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lunes, 2 de febrero de 2026

Entre sueños

Adriana estaba sumergida desde el final de la tarde en la lectura de una novela de Kawabata y William luchaba contra el sueño que lo tenía dominado. El apartamento estaba silencioso y el único ruido eventual era el paso de algún avión en búsqueda de destino. William, en la cama, cerró los ojos y de inmediato aparecieron sus sueños reiterativos: casas vacías, mesas largas con una sola silla y fiestas donde nadie lo esperaba. 

Adriana, en el sofá, terminó el penúltimo capítulo, limpió sus gafas, levantó la mirada y se percató del sueño profundo en el que estaba su pareja. Jamás se hubiera imaginado la pesadilla en la que estaba. Soñó con eucaliptos y guayacanes amarillos alineados a la orilla de una carretera, golpeados fuertemente por el viento. Al final del camino estaba Adriana esperándolo, pero el viento no le permitía avanzar hacia ella. 

A las 2:00 de la mañana William se despertó abruptamente con la sensación de que seguía soñando. El apartamento estaba iluminado por los rayos de una intensa luna llena que se metían por la ventana. Adriana estaba sentada en la cama, con el libro sobre las piernas, con la combinación de rabia y tristeza que siempre le generaban los textos del escritor japonés. Vio despertarse a William y lo miró por encima de las gafas. Él se sintió inspeccionado. 

William se sintió sediento, pero optó por permanecer inmóvil. Lo incomodaba la fría mirada de Adriana. Notó que tenía el mismo vestido ligero color naranja, los labios  pintados con un labial color tierra y el cabello suelto, como en su sueño. Tragó saliva para calmar la sed. La miró, quiso hablarle, pero prefirió el silencio. Sintió un escalofrío raro al verla petrificada con su mirada clavada en él, en completo silencio. Los sorprendió escuchar un sonido de una fiesta en algún lugar cercano, y ver el apartamento vacío con una sola silla en la mesa. 

En un acto reflejo y brusco, William trató de ponerse en pie para ir hasta el sofá y hablar con Adriana, pero no pudo moverse. El fuerte viento que en ese momento comenzó a soplar por la ventana del apartamento se lo impidió.  








sábado, 27 de septiembre de 2025

Lo dejó en visto

 Desde que la vio la primera vez quedó atrapado por su mirada profunda, su perfume frutal y sus sensuales pecas en el pecho. Trabajaban cerca y él se volaba de su oficina para darle saludos tan fugaces como la relación que alcanzaron a tener. 

Adriana había firmado hacía poco su divorcio. Se había refugiado en su trabajo como asesora y en su hijo, pero se sentía deshecha. Pasó semanas evitando los espejos, los recuerdos y las llamadas de sus amigos. Conoció a Juan accidentalmente en una tarde lluviosa, porque era cliente de uno de sus compañeros y como se movilizaba en moto, tuvo que  evitar el aguacero quedándose un rato en la oficina hablando con él. Ese día se hizo la magia.  

Aunque el gusto fue recíproco, los temores de ella fueron evidentes. Juan era un hombre más joven que ella, de sonrisa fácil y con una vida personal enredada. Las certezas de él salían de sus ganas de ordenar su vida y de los ojos de ella, cada que los tenía al frente. 

Hablaron poco y se miraron mucho. Charlaban de libros, de viajes y de canciones viejas. Se encontraron pocas veces y en momentos muy cortos, pero con efectos demasiado largos. Un encuentro casual, en otra tarde lluviosa, terminó en un beso deseado por ambos, pero al mismo tiempo aterrador para ella. Le pudieron más las culpas. Los dos temblaron. Para él fue un beso que lo llenó de ilusión; para ella fue una despedida acelerada.

No hubo tiempo para discusiones ni explicaciones; solo una distancia que creció sin palabras con el paso de los años. 

Una tarde, sin saber por qué, sentado en una librería, Juan abrió el chat del número que nunca había borrado y escribió: “Hola. No sé si todavía usas este número. Solo quería saber un poco de ti.”  

El mensaje se quedó ahí, suspendido en la pantalla como una confesión tardía. La señal en la pantalla de que ya lo había leído solo apareció tres meses después, en la madrugada de un jueves. Llovía a cántaros. Juan sonrío, entendió que lo dejaría en visto y recordó que Adriana lo inquietó a él desde el primer día.