortó justo en ese momento. Carolina lamentó el problema técnico y mandó al bloque comercial.
 
Al día siguiente, la locutora llegó temprano a la emisora a buscar al dueño, don Bernardo, un periodista de vieja escuela, que aparecía solo algunos días a revisar cuentas y a recordar mejores tiempos.  Después de un café y algunos comentarios sobre el contenido de su programa y las dificultades de la emisora, Carolina abordó el tema que la inquietaba:
 
- “¿Usted conoció hace algunos años a un oyente llamado Alfonso?

El hombre levantó la cabeza.

- “¿Alfonso?, ¿Alfonso Qué?
- “No sé el apellido. Usted sabe que yo solo le pregunto a los oyentes el nombre para no incomodar y ganar confianza. Hay un Alfonso que llama todas las noches; no sé si usted lo ha escuchado. Es una caja de música. Ayer al aire incluso habló de don Iván López”.

El dueño permaneció callado. Después sonrió y respondió. .

- “Sí, hace años había un Alfonso. Siempre llamaba. Conocía a todos los locutores. Era famoso aquí. Incluso Iván lo trajo varias veces como invitado especial a su programa.

- “¿Y qué pasó con él?

Don Bernardo guardó silencio.
 
- “Dejó de llamar”, dijo unos seegundo despues. 
- “¿Hace cuánto?”
- “Como 30 años o más”
- “¿Y nunca volvió?”
- “No podía”
- “Por qué?”
- “Porque murió”.
- “¿Está seguro?”
- “Claro, lo acompañamos al cementerio”.
 
Carolina soltó una risa nerviosa.

- “Entonces debe ser otro Alfonso”, dijo.
- “Puede ser”.
 
El viejo ya no sonreía y se entretuvo con unos recibos, mientras Carolina siguió camino a la cabina. 

La final del Mundial fue un domingo. La ciudad entera parecía despierta aquella noche. Carolina miró el reloj de la cabina. Eran las 11:55, la misma hora de siempre. Sonó el teléfono.

- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?
- “Buenas noches Carolina, con Alfonso”.
 
Carolina miró a Ramiro a través del vidrio. El operador levantó el pulgar sin apartar los ojos de su teléfono.
 
- “¿Vio la final del torneo, Alfonso?”
- “Claro que sí, pero no me gustó”.
- “¿Y eso por qué?”
- “Porque los mejores partidos siempre son los que uno recuerda por años. Este no será así”.

Hablaron de la final durante varios minutos. Del partido, de la radio del pasado, de las emisoras que desaparecían por aquellos días, de los oyentes que envejecían y de las voces que acompañaban madrugadas enteras sin conocer jamás a quienes escuchaban al otro lado. De un momento a otro, Alfonso guardó silencio unos segundos, pero continuó en la linea.

- “¿Sabe una cosa, Carolina?", dijo. 
- “¿Qué?
- “Ya puedo irme tranquilo”.

Carolina sintió algo extraño en la voz del hombre, una serenidad distinta.

- “¿Y por qué?
- “Porque encontré compañía”
 
La línea se quedó muda. La llamada había sido colgada. Carolina esperó unos segundos, presentó excusas por el impase técnico y siguió el programa. En el corte comercial fue a revisar el computador de la consola: no había registro de ningún número, de ninguna llamada, no estaba el programa grabado, no había nada. 

Entró después de la pausa, y para terminar el programa, dio la hora y presentó un play list de las últimas canciones dque tendría el programa. Apagó el micrófono y se quitó los audífonos. Ramiro seguía distraído mirando videos en el celular.

- “¿Ya te vas?”, le preguntó el operador cuando la vio salir. 
- “Sí, ya salgo”.
- "¿Por qué tan temprano?"
 - "Dejé rodando una playlist de cinco canciones, con eso terminamos hoy". 
- “Te vas triste porque hoy no llamó don Alfonso”.
- “¡Cómo que no llamó! ¿No lo escuchaste?"
- Noooo, Fonso no llamó, de eso estoy seguro. 
- ¿Fonso?, ¿acaso lo conoces?, ¿es amigo tuyo?”
- “Ese señor ha llamado todas las noches desde que yo trabajo aquí”.
- “¿Hace cuánto?”
- “hace Casi 21 años”
- “¿Y siempre llamó a las 11:55?”
- “Claro que sí, Carolina, siempre a la misma hora, menos hoy. Hoy no llamó”.

domingo, 7 de junio de 2026

Los clientes de la mesa 7

Susana trabajaba en un café del Parque Comercial El Tesoro. Tenía 23 años, estudiaba Ingeniería Industrial en las noches y llevaba dos semestres viviendo en una residencia universitaria del barrio Belén. Había llegado a Medellín desde su natal Manizales con dos maletas, una beca parcial y la promesa de no pedirles más dinero a sus padres.

Trabajaba todos los fines de semana y dos días entre semana. Le gustaba atender las mesas porque le divertía observar a las personas. Había aprendido que todo el mundo revela algo mientras espera un café: los nerviosos golpean la mesa con los dedos; los enamorados inclinan el cuerpo hacia adelante; quienes están a punto de terminar una relación evitan mirarse a los ojos; y los infieles casi siempre se sientan lejos de las ventanas.

Aquella tarde de jueves el centro comercial estaba lleno. Había feria. Afuera llovía y el olor a café recién molido competía con el perfume de las tiendas.

Estaba limpiando una mesa cuando vio entrar a un hombre de unos cincuenta años. Lo reconoció de inmediato. Se llamaba Julio. Sabía su nombre no porque él se lo hubiera dicho, sino porque llevaba casi un año yendo al café todos los martes a las cinco de la tarde con una mujer rubia, un poco menor que él. Siempre se sentaban en la mesa 2 y pedían lo mismo: capuchino con alfajores para ella y americano para él. Se quedaban allí casi una hora, cada uno absorto en su celular, y al final él pagaba con tarjeta y pedía facturación electrónica. Por eso Susana sabía cómo se llamaba. Era una pareja predecible y fácil de recordar.

En esta ocasión, Julio no llegó con la rubia. Vino acompañado por una mujer de cabello negro, de unos treinta años, y un vestido azul oscuro muy elegante. Susana también la reconoció. Era una mujer delgada, con aires de ejecutiva, que aparecía por el café algunos jueves al final de la tarde, siempre sola y siempre con un libro en la mano. Pedía un latte grande y permanecía dos horas leyendo junto a la ventana. Susana sabía que se llamaba Daniela por la misma razón que sabía el nombre de Julio.

Se sentaron en la mesa 7, la más alejada de la zona de mayor tránsito. Susana fue de inmediato a tomar el pedido y supo que ellos también la habían reconocido. Hubo un instante de incomodidad. Una pausa. Una especie de silencio que parecía demasiado grande para durar apenas dos segundos. Julio sonrió y Daniela bajó la mirada. Susana tomó la orden evitando mostrarse demasiado curiosa.

—Dos capuchinos con leche deslactosada —dijo él.

—Y una porción de cheesecake —agregó ella con una voz que tembló un poco.

Durante la siguiente hora intentó no mirarlos, pero era imposible. Hablaban poco, a veces se tomaban de la mano y durante largos ratos guardaban silencio. No parecían dos personas iniciando una historia, sino atrapadas dentro de una ya muy larga.

Cuando Susana llevó la segunda ronda de café notó que Daniela tenía los ojos húmedos y que Julio sostenía su mano sobre la mesa.

—No podemos seguir haciendo esto —lo escuchó decir ella.

Él no respondió. Miró primero hacia el interior del centro comercial. Después observó la lluvia a través de la ventana. No se atrevió a mirarla a los ojos.

Susana se alejó sintiéndose culpable por haber escuchado. Eran las siete de la noche en punto cuando él pidió la cuenta y pagó en efectivo. Daniela se levantó primero, llorando, y Julio salió unos minutos después, completamente descompuesto.

Susana limpió la mesa. Notó que los pocillos seguían tibios y que la porción de cheesecake había quedado a medio terminar. Se pasó el resto de la noche pensando en ellos: en la rubia que venía con Julio los martes y, al mismo tiempo, en la mujer del libro. Pensó que todas las vidas podían derrumbarse alrededor de una mesa de café.

Cuando recogió todo para cerrar, levantó la vista y vio que la mesa 7 seguía vacía. Nadie la había ocupado desde las siete de la noche. Entonces notó que sobre una de las sillas estaba olvidado el libro que Daniela llevaba aquella tarde. Lo abrió con la intención de buscar algún teléfono o algún nombre, pero no encontró ningún dato. Sin embargo, entre las páginas, a modo de separador, había una fotografía.

La miró y sonrió. No era una foto de Julio. Era una fotografía de ella misma, de Susana, tomada desde el segundo piso del café mientras atendía las mesas. La imagen tenía una fecha escrita al respaldo: 15 de agosto de 2027.

Impactada, cerró el libro de golpe y miró el calendario de su celular: 7 de junio de 2026. Cerró la caja, miró las mesas vacías y se dispuso a apagar las luces de todo el café. Sin embargo, notó algo extraño en el piso. Debajo del asiento donde había estado Daniela, reposaba una servilleta doblada. Fue por ella, la recogió y dudando la abrió. Había una frase escrita en lapicero rojo:

“Todavía tienes tiempo de devolverte a Manizales”.