A las 5:07 de la tarde Daniel apenas había avanzado 500 metros desde el
Centro Comercial San Diego. La fila de carros subía lentamente por la Avenida
Las Palmas como una serpiente de luces rojas atrapada entre la montaña y la
ciudad. Empezaba a oscurecer y la llovizna convertía el parabrisas en una
película borrosa de motos, buses y árboles húmedos.
Puso el carro en neutro, se aflojó la corbata y abrió la lista de pendientes.
Decidió aprovechar la hora del trancón para terminar sus tareas. Llamó primero
a un proveedor de empaques en Rionegro. Después al vendedor de la zona sur.
Luego a Mauricio, para reclamarle por unos pedidos mal despachados. Más tarde
habló con la contadora, con dos clientes y hasta con su jefe, que aprovechó
para recordarle los resultados flojos del mes y preguntarle si ya había
organizado la reunión del viernes.
Mientras hablaba, el trancón avanzaba por impulsos mínimos. Cincuenta metros,
frenar, otros cien, frenar otra vez. Cuando colgó la última llamada miró el
reloj. Había pasado casi una hora y no había llegado a la entrada del Túnel de
Oriente para irse a su casa en las cercanías del aeropuerto.
La fila seguía detenida. Algunos motociclistas subían entre los carros como
insectos desesperados. Una ambulancia sonaba a lo lejos sin encontrar espacio.
Daniel apagó el radio y dejó caer la cabeza contra el espaldar. Fue entonces
cuando pensó en Milena.
Hacía cuatro meses que no se veían y llevaban seis semanas sin hablar. Daniel
no había sido capaz de terminar la relación, pero tampoco de sostenerla. Cuando
estaban juntos, dormían abrazados como si el mundo afuera se estuviera cayendo.
Cuando se separaban, ambos parecían recuperar el aire. Miró varias veces el
nombre de Milena en la pantalla sin decidirse a marcar. Recordó sus manos sobre
su pecho y el lunar pequeño debajo del hombro izquierdo. También vino a su
mente la manera en que ella le dañaba cualquier intento de calma.
Tragó saliva, bebió agua del termo y finalmente marcó. El teléfono sonó varias
veces hasta que se fue al buzón de voz. Daniel esperó mirando las luces
intermitentes del carro de adelante. Sin pensarlo mucho volvió a marcar de
inmediato. Otra vez a buzón. Sintió un vacío caliente en el estómago.
Tamborileó los dedos sobre el volante mientras la fila avanzaba doscientos
metros más. Se desesperó y volvió a marcar. A buzón de voz. Se hizo a la orilla
para que pasara la ambulancia. Dejó pasar cinco minutos y se decidió a marcar
de nuevo. Estaba decidido a no escuchar el mensaje que mandaba al buzón. Marcó,
esperó a que repicara varias veces y esta vez colgó antes de que entrara la
llamada al buzón.