Joe
conoció a Kay en un proyecto que terminó durando menos que las conversaciones
entre ambos. Durante casi dos años hablaron por mensajes, llamadas breves,
reuniones virtuales y encuentros casuales en los pasillos.
Comentaban
proyectos, intercambiaban ideas y terminaban conversando de música, de libros o
de cualquier tema que no tenía nada que ver con las obligaciones laborales.
Cuando
él estaba en la ciudad, acordaban verse para tomar un café. Siempre ocurría
algo que lo impedía y aplazaban el encuentro para una nueva oportunidad.
Aquella
tarde de agosto, Kay llegó primero. Tenía veintiséis años, una sonrisa
tranquila y el cabello recogido de manera descuidada. Joe la reconoció de
inmediato al entrar al café y verla sentada en la mesa con una evidente
impaciencia. Conversaron durante casi una hora. Hablaron del trabajo, de los
planes que nunca cumplían, de ciudades que querían conocer y de las personas
que habían sido antes de conocerse.
Durante
la conversación, Kay respondió dos veces preguntas que Joe no había alcanzado a
formular. Joe sintió que la realidad estaba haciendo un esfuerzo por parecerse
a lo que había imaginado durante dos años. Cuando terminaron el café, la tarde
comenzaba a oscurecer. Se quedaron unos segundos más en la mesa de aquel café
llamado Los Monjes. A Joe siempre le había parecido un nombre extraño para un
lugar donde la gente iba a encontrarse.
—Me
alegra haberte contado todo por fin —dijo Joe. Kay asintió.
Joe
comprendió que algunas personas pasan tanto tiempo viviendo en la imaginación
que cuando por fin aparecen en la realidad uno ya no sabe qué hacer con ellas.
Se inclinó para besarla. Kay retrocedió apenas unos centímetros. No parecía
molesta. Tampoco sorprendida. Solo triste.
—No
hagas eso, Joe.
Hubo
un silencio incómodo.
—Perdón
—alcanzó a decir él.
—No
tienes que pedir perdón.
Ella
le acomodó suavemente el cuello de la camisa, sonrió y se despidió.
Los
años hicieron lo que saben hacer: seguir adelante. Ellos también. Continuaron
en contacto, pero nunca volvieron a mencionar aquella tarde.
Joe
cambió de trabajo, de apartamento y de ciudad. Tuvo otras relaciones. Aprendió
a olvidar muchas cosas.
Una
noche, ordenando archivos viejos en el computador, encontró una fotografía que
tomó con su celular la tarde de la cita en el café. La abrió.
Joe
se quedó observándola unos segundos. El nombre del café se veía en la parte
alta de la imagen. Amplió la fotografía. Luego volvió a ampliarla. Revisó la
fecha. Era la misma tarde. La silla frente a él estaba vacía. La taza de Kay
también. Joe sonrió. Después de tantos años, la fotografía seguía sin
responderle la misma pregunta.
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