lunes, 25 de mayo de 2026

El vuelo 5728

 El avión seguía inmóvil sobre la pista y Laura ya había dejado de calcular cuánto tiempo llevaban esperando. Desde la ventanilla veía las luces que iluminaban la pista del aeropuerto perdiéndose lentamente en la neblina de la madrugada. Más allá, inmóviles, otros aviones aguardaban turno para despegar bajo una lluvia espesa que parecía caer siempre en la misma dirección.

 La voz del capitán ya había sonado tranquila dos veces:

 “Tenemos una pequeña demora por tráfico aéreo”, “En minutos estaremos despegando, estamos atentos a que nos autoricen la pista”.

 Los minutos terminaron convirtiéndose en una hora y media. Laura lo sabía porque ya había revisado seis veces el reloj de su celular. El aire empezaba a sentirse pesado. Varias personas dormían incómodas, otras miraban redes sociales con el brillo de las pantallas reflejado en la cara, una niña lloraba varias filas atrás y alguien acababa de abrir un paquete de papas fritas cuyo olor se mezcló con el del café recalentado del servicio a bordo.

 Laura ocupaba la silla 5A. Siempre que viajaba escogía ventanilla. Le gustaba sentir que tenía un lugar desde donde escapar mentalmente de la gente. Tenía 36 años, el cabello oscuro recogido en una cola desordenada y la costumbre de observar demasiado a los demás. Jorge, su exnovio, afirmaba que ella miraba a las personas como si quisiera descubrirles algo oculto.

 A su lado, en la silla 5B, viajaba un hombre de unos cuarenta años con camisa azul clara y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Desde que abordaron no había levantado la mirada del celular. Escribía mensajes larguísimos, los borraba completos y volvía a escribirlos. A veces cerraba los ojos y apretaba la mandíbula como si estuviera discutiendo mentalmente con alguien.

 En la silla del pasillo, la 5C, iba una muchacha joven, de unos 22 años, con un saco gris demasiado ancho y unos audífonos blancos enormes. Escuchaba música, pero miraba constantemente hacia todos lados. Cada cierto tiempo abría la aplicación de notas, escribía una frase corta y volvía a bloquear la pantalla.

 Durante varios minutos Laura se entretuvo imaginando sus vidas, un manera de matar el tiempo cada que los vuelos se retrasaban. Pensó que el hombre del centro iba camino a separarse de alguien o a pedir perdón demasiado tarde. Imaginó que la chica del pasillo era una estudiante universitaria que se había escapado de la casa e intentando reunir valor para no devolverse. Afuera seguía lloviendo.

 Un vehículo de equipaje pasó lentamente junto al ala izquierda del avión y luego desapareció en la neblina. Laura volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado dos horas y 15 minutos. Suspiró y cerró los ojos. Escuchó algo extraño. Abrió los ojos, miró a su lado y vio que la muchacha del pasillo estaba llorando en silencio. Laura dudó unos segundos antes de pasar la mano por encima del hombre de la silla del medio para tocarle suavemente el brazo a la chica.

 “¿Estás bien?”

 La joven se quitó los audífonos y asintió demasiado rápido.

 “Sí… qué pena. Perdón”.

 No se veía bien. Tenía los ojos hinchados y las manos le temblaban. El hombre de la silla 5B levantó por primera vez la mirada del celular, observó a la muchacha apenas un instante y volvió a bajar los ojos, incómodo. Nadie habló durante varios minutos, hasta que la joven dijo algo casi en un susurro:

 “¿Ustedes creen que a veces uno alcanza a devolverse antes de dañarle la vida a alguien?”

 Laura no supo qué responder. El hombre del centro miró de reojo hacia la ventanilla. Afuera, un avión despegó lentamente en medio de la lluvia. La muchacha soltó una risa nerviosa y volvió a mirar al frente.

 “Perdón… es que no he podido dormir desde esa noche”.

 Laura sintió un escalofrío antes de hacer la pregunta inevitable.

 “¿Qué noche?”

 La joven demoró unos segundos en responder.

 “La del accidente. ¿La recuerdan?”

 El hombre del centro levantó lentamente la cabeza y tragó saliva. La muchacha los miró a ambos como si acabara de entender algo.

 “¡Qué raro! Los tres íbamos en el mismo carro y nunca habíamos vuelto a vernos”.

 Laura sintió que el cuerpo se le enfriaba. Miró rápidamente hacia la ventanilla. La lluvia seguía cayendo sobre la pista completamente vacía. Ya no había aviones esperando. No había vehículos en movimiento. Ni una sola luz quedaba encendida en el aeropuerto.

 La voz del capitán retumbó por los altavoces:

 “Señores pasajeros les habla el comandante José Julián Zapata. Les pedimos disculpas por la demora, por causas ajenas a nuestra aerolínea. Seguimos esperando autorización para despegar”.

 Laura volvió a mirar afuera. Más allá de la ventanilla ya no se veía la pista. Solo oscuridad.

lunes, 18 de mayo de 2026

La bici y el viejo

Mauricio salía en su bicicleta todos los días a las 5:55 de la mañana. Ni un minuto antes ni uno después. Bajaba la bicicleta por el ascensor de la torre 5, saludaba con la mano al portero de turno y arrancaba despacio mientras la ciudad comenzaba a aclararse entre la neblina.

El 5 de mayo había cumplido 50 años. Tenía las piernas duras y marcadas de tanto pedalear y unas ojeras profundas que le daban cara de hombre cansado, incluso cuando sonreía. Era trigueño, de barba irregular y cabello corto; las entradas ya se le marcaban a ambos lados de la frente. Había adelgazado mucho el último año. A veces, cuando se detenía en un semáforo y veía su reflejo en una vitrina, se parecía más a alguien que estaba huyendo que a alguien haciendo deporte.

Su recorrido era siempre el mismo: bajaba por la calle 30, tomaba la congestionada autopista hacia el sur, subía hasta el parque de Caldas, giraba hacia la doble calzada, tomaba la Regional hasta el norte y regresaba a casa antes de que el tráfico terminara de colapsar la ciudad. Al llegar nuevamente al edificio y subir al ascensor, el ciclocomputador marcaba exactamente 55,5 kilómetros. Ni uno más ni uno menos. Al principio había sido casualidad, después se volvió costumbre y finalmente, necesidad.

Aunque el recorrido era siempre el mismo, algunas veces, llegando a la portería y el ciclocomputador marcaba 54,7 o una cifra parecida. Cuando esto ocurría, Mauricio seguía pedaleando alrededor del edificio durante varios minutos hasta completar el número exacto.

Vivía solo. Trabajaba desde casa revisando reclamaciones de seguros y hablaba poco con la gente. El ritual de la bicicleta terminó ocupando el lugar que antes habían tenido otros asuntos: una novia que se fue sin pelear, los partidos de fútbol de los jueves y las visitas a la mamá, que insistía en servirle comida para “ver si recuperaba el color”.

Con el paso de las rodadas, empezó a reconocer a otras personas que como él, sin importar el día o el clima, madrugaban con cierto ritual: un hombre de barba blanca que trotaba por la calle 30 escuchando radio; una muchacha de audífonos rojos que esperaba siempre en las escalas de la estación Poblado; un domiciliario venezolano que descansaba sentado en un andén de Itagüí mientras fumaba el primer cigarrillo del día; una mujer de chaqueta amarilla que barría hojas frente a un concesionario en la entrada a Caldas; y un anciano de cabello completamente blanco que leía un libro y tomaba café sentado siempre en la misma banca del parque.

Terminó habituándose a verlos. Le sorprendía la puntualidad de todos. Nunca se detuvo a hablar con ninguno, pero comenzó a saludarlos con pequeños movimientos de cabeza. A veces, sentía que ellos también esperaban su paso. Con el tiempo dejó de mirar el reloj pues sabía perfectamente en qué punto del trayecto aparecería cada uno.

Una mañana lluviosa de un viernes de junio, el anciano del parque no apareció. Mauricio disminuyó la velocidad frente a la banca vacía. Sintió algo extraño en el pecho, pero siguió pedaleando.

Al día siguiente tampoco estaba. Ni el otro. El quinto día frenó por primera vez en meses, puso un pie sobre el pavimento mojado y miró la banca húmeda bajo los árboles.

“Disculpe”. le dijo a un vigilante del parque. “¿El señor mayor que se sentaba aquí a leer y a tomar café, el de cabello blanco, no volvió?”

El vigilante frunció el ceño.

“¿Cuál señor?”

“El viejito que madruga todas las mañanas y se sienta justo aquí”.

El hombre negó lentamente con la cabeza. “Amigo, llevo cinco años trabajando acá y en esa banca no se sienta nadie en las mañanas. Siempre permanece mojada por esos árboles”.

Mauricio sintió que el estómago se le vaciaba. Sonrió, volvió a montarse en la bicicleta y terminó el recorrido bajo una fuerte lluvia.

Cuando llegó al edificio, el ciclocomputador marcaba exactamente 55,5 kilómetros. Se quedó quieto mirando el número mientras repasaba mentalmente el recorrido completo: el hombre de barba blanca, la chica de audífonos rojos, la mujer de la chaqueta amarilla, el domiciliario venezolano y el anciano del libro. Así había sido siempre, menos los últimos cinco días.

Caviló un momento y pensó algo que le heló la sangre: nunca había visto a ninguno de esos personajes hablando con otra persona. Nunca había escuchado sus voces. Siempre estaban exactamente en el mismo lugar, haciendo lo mismo.

Entró al ascensor empujando la bicicleta mojada. Mientras las puertas se cerraban, bajó la mirada hacia el ciclocomputador: 54,5 kilómetros. Se confundió. Era un kilómetro menos que el número que había visto unos segundos antes en la portería.

Extrañado, levantó los ojos hacia el espejo del ascensor. Por un instante dejó de verse a sí mismo. Frente a él estaba el anciano de cabello completamente blanco, sosteniendo un libro húmedo entre las manos.

Mauricio tragó saliva, miró el reloj y vio que eran las 5:55 de la mañana. Salió rápido del ascensor, abrió la puerta del apartamento y entró rápido a preparar café y a leer el libro que llevaba en la mano.



lunes, 11 de mayo de 2026

El trancón

A las 5:07 de la tarde Daniel apenas había avanzado 500 metros desde el Centro Comercial San Diego. La fila de carros subía lentamente por la Avenida Las Palmas como una serpiente de luces rojas atrapada entre la montaña y la ciudad. Empezaba a oscurecer y la llovizna convertía el parabrisas en una película borrosa de motos, buses y árboles húmedos.

Puso el carro en neutro, se aflojó la corbata y abrió la lista de pendientes. Decidió aprovechar la hora del trancón para terminar sus tareas. Llamó primero a un proveedor de empaques en Rionegro. Después al vendedor de la zona sur. Luego a Mauricio, para reclamarle por unos pedidos mal despachados. Más tarde habló con la contadora, con dos clientes y hasta con su jefe, que aprovechó para recordarle los resultados flojos del mes y preguntarle si ya había organizado la reunión del viernes.

Mientras hablaba, el trancón avanzaba por impulsos mínimos. Cincuenta metros, frenar, otros cien, frenar otra vez. Cuando colgó la última llamada miró el reloj. Había pasado casi una hora y no había llegado a la entrada del Túnel de Oriente para irse a su casa en las cercanías del aeropuerto. 

La fila seguía detenida. Algunos motociclistas subían entre los carros como insectos desesperados. Una ambulancia sonaba a lo lejos sin encontrar espacio. Daniel apagó el radio y dejó caer la cabeza contra el espaldar. Fue entonces cuando pensó en Milena.

Hacía cuatro meses que no se veían y llevaban seis semanas sin hablar. Daniel no había sido capaz de terminar la relación, pero tampoco de sostenerla. Cuando estaban juntos, dormían abrazados como si el mundo afuera se estuviera cayendo. Cuando se separaban, ambos parecían recuperar el aire. Miró varias veces el nombre de Milena en la pantalla sin decidirse a marcar. Recordó sus manos sobre su pecho y el lunar pequeño debajo del hombro izquierdo. También vino a su mente la manera en que ella le dañaba cualquier intento de calma.

Tragó saliva, bebió agua del termo y finalmente marcó. El teléfono sonó varias veces hasta que se fue al buzón de voz. Daniel esperó mirando las luces intermitentes del carro de adelante. Sin pensarlo mucho volvió a marcar de inmediato. Otra vez a buzón. Sintió un vacío caliente en el estómago. Tamborileó los dedos sobre el volante mientras la fila avanzaba doscientos metros más. Se desesperó y volvió a marcar. A buzón de voz. Se hizo a la orilla para que pasara la ambulancia. Dejó pasar cinco minutos y se decidió a marcar de nuevo. Estaba decidido a no escuchar el mensaje que mandaba al buzón. Marcó, esperó a que repicara varias veces y esta vez colgó antes de que entrara la llamada al buzón.

 Daniel se quedó quieto mirando el celular entre sus manos, la lluvia deslizándose lentamente por el parabrisas y las luces rojas de la fila interminable de carros delante de él. Sintió el zumbido de una motocicleta pasar muy cerca y luego otra vez el silencio espeso del trancón detenido en la montaña. 

 Treinta segundos después, entró una llamada. Miró la pantalla ilusionado, creyendo por un instante que era Milena devolviéndole la llamada. Pero no, era su propio número llamándolo. La fotografía del contacto que aparecía en la pantalla no era la suya: sino una de Milena dormida en el asiento del copiloto de ese mismo carro.

 


martes, 28 de abril de 2026

Secretos

Nunca hubo secretos entre ellos. Eso decían. Era cierto, pero incompleto. Se conocían desde antes de entender lo que significaba conocerse. Él le enseñó a trepar árboles y a mentir sin tartamudear; ella le enseñó a guardar silencios y a no llorar en público. En el barrio decían que eran hermanos sin sangre y cómplices sin delitos. 


Elisa siempre fue observadora, explosiva y con una memoria quirúrgica; ua mujer que no necesitaba mucho para entenderlo todo. Tomás desde chico decidió ser un hombre de palabras medidas, para contrastar con su presencia fuerte. Hoy él es un influyente abogado, respetado y peligrosamente opaco; ella es una artista plástica con proyección internacional, pero con un extraño apego al barrio de la infancia. 


Con apenas 12 años de edad, él robó su primer dinero. No por necesidad sino por curiosidad. Ella lo supo antes que nadie y no lo delató. Tampoco lo hizo en las siguientes ocasiones cuando el hurto calificado se le convirtió a él en una forma de conseguir dinero para todo. A los quince, ella escribió unas cartas que nunca envió, con secretos de los vecinos que fue acopiando gracias a la confianza que despertaba por su manera de ser. Eran cartas tan peligrosas que podían romper hogares. Él las leyó todas; tampoco dijo nada.


Crecieron sin darse cuenta y cada uno tomó su camino, pero se siguieron viendo. El pacto tácito entre ellos parecía simple: se contaban todo, pero no contaban nada. El paso del tiempo, la ida de Tomás a vivir en un barrio de mayor estrato y sus caminos profesionales diferentes, en lugar de alejarlos, fueron asuntos que los mantuvieron cerca. Tenían una amistad fuerte armada con múltiples secretos. 


Hace poco, una de esas lluviosas noches de abril, mientras se tomaban un café y se actualizaban en chismes como siempre, discutieron como nunca. No hubo gritos ni tonos altos, pero sí diferencias fuertes. Hablaban del futuro y de lo que podrían significar sus secretos en sus proyectos de vida. Solo hubo una pausa larga, de esas que no estaban en el guion de su amistad verdadera. 


"¿Te acuerdas de todo?" preguntó ella, con cierta ironía. 
"Absolutamente de todo", contestó él confiado y con una sonrisa burlona. 
"¡Ahh, de todo!" reafirmó ella. También sonrió, pero no como siempre. Dicho esto tomó su bolso y salió del café, entre furiosa y desilusionada. 


Dos semanas después, empezaron a aparecer cosas. Primero, un rumor pequeño en el barrio, casi infantil. Luego, un dato preciso, incómodo. Después, una verdad completa, innegable. Los secretos de Tomás empezaron a salir. En las redes sociales se volvió tendencia. En la ciudad todos lo empezaron a mirar con recelo. La reputación se le fue al piso.  


Sin ningún esfuerzo, Tomás supo de inmediato que había sido ella. No por las pruebas, sino por el estilo. Nadie más conocía el orden correcto de sus errores. No quiso llamarla. Tampoco fue a buscarla. Solo esperó. Sabía que no había sido un descuido ni una imprudencia, sino una decisión.


Pasaron cuatro meses y finalmente se encontraron, por petición de él. Se sentaron en la misma mesa del mismo café. Frente a frente, como tantas veces. La cordialidad fue la misma. Como si no hubiera pasado nada. Hablaron del barrio, del nuevo proyecto artístico de Elisa y de la nueva vida de Tomás. No hubo un solo reproche. Después de tres cafés, él cambió de tema: 


"Podías haberme destruido totalmente", dijo, sin rencor.
Ella lo miró con una calma que daba miedo. "Podía", afirmó.  
Después de un silencio incómodo, él preguntó: "¿Por qué?"
Ella dudó apenas un segundo, como si eligiera entre varias verdades posibles.
"Porque tú ibas a hacerlo primero".
"Nunca", respondió él, frunciendo el ceño. 
Ella asintió, con ternura. "Era eso lo que más me asustaba", afirmó. 


Tomás entendió que no lo había traicionado por lo que él hizo, ni por lo que sabía, sino por lo que era capaz de no hacer. Y fue ahí donde se dio cuenta, por primera vez en su vida, de que ella también había guardado un secreto, uno solo, que nunca le contó.


sábado, 4 de abril de 2026

Hombre invisible

Gabriel empezó a llegar temprano a la oficina cuando cumplió los 60 años de edad. No porque hubiera más trabajo, sino porque necesitaba tiempo. En su trabajo todo parecía desvanecerse en una tibia inercia, pero en su vida le urgía sentarse frente al escritorio de madera astillada, para abrir el cajón inferior y revisar, como quien palpa una herida, los restos de su vida. 

El primer objeto era siempre el mismo: una fotografía doblada en cuatro partes. Su esposa sonreía en ella con una expresión que ya no le pertenecía. La había tomado en una playa donde el viento levantaba la arena como si quisiera borrar las huellas de todos. Gabriel recordaba ese día no por la felicidad, sino por la frase seca e irremediable que ella le dijo frente al mar: 

“No puedo más. Eres un hombre disperso, elevado y pobre de espíritu”. 

No hubo gritos. No hubo llanto. Solo esa sentencia. Él, que siempre creyó que la constancia era una virtud, no supo defenderse. Su amor se había vuelto una rutina: el café servido a la misma hora, la puerta abierta al regreso, el silencio compartido como si fuera un idioma. Ella se fue un viernes hace ya 20 años sin llevarse la foto. 

El segundo objeto era un dibujo infantil, torcido, lleno de colores y trazos desordenados. Sus hijos lo habían hecho cuando aún creían que él era una figura central en su mundo. Gabriel intentaba recordar el momento exacto en que dejaron de llamarlo papá y empezaron a pronunciar su nombre como si fuera un trámite. La memoria no le dio para tanto. Solo le alcanzó para recordar una frase de su hijo mayor el día que se fue a hacer su vida:

“Siempre es lo mismo contigo. No sabes dónde estás parado. Nunca pasa nada”.

La frase lo desconcertó más que el abandono de ambos hijos. ¿Qué significaba que “pasara algo”? Había trabajado 30 años sin faltar un solo día a la oficina. Había pagado cuentas, había evitado deudas, había sostenido una casa que, al parecer, no sostenía a nadie. Sus hijos se evaporaron, diluidos por la rutina de su padre. 

El tercer elemento no estaba en el cajón. Era un recuerdo vivo, incómodo y persistente: Clara, la mujer que llegó a su vida sin estruendo. Al principio solo compartían silencios que no pesaban. Fue primero su compañera de trabajo, después su vecina en el edificio de enfrente, más adelante su cómplice en las pausas del almuerzo y finalmente su amante. Fueron años discretos. Paseos breves, encuentros medidos, una complicidad que no necesitaba nombre. Clara nunca le pidió nada y él nunca ofreció más que su presencia constante. Hace dos semanas, sentados en el cafetín de la oficina, mirándolo con una mezcla de ironía y ternura, le soltó una frase directa: 

“Tú no eres un tipo aburrido; solo eres invisible”. 

Gabriel no supo si agradecer o defenderse. Desde ese día empezó a notar la manera en que sus risas parecían abrir pequeñas grietas en el tiempo. La transición fue inevitable. Una tarde cualquiera, mientras la lluvia golpeaba los ventanales de la oficina, Clara apoyó su mano sobre la de él. No hubo discurso, tampoco excusas y mucho menos explicaciones. Desde ese día, Clara no apareció nunca más en la oficina y desapareció de la vida de Gabriel. No contestó llamadas. No abrió la puerta de su apartamento. El portero dijo no haberla visto entrar en una semana. Gabriel sintió, por primera vez en muchos años, un vacío distinto al de la costumbre: un vacío que no era rutina sino ausencia. 

Esta mañana, cuando ya había empezado a asumir que también Clara se había evaporado, como su esposa y como sus hijos, alguien llegó a la oficina casi tan temprano como Gabriel. Abrió y era ella, pero no era la misma. Tenía el cabello recogido con una severidad desconocida, y en sus ojos no había rastro de la complicidad que él había habitado durante años. 

“Hola, Gabriel”, dijo con una voz perfectamente neutra. “Necesito que firmes esto”. Le extendió un sobre grueso que él lo tomó sin entender.

“¿Qué es?”

Ella lo miró con una paciencia que le resultó ajena. “Mi pensión”, respondió. “Trabajé aquí desde hace 22 años. Tú eres el jefe de área. Necesito tu firma para cerrar el proceso”. Gabriel sintió un dolor extraño en su cabeza y la sensación de que algo se deslizaba fuera de lugar.

“Clara. ¿qué estás diciendo?” refunfuñó él. Ella frunció ligeramente el ceño, como si él estuviera haciendo una broma de mal gusto. 

“¿Clara?” repitió y lo miró con rabia. “Mi nombre es Patricia”. 

Hubo un silencio distinto a todos los anteriores. Gabriel bajó la mirada hacia el sobre. Sus manos temblaban. Patricia suspiró con discreción y atinó a decir: 

“Mire, don Gabriel: no tengo tiempo para chistes flojos. Necesito agilizar esto".

Gabriel levantó la vista y por primera vez en su vida, aceptó que su esposa tenía la razón. Firmó. Le entregó el sobre y cerró la puerta cuando ella salió. Desde ese momento, no volvió a recordar nada.


martes, 3 de marzo de 2026

Tres días

Cuando sonó el teléfono, Andrea dormía profundamente. Las cervezas y las pepas habían sido demasiadas la noche anterior, y tirada en la cama se sentía como si estuviese muerta. Se encontraba en un sueño profundo y confuso, sentía que la cabeza la tenía inflamada y el guayabo cervecero no le permitía comprender absolutamente nada de lo que estaba pasando en ese momento. 

Con la cuarta llamada consecutiva abrió los ojos y trató de ubicarse en el tiempo y el espacio. Miró el reloj. Las 5:50. "¿De la la mañana o de la tarde?", se preguntó. Tampoco pudo recordar qué día de la semana era. "Tal vez es domingo, porque yo me enrumbo los sábados", dijo para sí tratando de convencerse. Mientras el teléfeono volvía a sonar, miró hacia la ventana y echó una ojeada al exterior.

—Estoy en mi apartamento — se dijo y se sintió tranquila.

Vio el sol ocultarse en las montañas del occidente. Dedujo que debían de ser las 5:50 de la tarde. El ruido de buses, camiones y motos que subían y bajaban por la loma donde vivía fue la señal definitiva: no era domingo. Para ella, debía de ser un día de semana cualquiera. Mientras intentaba reconstruir lo ocurrido la noche anterior, el teléfono volvió a sonar. Nuevamente era Daniel.

—¿Estás bien? — preguntó él, sin saludar, visiblemente preocupado.

—¿Qué día de la semana es hoy? — respondió ella.

—Es miércoles, ¡por Dios! Te perdiste desde el domingo.

—¿Son las cinco de la mañana o de la tarde?

—¡Andrea! Mira que eres bien rara. Son las 5:53 de la tarde del miércoles. Llevo tres días buscándote. Te perdiste desde el domingo. Esta vez te pasaste demasiado. ¿Seguro que estás bien?

—5:53 de la tarde y es miércoles… —pensó Andrea—. Lo suponía. Ahora lo entendía todo.

—¿No me vas a decir nada? — preguntó Daniel, en tono de recriminación.

—Me tiré a la cama a leer y me quedé dormida — dijo ella entre risas, sin la menor intención de disculparse.

—¿Desde el domingo? No te creo — respondió él, furioso.

—¿Miércoles? — pensó ella —. Menos mal los miércoles no trabajo. Su mente comenzó a activarse.

—¡Hoy estoy libre! ¿Tú dónde estás?, preguntó Andrea. 

—En mi casa, después de buscarte como loco por todos lados —indicó Daniel.

—Perfecto. En un rato te llego allá —dijo ella. Y colgó de inmediato.

El sábado en la tarde, Andrea tocó tres veces el timbre de la casa de Daniel. Nadie le abrió. 

  


martes, 17 de febrero de 2026

Borrachera

Isabel y Vicente entraron al bar y en quince minutos se tomaron media botella de aguardiente. Él no quería hablar y ella necesitaba verlo. Ambos tenían una extraña sed de licor. Isabel le rogó que fuera y Vicente se encontró con ella en el callejón sin ganas de nada. Los dos creían que tenían mucho de qué conversar, pero lo único diciente entre ambos fueron las miradas de sorpresa de ella y las de rabia de él. Sentados, uno frente al otro, evitando mirarse de frente, parecían más un matrimonio tedioso que dos personas maduras con una relación intensa y estable hacía más de tres años. Bebieron a una gran velocidad. 

El local se llenó antes de lo habitual. Isabel trató de romper lo que para ella era el momento más tenso que habían tenido en todo el tiempo que llevaban juntos proponiendo salir a caminar un rato. Vicente se bebió los últimos dos tragos que quedaban en la botella como si fueran agua, pidió la cuenta y sacó su tarjeta para pagarla; pero Isabel no lo dejó, con el argumento de que era ella la que había invitado esa noche. 

Afuera hacía frío. Vicente se puso sobre los hombros la chaqueta café que ella le regaló en su último cumpleaños, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y caminó un largo trayecto al lado de Isabel, sin hablar absolutamente nada. Anduvieron sin rumbo por las calles estrechas del centro histórico de la ciudad, pasaron por el muelle y se dirigieron al popular barrio López. Habían caminado casi una hora y el silencio era total. 

Cuando vieron la iglesia de San Sebastián al frente, Vicente no pudo más rompió su silencio.  

-“¿No vas contarme nada, verdad?”

Isabel miró al piso, caminó un poco más rápido y pasó al frente. Respondió sin mirarlo y dirigiendo la voz hacia la puerta principal de la iglesia. 

- “No se cuenta lo que ya se sabe”. Lo dijo en voz baja pero perceptible.

Una hora después habían regresado por el mismo camino recorrido hasta la puerta del bar. Isabela se detuvo, miró a Vicente a los ojos y, sin querer, se le salieron dos lágrimas.

- "Ni una palabra en toda la noche, justo el día que más necesario era hablar", dijo Vicente, mientras se quitaba la chaqueta y se disponía a entrar. 

- "Hay palabras que pueden matar, inclusive las que no se dicen", respondió Isabela. 

Esa noche en el Bar se embriagaron tanto que al día siguiente no recordaron nada. 




lunes, 9 de febrero de 2026

Vodka

Santiago trabajaba en la licorera. Al lado había una tienda de mascotas en la que vendían todo tipo de alimentos y juguetes para perros y gatos. No había nada que Santiago no conociera, pues desde que tenía uso de razón había vivido acompañado por algún animal; Vodka, a la que aún le guardaba luto, había sido el último de ellos. En la acera del frente, un habitante de calle, sentado en cuclillas, inmóvil, comía las sobras recuperadas de la caneca de la basura del restaurante ubicado en la mitad de la cuadra. Y a su lado, estaba el casino en el que unos 15 personas mataban el tiempo jugándose el dinero de la quincena con cara de angustia y de frustración. 

Eran las 6:30 de la tarde. La tarde se rendía, el cielo bajaba la voz y la noche empezaba a entrar para quedarse. Una chica, de unos 16 años, con una minifalda muy corta, un vapeador, una mirada felina y unos audífonos tipo casco, se acercó para pedir una botella de ron. Santiago, tratando de mirarla a los ojos y no a las piernas, le dijo que podía vendérsela si tenía un documento que demostrara su mayoría de edad.  La chica dio media vuelta, y sin decir nada, salió de la licorera meneando el cuerpo a manera de baile provocador al ritmo de algún tema musical que llevaba en sus audífonos. Giró la cabeza y miró coquetamente a Santiago, antes de salir despacio para cruzar la calle. 

Santiago dudó un momento. Quiso salir de inmediato para mirar qué camino tomaba la chica de la minifalda. Se demoró unos segundos mientras cogía su teléfono celular y salir a la puerta. Vio al habitante de calle al frente, a dos señoras que salían de casino con cara de perdedoras y a la dependiente de la tienda de mascotas, bajando la reja para cerrar con candado. Miró a los dos lados de la calle, repasó la acera del frente y no vio ningún rastro de la chica. Intrigado, le preguntó a la mujer de la tienda de mascotas: 

- "Disculpa. ¿Viste qué camino tomó la chica de la minifalda corta, el vapeador y los cascos, que acaba de salir de la licorera?".

- "¿Cuál chica?", preguntó extrañada la señora de la tienda de mascotas.

- "La que acaba de salir de acá. Hace unos 20 segundos nada más".

- "¡No Santiago, la única que salió de ahí hace un momentico fue una gata callejera que se amañó en la cuadra porque yo le di comida. Se subió al techo. Ahí debe estar!"   


lunes, 2 de febrero de 2026

Entre sueños

Adriana estaba sumergida desde el final de la tarde en la lectura de una novela de Kawabata y William luchaba contra el sueño que lo tenía dominado. El apartamento estaba silencioso y el único ruido eventual era el paso de algún avión en búsqueda de destino. William, en la cama, cerró los ojos y de inmediato aparecieron sus sueños reiterativos: casas vacías, mesas largas con una sola silla y fiestas donde nadie lo esperaba. 

Adriana, en el sofá, terminó el penúltimo capítulo, limpió sus gafas, levantó la mirada y se percató del sueño profundo en el que estaba su pareja. Jamás se hubiera imaginado la pesadilla en la que estaba. Soñó con eucaliptos y guayacanes amarillos alineados a la orilla de una carretera, golpeados fuertemente por el viento. Al final del camino estaba Adriana esperándolo, pero el viento no le permitía avanzar hacia ella. 

A las 2:00 de la mañana William se despertó abruptamente con la sensación de que seguía soñando. El apartamento estaba iluminado por los rayos de una intensa luna llena que se metían por la ventana. Adriana estaba sentada en la cama, con el libro sobre las piernas, con la combinación de rabia y tristeza que siempre le generaban los textos del escritor japonés. Vio despertarse a William y lo miró por encima de las gafas. Él se sintió inspeccionado. 

William se sintió sediento, pero optó por permanecer inmóvil. Lo incomodaba la fría mirada de Adriana. Notó que tenía el mismo vestido ligero color naranja, los labios  pintados con un labial color tierra y el cabello suelto, como en su sueño. Tragó saliva para calmar la sed. La miró, quiso hablarle, pero prefirió el silencio. Sintió un escalofrío raro al verla petrificada con su mirada clavada en él, en completo silencio. Los sorprendió escuchar un sonido de una fiesta en algún lugar cercano, y ver el apartamento vacío con una sola silla en la mesa. 

En un acto reflejo y brusco, William trató de ponerse en pie para ir hasta el sofá y hablar con Adriana, pero no pudo moverse. El fuerte viento que en ese momento comenzó a soplar por la ventana del apartamento se lo impidió.  








domingo, 25 de enero de 2026

Conversaciones a pie

 Se encontraron por casualidad en el Metro. Claudia, de regreso del gimnasio, y Jorge, yendo para la librería a buscar un texto que quería regalarle a Cristina. Hacía cinco meses que no hablaban y realmente no tenían nada especial qué decirse, pero después del saludo y algunas palabras cortas, ella tomó la iniciativa y le propuso bajarse en la siguiente estación para "caminar un rato". 

Aunque Jorge se vio sorprendido con la propuesta no encontró una razón de peso para negarse y no quería pasar por grosero o desinteresado, así lo estuviera. Su única preocupación fue tener algún tema de conversación agradable, pues los encuentros anteriores entre ellos no habían fluido mucho ni habían tenido buen final. 

 Salieron de la estación por el boulevard de la calle 21. Claudia caminó decidida, en dirección a la carrera 12. Jorge se resignó a seguir su paso y peleando con su timidez y su tartamudeo le preguntó por el gimnasio, por su hermana menor, por su ausencia este semestre en la universidad, le habló de política y de fútbol y tras agotar los temas generales que se le ocurrieron y en los que no tuvo mayores respuesta, al final, guardó silencio.  Siguió resignado al lado de ella mirándole el largo cabello negro y su cuerpo bien delineado.

En algunos tramos, ella volvía su cabeza hacia él, le hacía preguntas sobre su vida personal: su relación con Cristina, la discusión la última vez que vieron, la atención que él le prestaba en las clases que vieron juntos en los primeros semestres, el día que fueron al karaoke y la noche de la rumba en las afueras de la U. No hubo respuestas concretas ni explicaciones adecuadas. Solo recibió evasivas e ideas entrecortadas, mientras ella lo miraba, al principio con inquietud y al final con rabia. 

Al llegar al cruce de la carrera 11, Claudia se detuvo en seco, le cogió las manos, lo miró a los ojos, le dio un beso en la boca y le susurró al oído: “es una tarde perfecta para pasear por el boulevard. Ve por Cristina. Debe estar, como siempre a esta hora, en el café del frente, con el profesor de historia del arte. Si caminamos los 4 juntos tal vez terminemos hablando del barroco, del renacimiento… o de las vanguardias". 


domingo, 18 de enero de 2026

La niña bonita

 - “Vea pues, otra vez frente al mar”, murmuró Daniel mientras se acomodaba en la silla, bajo la carpa, con un libro en las piernas y una lata de cerveza en la mesita. De fondo, se escuchaban las notas de “niña bonita” del Binomio de Oro, un vallenato que le evocó sus años juveniles en los 80s, que le hizo recordar sin saber por qué a la Jennifer de los “dos miles” y que le generó algunas emociones extrañas. “¿A quién no le gusta tu sonrisa, de niña bonita, de mujer bonita?”. El sonido llegaba de otra carpa azul, a unos 100 metros de donde él se encontraba.

Se puso de pie, permaneció inmóvil por unos segundos, se sintió algo mareado, se encorvó un poco y decidió caminar lentamente hasta la orilla del mar mientras tarareaba “Cuánto yo quisiera / Tenerte a mi lado / Dame una esperanza / Que me he enamorado”.

Frente a él estaba el Mar Caribe en todo su esplendor. El campo visual llegaba hasta un barco que parecía un conector de la superficie de agua con el firmamento. Pensó en la infinidad. Se puso nostálgico. Recordó a todas las personas cercanas que habían fallecido y también a las que alguna vez lo habían abandonado. Exploró los sentimientos cruzados que le generaba aquella canción que ya había llegado a su final. Se sentó y lloró con la imagen de Jennifer en mente.

Sintió el viento en la piel, observó a dos niños que construían un castillo de arena, vio pasar a los vendedores de dulces, de flotadores y de ceviches. Luego fijó la mirada en la cresta de las olas que venían hacia él. Se pasó un rato largo detallando sus formas y sus secuencias repetidas cuando se le acercaban, distribuidas irregularmente en el espacio y en el tiempo.

Miró a su alrededor. Para todas aquellas personas que estaban en la playa, todavía era diciembre. Para Daniel solo era un mes más sin Jennifer, la mujer que ni murió ni lo abandonó. “Con ella no habrá secuencia, nada se repetirá”, pensó. Lo remordió recordar que la había dejado ir mucho antes de encontrarle sentido a la historia de aquella canción.

sábado, 10 de enero de 2026

Pesadilla

La última lágrima rodó por su mejilla justo cuando el arcoíris se posaba sobre la montaña. El aguacero afuera había sido tan fuerte que cada gota parecía una cascada cayendo del cielo. Por dentro, fue peor, había sido torrencial y largo. 

Rafael lloró sin consuelo toda la tarde y en la noche durmió tanto que perdió la noción del tiempo. Habían pasado casi tres días, pero él creía que había sido solo uno. Su sueño había sido profundo y demasiado confuso: se mezclaron monstruos que lo perseguían, el abandono de su padre cuando tenía 12 años, un café donde Charly que le supo muy amargo, precipicios que lo asustaban, una ansiedad por comer en abundancia en la hamburguesería cercana a su casa y una imagen difusa de Elizabeth tomando un avión. 

Lo despertó la vigesimoctava llamada consecutiva de Eliza, pero él no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, a excepción de su convicción errónea de que afuera se vivía una mañana dominical. La llamada se fue a buzón. Trató de ubicarse. Para él, era domingo, había tenido un sueño muy raro y recordó que el largo llanto de toda la tarde había sido porque descubrió el engaño de Elizabeth. Miró por la ventana y vio que estaba lloviendo. 

Una vez más sonó el teléfono, pero esta vez era el número fijo de su apartamento. Le pareció extraño porque a ese número solo lo llamaban de los bancos, pero era domingo. Puso el altavoz y espero casi 10 segundos a que alguien hablara.    

- "¿Aló, Rafa?, escuchó en el auricular. Era ella. "¿Qué pasó contigo por Dios? ¿Estás enfadado?, aunque no sabría concretamente cuáles son las razones. ¿Te pasa algo que no quieras contarme? Tengo claro que algo anda mal, pero por favor, dime qué pasa", dijo con voz temblorosa. "Desapareciste del mundo sin decir siquiera a dónde ibas. La verdad, todos quedamos alarmados. En tu oficina te están esperando impacientes. Hasta te llamé anoche al pueblo y obviamente tu mamá se quedó muy extrañada", continuó. 

Elizabeth hizo una pausa, pero no hubo ninguna palabra de Rafael.  .  

- "¿No quieres escucharme, cierto? No sé qué hice, no entiendo por qué estás así. Solo estoy muy preocupada por la forma en que te fuiste y porque desapareciste extrañamente. Te hemos buscado por todos lados. Hasta íbamos a ir hoy a forzar la puerta de tu apartamento. Si hay malo que yo haya hecho puedo explicarlo. Siempre me has dicho que todos cometemos errores, que a veces ni cuenta nos damos, pero que hay muchas cosas en la vida que no pueden interpretarse sin contexto. Dame al menos un chance de que hablemos. ¿Te parece si no vemos?

Al otro lado de la línea solo continuó el silencio.

- "Sé que estás ahí, y que si no me cuelgas es porque hay algo en el fondo de ti que me cree. Solo respóndeme si quieres escucharme. Te quito solo unos minutos, lo prometo", siguió ella con una voz más segura y casi imponente.

 La nueva pausa intencionada tampoco tuvo interlocutor. 

 - "Te propongo lo siguiente: nos vemos en una hora en El Café de Charly. En la misma mesa de siempre. Solo serán uno minutos, me escuchas y te vas. ¿De acuerdo?, ¿te parece?, ¿Rafa? ¿me oyes? Ninguna de las cuatro preguntas tuvo respuesta. "Está bien. Yo igual voy para el café. En una hora estaré allá esperándote. Si no vas, no te buscaré más. Solo quiero saber qué pasa y sobre todo, saber cómo estás. ¿de acuerdo?".  

 Después de otro largo silencio. Rafael colgó el teléfono. Se sentó en la cama y caviló un rato. "¡Qué tonta!", pensó. "El Café de Charly no lo abren los domingos. Y además ya no me gusta, lo preparan muy amargo", dijo para sí, mientras apagaba el celular y desconectaba el teléfono fijo para volverse a dormir y meterse en su pesadilla.