A las
6:20 de la tarde, cuando el tráfico comenzaba a atascar la avenida El Poblado,
Andrés ya llevaba diez horas manejando el bus.
Tenía
29 años, los hombros anchos, la barriga creciendo más rápido que el sueldo y
unas ojeras permanentes que parecían dibujadas a lápiz.
Desde
hacía tres años criaba solo a sus dos hijas. La mamá se había ido con un
comerciante del barrio que siempre aparecía estrenando camioneta y del que
nadie sabía exactamente a qué se dedicaba. Andrés procuraba no pensar mucho en
eso mientras conducía.
En
el paradero del Centro Comercial San Diego se subieron dos mujeres jóvenes.
Venían riéndose de algo que solo ellas entendían. Pagaron el pasaje y una de
ellas le dijo:
—Buenas
buenas, señor conductor.
Andrés
respondió con un movimiento de cabeza. La segunda chica sonrió mientras
entregaba el dinero del pasaje.
—¡Uy,
tan serio!, dijo.
Las
dos pasaron el torniquete y se fueron hasta la banca de atrás. Un par de
cuadras después, salieron del fondo y volvieron a acercarse al conductor.
—¿Siempre
maneja esta ruta?, preguntó una de ellas.
—Sí.
—¿Y
siempre es tan aburrido?, preguntó la otra.
Andrés
sonrió levemente, mientras las mujeres regresaron a sus puestos entre murmullos
y risas.
En
el espejo retrovisor alcanzaba a verlas. De vez en cuando una le sostenía la
mirada más de lo necesario. La otra levantaba la mano para saludarlo cuando
descubría que las estaba observando.
Con
el paso de las cuadras, la situación empezó a incomodarlo. Andrés había
aprendido a convivir con eso. Lo incomodaba otra cosa: la manera de sonreír, la
forma de insistir, esa sensación de que alguien está jugando mientras otro se
toma las cosas en serio.
Cuando
llegó al semáforo de la Avenida La Playa, las dos volvieron a acercarse.
—¿Oiga,
usted nunca sale a tomarse algo?, preguntó la que siempre hablaba de
primera.
—La
verdad, no. Vivo muy ocupado, respondió Andrés.
—Debería,
afirmó la segunda.
—¿Sí?,
¿y con quién?
—Con
nosotras, por ejemplo.
Las
dos soltaron una carcajada. El semáforo cambió a verde y Andrés arrancó sin
responder.
Durante
unos segundos recordó la última conversación con la mamá de sus hijas. También
ella se había reído la última vez que hablaron. No de él, sino de la decisión
que ya había tomado.
Una
hora después llegaron al terminal. Las mujeres se levantaron para bajar. Antes
de salir, una le deslizó un papel doblado sobre el tablero.
—Por
si algún día te animas, dijo.
Andrés
esperó a que desaparecieran entre la gente. Luego abrió el papel. Había un
número de teléfono. Lo observó unos segundos. Después sacó de la billetera una
fotografía pequeña de sus hijas, desgastada en las esquinas. No necesitó
comparar nada.
Rompió
el papel en cuatro pedazos y dejó que el viento se los llevara. Algunas rutas,
pensó, ya sabía dónde terminaban.