martes, 7 de julio de 2026

El café

Joe conoció a Kay en un proyecto que terminó durando menos que las conversaciones entre ambos. Durante casi dos años hablaron por mensajes, llamadas breves, reuniones virtuales y encuentros casuales en los pasillos. 

 

Comentaban proyectos, intercambiaban ideas y terminaban conversando de música, de libros o de cualquier tema que no tenía nada que ver con las obligaciones laborales.

 

Cuando él estaba en la ciudad, acordaban verse para tomar un café. Siempre ocurría algo que lo impedía y aplazaban el encuentro para una nueva oportunidad.

 

Aquella tarde de agosto, Kay llegó primero. Tenía veintiséis años, una sonrisa tranquila y el cabello recogido de manera descuidada. Joe la reconoció de inmediato al entrar al café y verla sentada en la mesa con una evidente impaciencia. Conversaron durante casi una hora. Hablaron del trabajo, de los planes que nunca cumplían, de ciudades que querían conocer y de las personas que habían sido antes de conocerse.

 

Durante la conversación, Kay respondió dos veces preguntas que Joe no había alcanzado a formular. Joe sintió que la realidad estaba haciendo un esfuerzo por parecerse a lo que había imaginado durante dos años. Cuando terminaron el café, la tarde comenzaba a oscurecer. Se quedaron unos segundos más en la mesa de aquel café llamado Los Monjes. A Joe siempre le había parecido un nombre extraño para un lugar donde la gente iba a encontrarse.

 

—Me alegra haberte contado todo por fin —dijo Joe. Kay asintió.

 

Joe comprendió que algunas personas pasan tanto tiempo viviendo en la imaginación que cuando por fin aparecen en la realidad uno ya no sabe qué hacer con ellas. Se inclinó para besarla. Kay retrocedió apenas unos centímetros. No parecía molesta. Tampoco sorprendida. Solo triste.

 

—No hagas eso, Joe.

 

Hubo un silencio incómodo.

 

—Perdón —alcanzó a decir él.

—No tienes que pedir perdón. 

 

Ella le acomodó suavemente el cuello de la camisa, sonrió y se despidió.

 

Los años hicieron lo que saben hacer: seguir adelante. Ellos también. Continuaron en contacto, pero nunca volvieron a mencionar aquella tarde.

 

Joe cambió de trabajo, de apartamento y de ciudad. Tuvo otras relaciones. Aprendió a olvidar muchas cosas.

 

Una noche, ordenando archivos viejos en el computador, encontró una fotografía que tomó con su celular la tarde de la cita en el café. La abrió.

 

Joe se quedó observándola unos segundos. El nombre del café se veía en la parte alta de la imagen. Amplió la fotografía. Luego volvió a ampliarla. Revisó la fecha. Era la misma tarde. La silla frente a él estaba vacía. La taza de Kay también. Joe sonrió. Después de tantos años, la fotografía seguía sin responderle la misma pregunta.