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domingo, 7 de junio de 2026

Los clientes de la mesa 7

Susana trabajaba en un café del Parque Comercial El Tesoro. Tenía 23 años, estudiaba Ingeniería Industrial en las noches y llevaba dos semestres viviendo en una residencia universitaria del barrio Belén. Había llegado a Medellín desde su natal Manizales con dos maletas, una beca parcial y la promesa de no pedirles más dinero a sus padres.

Trabajaba todos los fines de semana y dos días entre semana. Le gustaba atender las mesas porque le divertía observar a las personas. Había aprendido que todo el mundo revela algo mientras espera un café: los nerviosos golpean la mesa con los dedos; los enamorados inclinan el cuerpo hacia adelante; quienes están a punto de terminar una relación evitan mirarse a los ojos; y los infieles casi siempre se sientan lejos de las ventanas.

Aquella tarde de jueves el centro comercial estaba lleno. Había feria. Afuera llovía y el olor a café recién molido competía con el perfume de las tiendas.

Estaba limpiando una mesa cuando vio entrar a un hombre de unos cincuenta años. Lo reconoció de inmediato. Se llamaba Julio. Sabía su nombre no porque él se lo hubiera dicho, sino porque llevaba casi un año yendo al café todos los martes a las cinco de la tarde con una mujer rubia, un poco menor que él. Siempre se sentaban en la mesa 2 y pedían lo mismo: capuchino con alfajores para ella y americano para él. Se quedaban allí casi una hora, cada uno absorto en su celular, y al final él pagaba con tarjeta y pedía facturación electrónica. Por eso Susana sabía cómo se llamaba. Era una pareja predecible y fácil de recordar.

En esta ocasión, Julio no llegó con la rubia. Vino acompañado por una mujer de cabello negro, de unos treinta años, y un vestido azul oscuro muy elegante. Susana también la reconoció. Era una mujer delgada, con aires de ejecutiva, que aparecía por el café algunos jueves al final de la tarde, siempre sola y siempre con un libro en la mano. Pedía un latte grande y permanecía dos horas leyendo junto a la ventana. Susana sabía que se llamaba Daniela por la misma razón que sabía el nombre de Julio.

Se sentaron en la mesa 7, la más alejada de la zona de mayor tránsito. Susana fue de inmediato a tomar el pedido y supo que ellos también la habían reconocido. Hubo un instante de incomodidad. Una pausa. Una especie de silencio que parecía demasiado grande para durar apenas dos segundos. Julio sonrió y Daniela bajó la mirada. Susana tomó la orden evitando mostrarse demasiado curiosa.

—Dos capuchinos con leche deslactosada —dijo él.

—Y una porción de cheesecake —agregó ella con una voz que tembló un poco.

Durante la siguiente hora intentó no mirarlos, pero era imposible. Hablaban poco, a veces se tomaban de la mano y durante largos ratos guardaban silencio. No parecían dos personas iniciando una historia, sino atrapadas dentro de una ya muy larga.

Cuando Susana llevó la segunda ronda de café notó que Daniela tenía los ojos húmedos y que Julio sostenía su mano sobre la mesa.

—No podemos seguir haciendo esto —lo escuchó decir ella.

Él no respondió. Miró primero hacia el interior del centro comercial. Después observó la lluvia a través de la ventana. No se atrevió a mirarla a los ojos.

Susana se alejó sintiéndose culpable por haber escuchado. Eran las siete de la noche en punto cuando él pidió la cuenta y pagó en efectivo. Daniela se levantó primero, llorando, y Julio salió unos minutos después, completamente descompuesto.

Susana limpió la mesa. Notó que los pocillos seguían tibios y que la porción de cheesecake había quedado a medio terminar. Se pasó el resto de la noche pensando en ellos: en la rubia que venía con Julio los martes y, al mismo tiempo, en la mujer del libro. Pensó que todas las vidas podían derrumbarse alrededor de una mesa de café.

Cuando recogió todo para cerrar, levantó la vista y vio que la mesa 7 seguía vacía. Nadie la había ocupado desde las siete de la noche. Entonces notó que sobre una de las sillas estaba olvidado el libro que Daniela llevaba aquella tarde. Lo abrió con la intención de buscar algún teléfono o algún nombre, pero no encontró ningún dato. Sin embargo, entre las páginas, a modo de separador, había una fotografía.

La miró y sonrió. No era una foto de Julio. Era una fotografía de ella misma, de Susana, tomada desde el segundo piso del café mientras atendía las mesas. La imagen tenía una fecha escrita al respaldo: 15 de agosto de 2027.

Impactada, cerró el libro de golpe y miró el calendario de su celular: 7 de junio de 2026. Cerró la caja, miró las mesas vacías y se dispuso a apagar las luces de todo el café. Sin embargo, notó algo extraño en el piso. Debajo del asiento donde había estado Daniela, reposaba una servilleta doblada. Fue por ella, la recogió y dudando la abrió. Había una frase escrita en lapicero rojo:

“Todavía tienes tiempo de devolverte a Manizales”.


miércoles, 9 de abril de 2025

Una noche anormal

Melissa se bebió tres vasos más de ron, uno por cada disco de salsa que escuchó. Siembra de Willie Colón y Rubén Blades, Azúcar Pa´Ti de Eddie Palmieri y Comedia de Héctor Lavoe. Pensó que Andrés llegaría como siempre, pero la hora de cierre se acercaba y nunca apareció. No le dio importancia a la infructuosa espera y nunca miró el reloj. Escuchaba cada disco, reflexionaba sobre sus letras y disfrutaba el efecto del alcohol. 

Ensimismada en sus pensamientos, repetía sin cesar el coro de esa última canción: "Sé que se titula / Sufrimiento terrenal / Y entre el bien y el mal / Seguirá el amor". Llevaba puesta una camiseta verde de manga corta que le regaló su amiga Sara en su último cumpleaños y la minifalda de jean que tanto le gustaba a Andrés.  

 "El ron como que le sienta bien a la salsa", le dijo Nico, el mesero que había estado atento a ella toda la noche, mientras le agregó la Canada Dry a un ron que ella no había pedido y que sería el último trago del servicio. Al lado del vaso le puso la cuenta. Melissa miró con amabilidad y respondió: "También a la soledad".   

Como era hora de cierre, Felipe, el encargado de la música, que más que un DJ era un coleccionista metódico de la mejor salsa, bajó el volumen del equipo. A manera de susurro, la banda sonora de aquel final de jornada fue con Roberto Roena cantando "Sentémonos a pensar / La vida ha de continuar / Fingiendo amor donde no hay / Y fingiendo una sinceridad".

- "Hoy no vino con su acompañante habitual", le dijo Nico mientras le recibía el dinero de la cuenta. 

- "No. Es que está fuera de la ciudad", respondió Melissa con una frase que sonó a excusa mientras esquivaba su mirada. "Bueno, la verdad es que hemos decidido de mutuo acuerdo dejar de vernos", agregó para seguir con su mentira. Y continuó, apurando el ron que le quedaba en el vaso y volviendo a mirar a Nicolás a los ojos: "La verdad, es que él era solo eso que tú dijiste, mi acompañante habitual. Nunca nada más". 

- "Con todo respeto, yo siempre pensé que la de ustedes era una relación no muy normal", se animó a decir Nico mientras recogía el vaso y la botella de Canada Dry para llevarlas al mostrador. Había asumido la respuesta anterior como la indirecta que había esperado muchas noches, como una pequeña puerta abierta por la que debía entrar. "Bueno, más que la relación, creo que el anormal era él", apuntó antes de irse con las cosas recogidas. "Termino esto, entrego cuentas y vuelvo en cinco minutos", se animó a anunciar.   

A pesar de su borrachera, Melissa entendió que Nicolás intentaba coquetaerle y que quería prolongar la noche. Desde la primera vez que la atendió en aquel bar se había mostrado especial cuando Andrés estaba descuidado. El problema era ella, que a pesar de la rabia por el desplante solo tenía corazón y cabeza para Andrés, el anormal. 

 Tomó el celular, pidió un Uber, cogió su bolso y se apresuró a salir tambaleándose un poco. Justo en la puerta del bar vio a Nicolás, con cara expectante y listo para salir. Tomó aire, lo miró con gesto adusto y le sentenció: "Finalmente creo que la anormal soy yo. Y es mejor que vuelvas donde tu jefe, porque hoy las cuentas a ti no te dan". Pasó por su lado y vio el Uber esperando en la puerta. 

Cuando abordó el vehículo sonaba en la radio una canción de Rubén Blades que Melissa empezó a acompañar: "Cuidado que ahí vienen los anormales... y con straitjacket... oigan mi gente..."


lunes, 8 de abril de 2019

Un amor muerto de hambre

Se encontraban siempre a la salida del trabajo. Andrés salía más temprano y la esperaba un rato mirando vitrinas y antojándose de cosas que nunca iba a comprar. Susana llegaba cada día unos minutos más tarde que a él se le volvieron poco a poco horas de tedio. Él insistía en invitarla a su apartamento a cenar algo ligero. Ella era rápida para evadir la invitación con excusas que eran poco creíbles. Así fueron pasando citas, idas a cine, tomadas de cerveza y encuentros eventuales con amigos de la oficina de ella y compañeros del barrio de Andrés. Siempre salieron acompañados. Era como un ritual. Ella nunca le aceptó la invitación a cenar. Poco a poco el amor de Andrés por Susana se murió de hambre.