lunes, 19 de octubre de 2026

Aguacero

El aguacero arreció cuando Mauricio miraba su reloj y calculaba que le faltaban quince minutos para llegar a la casa de su mamá. Primero fueron unas gotas gruesas, espaciadas, que golpeaban el parabrisas del bus con la insistencia de alguien que llama a una puerta sin estar seguro de que haya alguien adentro. Después, sin transición, el cielo se vino abajo.

Los pasajeros levantaron la mirada hacia las ventanas. Una mujer de la primera silla sacó una bolsa plástica del bolso y protegió un paquete que llevaba sobre las rodillas. Un joven con ropa deportiva, sentado en la banca de atrás, se quitó los audífonos, observó el aguacero y volvió a ponérselos, como si la música pudiera negociar con el clima.

Mauricio miró el reloj. Había llamado a su mamá esa mañana y ella le había preguntado si pasaría a visitarla. Él había respondido que sí, aunque no recordaba haber fijado una hora. Desde hacía algún tiempo, las invitaciones de su madre venían acompañadas de una frase que pretendía quitarle importancia al asunto: «Si no puedes, vienes otro día». A él le molestaba esa manera de dejar las cosas abiertas, como si las visitas fueran compromisos que podían aplazarse sin consecuencias. Sin embargo, también había aprendido a responder con esa misma facilidad: «Esta semana estoy complicado, mamá. El domingo hablamos».

El bus avanzó unas cuadras más y se detuvo en un semáforo. El agua descendía por el vidrio en caminos irregulares, borrando las fachadas, los avisos y los rostros de quienes corrían por la acera. Mauricio calculó que podía bajarse allí y caminar hasta una esquina donde recordaba una casa antigua con un balcón amplio. Bajo aquel techo podría esperar a que escampara.

Apenas puso un pie en el andén, la lluvia le empapó los zapatos. Corrió hasta el balcón, se sacudió las mangas, se pasó la mano por el cabello y miró la calle con la irritación de quien descubre que el mundo ha decidido modificarle la agenda.

Bajo el balcón había cuatro personas. Un anciano apoyado en un bastón miraba el agua. Llevaba un sombrero negro, ligeramente ladeado, y no parecía preocupado ni impaciente. A su lado, dos jóvenes con gorras y chaquetas oscuras compartían la pantalla de un teléfono. Uno señalaba algo con el dedo y el otro se reía. En el extremo opuesto, un hombre sostenía una patineta eléctrica. Se asomaba de vez en cuando al borde del balcón, calculaba la distancia hasta la esquina y volvía a retroceder.

Mauricio se acomodó junto al anciano. Nadie saludó. Nadie preguntó cuánto faltaría para que escampara. Cada uno parecía dispuesto a esperar a su manera. Cinco minutos después se detuvo frente a ellos el siguiente bus de la misma ruta. 

Una mujer joven, envuelta en una chaqueta gruesa y con la capucha puesta, descendió apresuradamente. Se sujetó la capucha con una mano y corrió hacia el balcón. Llegó junto a Mauricio respirando con dificultad.

Tendría unos 33 años. Era alta, de ojos color miel. Se apartó el cabello húmedo de la frente y soltó una risa breve, sin dirigirse a nadie en particular.

—Parece que nos tocó esperar —dijo Mauricio.

—Parece que sí. Qué suerte. Siempre soñé con desperdiciar la tarde mirando cómo pasa el tiempo.

Mauricio la miró un segundo, miró su reloj y continuó:  

—Hace rato no llovía así y no sé si esto vaya a parar pronto.

Ella miró hacia el cielo y después hacia la calle, que estaba convertida en un río estrecho.

—A veces uno se baja del bus pensando que va a llegar más rápido —dijo él—. Y termina llegando más tarde.

—O llegando a otro lugar.

Mauricio sonrió. La respuesta le pareció ingeniosa. 

—¿Vienes de lejos?

—Depende de qué considere usted lejos.

—Buena respuesta para no contestar.

—Y buena pregunta para no decir nada.

Mauricio soltó una carcajada. La muchacha sonrió apenas.

—Soy profesor —dijo él.

No supo por qué lo había dicho. Llevaba tantos años presentándose así que la profesión se había convertido en una especie de apellido.

—Eso explica algunas cosas —dijo ella.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles?

—La manera de preguntar, por ejemplo.

—¿Y usted a qué se dedica con esa manera de responder?

—A tratar de responder preguntas que no siempre entiendo.

—Eso también parece una definición de la docencia.

—Entonces debe de ser una profesión agotadora.

—Mucho más de lo que parece.

La muchacha volvió a mirarlo con atención.

—¿Usted no se llama Mauricio?

Él dejó de sonreír.

—Sí. ¿Cómo lo sabe?, ¿nos conocemos?

Ella tardó unos segundos en contestar. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y miró hacia la calle. El agua golpeaba las tapas metálicas de las alcantarillas con un ruido parecido al de unas monedas arrojadas sobre una mesa.

—Usted me dio clase hace muchos años.

Mauricio trató de reconocerla. Llevaba treinta años como docente y había tenido innumerables grupos. Los rostros se le mezclaban en una memoria de nombres, trabajos, preguntas y notas. Recordaba con claridad a algunos estudiantes, sobre todo a quienes discutían, a quienes escribían bien y a quienes lo desafiaban. Otros se le habían borrado sin que pudiera distinguir el momento en que dejaron de estar presentes.

—¿En cuál universidad?

—En la que menos debería acordarse.

—No creas. Yo no recuerdo muchas caras, como la tuya, pero no olvido las instituciones.

—En la Tecnológica. Usted me dio una materia en tercer semestre. Algo de escritura.

Mauricio frunció el ceño.

—¿Sería la de "contexto comunicativo"?

Ella asintió.

—Esa misma. Yo me sentaba atrás, junto a la ventana.

Él hizo un esfuerzo. Buscó en la memoria un salón, una fila de pupitres, un rostro inclinado sobre un cuaderno. 

—Discúlpame. No logro recordarte.

—No tiene por qué disculparse. Yo tampoco recuerdo casi nada de lo que usted decía.

La respuesta lo tranquilizó, aunque no del todo.

—¿Y cómo me reconociste?

—Por la voz. Y por una frase que usted repetía mucho. Es de lo poco que me acuerdo.

—¿Ah, sí? ¿Cuál frase?

Ella hizo una pausa y lo miró con seguridad.

—Que uno no debe conformarse con entender las palabras, sino preguntarse qué hay detrás de ellas.

Mauricio sintió una pequeña satisfacción. Era una de esas frases que había repetido durante años, convencido de que resumían una parte esencial de su manera de enseñar.

—Me alegra que la recuerdes. Así sea lo único que te haya quedado de mi clase.

La muchacha apartó la mirada.

—Hay recuerdos con los que uno vive y duelen poco, dijo.

La frase le quitó a la conversación cualquier tono de elogio.

Mauricio la miró de nuevo. Había algo en su expresión que no conseguía descifrar.

—¿Pasó algo con esa frase?

Ella respiró hondo.

—Yo dejé la universidad ese semestre. Creo que esa frase es lo único que me quedó de esa época.

Mauricio percibió la ironía y estuvo a punto de responder, pero la muchacha continuó.

—Mi papá se enfermó. Mi mamá trabajaba todo el día y yo tenía que ayudar en la casa. Empecé a faltar mucho. Dejé de entregar trabajos. Usted me llamó la atención delante de todo el grupo porque no había leído un texto. Perdí su materia y otras dos. Y bueno, eso fue todo.

Mauricio bajó la mirada.

—La verdad, no lo recuerdo.

—Lo sé.

No había reproche en su voz. Eso lo hizo sentir peor.

—¿Qué te dije que te afectó tanto?

—Que no podía pretender aprobar una materia si ni siquiera me tomaba el trabajo de leer. Que la universidad no era un lugar para ir a calentar un puesto.

Mauricio sintió que la frase regresaba desde un lugar incómodo de su memoria. Era posible que la hubiera dicho. En aquellos años tenía menos paciencia con las excusas y una confianza casi inquebrantable en el poder de la disciplina. Todavía creía que la voluntad bastaba para abrirse paso entre las dificultades.

—Nunca me contaste lo que estaba pasando en tu casa —dijo.

—No. Usted no sabía. Nadie sabía.

—Si me lo hubieras contado…

La muchacha hizo un gesto leve con la cabeza y lo interrumpió.

—Tal vez. Pero me daba vergüenza. Pensaba que, si empezaba a explicar lo que me pasaba, iba a parecer que estaba pidiendo un trato especial.

Mauricio quiso defenderse, aunque no estaba seguro. Podía decir que tenía muchos estudiantes, que no era fácil conocer las circunstancias de cada uno, que la universidad también exigía responsabilidades. Todo era cierto. Y, sin embargo, ninguna de esas verdades parecía suficiente.

—¿Y qué pasó después? —preguntó.

—Conseguí trabajo. Hice otras cosas. La vida siguió. Bueno, eso dice uno cuando no sabe muy bien qué decir.

—¿Y volviste a estudiar?

—Estoy terminando lo que dejé pendiente. Estudio en las noches y trabajo durante el día. A veces llego a clase tan cansada que me cuesta mantener los ojos abiertos. Hay profesores que creen que uno no tiene interés porque no pregunta, porque no participa, porque no entrega todo a tiempo.

Mauricio sintió que aquellas palabras se acercaban demasiado a conversaciones recientes con sus propios estudiantes. Había escuchado quejas sobre sus lecturas, sus tareas y sus clases. Le habían dicho que exigía demasiado, que no dejaba espacio para otras obligaciones, que confundía la cantidad de trabajo con el aprendizaje.

—El problema es que hay muchos estudiantes que no se esfuerzan —dijo. La frase le salió casi por reflejo.

—Claro. Yo conozco algunos. A veces también soy una de ellos.

Mauricio levantó la cabeza. Había esperado una acusación y recibido una confesión.

—¿Entonces qué esperas de los profesores?

La muchacha se tomó un momento para pensar.

—No sé si espero algo en particular. Supongo que espero que se den cuenta de que el silencio no siempre significa lo mismo.

Mauricio no respondió. Ella miró al anciano, que seguía con las manos apoyadas sobre el bastón. Después observó a los dos jóvenes, inclinados sobre el teléfono.

—Mire al señor de sombrero. No habla con nadie, pero no sabemos por qué está aquí. Los muchachos parecen estar en su mundo, pero quizá están esperando a alguien. Y yo llegué empapada, sin saber que iba a encontrarme con usted después de tantos años.

—¿Y qué significa todo eso?

—Que desde afuera es fácil creer que uno sabe lo que les pasa a los demás.

El hombre de la patineta se asomó una última vez a la calle. Aunque seguía lloviendo, decidió marcharse. Bajó el bordillo con la patineta en la mano y desapareció entre los vehículos detenidos.

Mauricio volvió la mirada hacia la muchacha.

—¿Qué más recuerdas de mis clases?

Ella sonrió. Esta vez no había ironía.

—Una vez nos pidió escribir sobre algo que nos hubiera cambiado la vida. Yo escribí sobre mi papá.

—¿Y qué pasó?

—No era un buen texto. Tenía errores, estaba desordenado. Pero usted me puso una nota alta y escribió al final: «Aquí hay algo que vale la pena seguir contando».

Mauricio sintió que algo se movía en su memoria. Recordó vagamente una serie de trabajos, hojas corregidas a mano, una tarde en la que se había quedado más tiempo de lo previsto leyendo los textos de sus estudiantes. No pudo reconstruir el rostro de la muchacha, pero sí la frase. Era suya. O al menos eso creyó.

—¿Y seguiste contando? —preguntó.

—Tal vez no como usted esperaba, pero sí.

—¿Qué quieres decir?

—No estudié literatura ni me convertí en escritora. Trabajo, pago cuentas, ayudo a mi mamá. Pero a veces escribo.

—¿Qué escribes?

—Cosas que me pasan. Recuerdos. Conversaciones que escucho. Cosas que no sé cómo decirlas.

—¿Y no se las muestras a nadie?

La muchacha bajó los ojos.

—Una cosa es escribir y otra creer que alguien quiere leerlo.

Mauricio estuvo a punto de responder. Tenía preparada una de esas frases que solía ofrecer a sus estudiantes cuando necesitaban un empujón: que escribir era una forma de pensar, que nadie empezaba sabiendo, que había que insistir. Pero se quedó callado. Quizá no todas las conversaciones necesitaban una respuesta.

—¿Y ahora qué estudias?

—Comunicación.

—¿Dónde?

—En la Central.

—¿Y por qué volviste?

Ella se tomó unos segundos.

—Porque un día me di cuenta de que llevaba años diciendo que algún día iba a terminar. Y me cansé de escucharme.

La lluvia empezó a ceder. Primero disminuyó el ruido sobre el techo; después, el agua dejó de caer de lado. En la calle quedaron charcos donde se reflejaban los cables, las fachadas y los avisos de los negocios.

El anciano se incorporó con dificultad. Los dos jóvenes guardaron el teléfono y salieron corriendo hacia la esquina, todavía riéndose.

La muchacha miró el reloj.

—Tengo que irme.

—¿Vives por aquí?

—Más o menos.

Mauricio estuvo a punto de preguntarle su nombre. Le pareció absurdo que hubieran hablado tanto sin que él supiera cómo se llamaba. Pero ella ya había dado un paso hacia la calle.

—Ah, profesor, dijo ella sin detenerse.

—Dime.

—¿Todavía les pide a sus estudiantes que escriban sobre algo que les haya cambiado la vida?

Mauricio pensó en los trabajos que corregía a medianoche, en las lecturas que preparaba con cuidado, en las preguntas que hacía y que a veces terminaba respondiendo él mismo cuando nadie se atrevía a hablar. Pensó también en sus estudiantes: en los que discutían, en los que no entregaban las tareas, en los que parecían ausentes y en los que, a pesar de todo, seguían sentándose frente a él cada semana.

—A veces —respondió él.

—Debería hacerlo siempre, dijo mientras se iba. 

Ella se alejó sin despedirse. Mauricio la siguió con la mirada hasta que dobló la esquina. Quiso llamarla, preguntarle su nombre, decirle que lamentaba no haberla reconocido. No lo hizo. Comprendió que cualquier frase podía servirle más a él que a ella.

Saltó a la calle. El aire olía a tierra mojada y a gasolina. El cielo seguía oscuro, pero por el occidente se abría una franja de luz. Reanudó el camino hacia la casa de su madre. Mientras caminaba, trató de recordar el rostro de aquella estudiante. No pudo. Recordó, en cambio, la frase que había escrito al final de un trabajo muchos años atrás: «Aquí hay algo que vale la pena seguir contando».

Por primera vez, no estuvo seguro de haberla escrito para ella.

_________


Su madre abrió la puerta antes de que Mauricio alcanzara a tocar el timbre.

—Pensé que ya no venías —dijo después de darle un beso en la frente.

—El aguacero me retrasó. Me tocó escamparme un rato.

—Siempre hay algo que retrasa a la gente.

Lo dijo sin amargura, mientras se hacía a un lado para dejarlo entrar. Mauricio no supo si se refería al aguacero o a otra cosa. Se quitó la chaqueta mojada y la colgó junto a la puerta.

La casa olía a café recién preparado. Sobre la mesa había dos tazas, una servilleta doblada y un plato con las galletas de mantequilla que tanto le gustaban.

—¿Comiste algo? —preguntó ella.

—No.

—Entonces siéntate. Te preparo algo.

—No te preocupes, mamá. Con el café está bien.

Ella lo miró unos segundos, como si quisiera decirle algo, pero finalmente fue hasta la cocina.

Mauricio se sentó a la mesa. Junto a su taza había un cuaderno abierto. Alcanzó a leer unas líneas escritas a mano antes de que su madre regresara. La letra era pequeña, inclinada hacia la derecha. Reconoció en ella la paciencia con que anotaba las cuentas de la casa, los teléfonos de los parientes, las fechas de las citas médicas.

Pero aquello era diferente. Había párrafos enteros, tachaduras, palabras encerradas entre paréntesis. En el margen de una página alcanzó a distinguir una frase subrayada.

—¿Qué es esto? —preguntó cuando ella regresó.

Su madre dejó un plato sobre la mesa, tomó el cuaderno y lo cerró con suavidad.

—Unas cosas que estoy escribiendo.

—¡Qué sorpresa! No sabía que escribías.

Su madre sonrió.

—A veces.

—¿Y qué escribes?

—Cosas que me pasan. Recuerdos. Conversaciones que escucho. Cosas que no sé cómo decirlas.

Mauricio reconoció la respuesta. Levantó los ojos. Su madre se sentó frente a él y acercó la taza a sus manos.

—No es nada importante —añadió—. Es solo para mí.

Él quiso preguntarle desde cuándo lo hacía, por qué nunca se lo había contado, qué decía en aquellas páginas. Quiso abrir el cuaderno, leer una línea, encontrar una explicación que le permitiera ordenar la sorpresa. Pero algo en la manera en que ella puso la mano sobre la tapa le hizo entender que no tenía derecho a hacerlo.

—¿Me dejarás leerlo algún día?

Su madre lo miró con una expresión que él no supo interpretar.

—Algún día.

Mauricio tomó el café. Afuera, el aguacero había terminado y una luz pálida comenzaba a entrar por la ventana. Su madre le preguntó por la universidad, por sus estudiantes, por el trabajo. Él contestó sin apresurarse. Por primera vez en mucho tiempo, no buscó una manera de acortar la conversación.

El cuaderno permaneció cerrado entre los dos.

Su madre empezó a contarle algo sobre una vecina y las plantas que había perdido con la lluvia. Mauricio la escuchó sin interrumpirla. En un momento, ella hizo una pausa para preguntarle si quería más café.

—Sí, mamá.

Ella se levantó. Él se quedó mirando el cuaderno.

Cuando su madre volvió a sentarse, Mauricio ya no lo estaba mirando. La escuchó hablar de las plantas, de la vecina, de una llamada que había recibido la semana anterior. Afuera, el cielo comenzaba a despejarse.

No miró el reloj.