lunes, 29 de junio de 2026

Las del fondo

A las 6:20 de la tarde, cuando el tráfico comenzaba a atascar la avenida El Poblado, Andrés ya llevaba diez horas manejando el bus.

Tenía 29 años, los hombros anchos, la barriga creciendo más rápido que el sueldo y unas ojeras permanentes que parecían dibujadas a lápiz. 

Desde hacía tres años criaba solo a sus dos hijas. La mamá se había ido con un comerciante del barrio que siempre aparecía estrenando camioneta y del que nadie sabía exactamente a qué se dedicaba. Andrés procuraba no pensar mucho en eso mientras conducía.

En el paradero del Centro Comercial San Diego se subieron dos mujeres jóvenes. Venían riéndose de algo que solo ellas entendían. Pagaron el pasaje y una de ellas le dijo:

—Buenas buenas, señor conductor.

Andrés respondió con un movimiento de cabeza. La segunda chica sonrió mientras entregaba el dinero del pasaje.

—¡Uy, tan serio!, dijo.

Las dos pasaron el torniquete y se fueron hasta la banca de atrás. Un par de cuadras después, salieron del fondo y volvieron a acercarse al conductor.

—¿Siempre maneja esta ruta?, preguntó una de ellas.

—Sí.

—¿Y siempre es tan aburrido?, preguntó la otra.

Andrés sonrió levemente, mientras las mujeres regresaron a sus puestos entre murmullos y risas.

En el espejo retrovisor alcanzaba a verlas. De vez en cuando una le sostenía la mirada más de lo necesario. La otra levantaba la mano para saludarlo cuando descubría que las estaba observando. 

Con el paso de las cuadras, la situación empezó a incomodarlo. Andrés había aprendido a convivir con eso. Lo incomodaba otra cosa: la manera de sonreír, la forma de insistir, esa sensación de que alguien está jugando mientras otro se toma las cosas en serio.

Cuando llegó al semáforo de la Avenida La Playa, las dos volvieron a acercarse.

—¿Oiga, usted nunca sale a tomarse algo?, preguntó la que siempre hablaba de primera. 

—La verdad, no. Vivo muy ocupado, respondió Andrés.

—Debería, afirmó la segunda.

—¿Sí?, ¿y con quién?

—Con nosotras, por ejemplo.

Las dos soltaron una carcajada. El semáforo cambió a verde y Andrés arrancó sin responder.

Durante unos segundos recordó la última conversación con la mamá de sus hijas. También ella se había reído la última vez que hablaron. No de él, sino de la decisión que ya había tomado.

Una hora después llegaron al terminal. Las mujeres se levantaron para bajar. Antes de salir, una le deslizó un papel doblado sobre el tablero.

—Por si algún día te animas, dijo.

Andrés esperó a que desaparecieran entre la gente. Luego abrió el papel. Había un número de teléfono. Lo observó unos segundos. Después sacó de la billetera una fotografía pequeña de sus hijas, desgastada en las esquinas. No necesitó comparar nada.

Rompió el papel en cuatro pedazos y dejó que el viento se los llevara. Algunas rutas, pensó, ya sabía dónde terminaban.

 


domingo, 21 de junio de 2026

La llamada de las 11:55

A las 10:00 de la noche, cuando encendía el micrófono, Carolina tenía la sensación de estar abriendo un negocio que ya nadie visitaba. La emisora era una frecuencia AM que había sobrevivido a las modas, a las crisis económicas, al internet, a las plataformas digitales, a las redes sociales, a la indiferencia de los oyentes más jóvenes y la perdida de la costumbre de escuchar”.

La cabina parecía detenida en el tiempo. Las paredes estaban forradas con cartones en los que se empacan huevos, pegadas allí décadas atrás para mejorar la acústica. El aire acondicionado llevaba semanas dañado y apenas lanzaba una bocanada tibia que servía de poco contra el calor sofocante de aquellos días de mundial de fútbol. Al otro lado del vidrio estaba Ramiro, el operador de audio, un hombre que llevaba veinte años trabajando allí y que había perfeccionado el arte de parecer ocupado mientras hacía cualquier cosa menos prestar atención a los programas que se emitían.

Carolina tenía 42 años y una voz amable. Leía noticias, comentaba los resultados de los partidos, presentaba discos, hablaba con los oyentes, daba la hora cada quince minutos y contestaba los pocos mensajes que llegaban por la redes, y, cuando el director no estaba, se permitía regalar consejos sentimentales a los pocos insomnes que llamaban buscando compañía.

En la tarde, la Selección Colombia acababa de clasificar a los cuartos de final del Mundial. La ciudad estaba celebrando. Desde la ventana abierta del baño llegaban ecos de pólvora, motos y bocinas. Eran las 11:55 y sonó el teléfono. Carolina sonrió.


- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?”
- “Buenas noches Carolina, habla con Alfonso”.

La misma voz de siempre. Grave, pausada y educada. Llamaba todas las noches a la misma hora. Comentaba los partidos, pedía canciones viejas, corregía algún dato histórico y antes de colgar repetía siempre la misma frase: “Gracias por acompañarme otra noche y recuerden que quien entiende el momento de partir rara vez necesita explicarlo”. .

Al principio, Carolina pensó que se trataba de un jubilado solitario. Después, se imaginó que se trataba de algún loco taciturno. Pasados unos días, lo percibía como un oyente fiel y comenzó a esperarlo todas las noches. La llamada de Alfonso se había convertido en una especie de ritual en su programa y la frase de despedida, la señal ideal para mandar al corto bloque comercial sin tener que anunciarlo.   .

Aquella noche hablaron de fútbol. Alfonso recordó alineaciones antiguas de las selecciones Colombia con una precisión sorprendente. Mencionó jugadores olvidados, narró partidos completos como si hubiera estado en la tribuna y antes de su habitual frase de despedida puntualizó en un detalle:

- “Sabe por qué me gusta tanto el fútbol -Carolina”

- “¿Por qué?”
- “Porque los partidos terminan, pero las conversaciones sobre los partidos no”.
- “Ese es un buen punto, Alfonso”.
- “Mire, por ejemplo, hoy hizo exactamente el mismo calor que la noche en que escuché el partido entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de Chile 62”.
- “¿El 4-4 del Mundial del 62?”, preguntó Carolina.
- “Así es. Ese día yo estaba escuchando esta misma emisora”.
- “Eso fue hace más de 60 años, Alfonso”.
- “Lo sé”.

Durante las semanas siguientes, las llamadas de Alfonso no faltaron. Siempre a las 11:55. Alfonso hablaba de lugares desaparecidos, de teatros demolidos, de restaurantes que ya no existían y de periodistas muertos hacía décadas. Parecía conocer demasiado bien la historia de la ciudad. Una noche mencionó a Don Iván López, un locutor legendario de la emisora. El nombre le sonaba vagamente a Carolina, pero no lograba ubicarlo. Había fallecido hacía 35 años.

- “Alfonso, ¡qué lindo que usted haya recordado a don Iván! Según leo por acá, dejó un legado grande por su versatilidad y su cultura general”, mencionó Carolina cuando volvió al aire.
- “Yo trabajé con él”, dijo Alfonso cuando volvió al aire.

Carolina sintió un extraño escalofrío.

- “¿Usted trabajó aquí?
- “Pues, oficialmente no, pero pasaba mucho tiempo allá en la emisora. Era como mi segunda casa”.

La llamada se cortó justo en ese momento. Carolina lamentó el problema técnico y mandó al bloque comercial.
 
Al día siguiente, la locutora llegó temprano a la emisora a buscar al dueño, don Bernardo, un periodista de vieja escuela, que aparecía solo algunos días a revisar cuentas y a recordar mejores tiempos.  Después de un café y algunos comentarios sobre el contenido de su programa y las dificultades de la emisora, Carolina abordó el tema que la inquietaba:
 
- “¿Usted conoció hace algunos años a un oyente llamado Alfonso?

El hombre levantó la cabeza.

- “¿Alfonso?, ¿Alfonso Qué?
- “No sé el apellido. Usted sabe que yo solo le pregunto a los oyentes el nombre para no incomodar y ganar confianza. Hay un Alfonso que llama todas las noches; no sé si usted lo ha escuchado. Es una caja de música. Ayer al aire incluso habló de don Iván López”.

El dueño permaneció callado. Después sonrió y respondió. .

- “Sí, hace años había un Alfonso. Siempre llamaba. Conocía a todos los locutores. Era famoso aquí. Incluso Iván lo trajo varias veces como invitado especial a su programa.

- “¿Y qué pasó con él?

Don Bernardo guardó silencio.
 
- “Dejó de llamar”, dijo unos seegundo despues. 
- “¿Hace cuánto?”
- “Como 30 años o más”
- “¿Y nunca volvió?”
- “No podía”
- “Por qué?”
- “Porque murió”.
- “¿Está seguro?”
- “Claro, lo acompañamos al cementerio”.
 
Carolina soltó una risa nerviosa.

- “Entonces debe ser otro Alfonso”, dijo.
- “Puede ser”.
 
El viejo ya no sonreía y se entretuvo con unos recibos, mientras Carolina siguió camino a la cabina. 

La final del Mundial fue un domingo. La ciudad entera parecía despierta aquella noche. Carolina miró el reloj de la cabina. Eran las 11:55, la misma hora de siempre. Sonó el teléfono.

- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?
- “Buenas noches Carolina, con Alfonso”.
 
Carolina miró a Ramiro a través del vidrio. El operador levantó el pulgar sin apartar los ojos de su teléfono.
 
- “¿Vio la final del torneo, Alfonso?”
- “Claro que sí, pero no me gustó”.
- “¿Y eso por qué?”
- “Porque los mejores partidos siempre son los que uno recuerda por años. Este no será así”.

Hablaron de la final durante varios minutos. Del partido, de la radio del pasado, de las emisoras que desaparecían por aquellos días, de los oyentes que envejecían y de las voces que acompañaban madrugadas enteras sin conocer jamás a quienes escuchaban al otro lado. De un momento a otro, Alfonso guardó silencio unos segundos, pero continuó en la linea.

- “¿Sabe una cosa, Carolina?", dijo. 
- “¿Qué?
- “Ya puedo irme tranquilo”.

Carolina sintió algo extraño en la voz del hombre, una serenidad distinta.

- “¿Y por qué?
- “Porque encontré compañía”
 
La línea se quedó muda. La llamada había sido colgada. Carolina esperó unos segundos, presentó excusas por el impase técnico y siguió el programa. En el corte comercial fue a revisar el computador de la consola: no había registro de ningún número, de ninguna llamada, no estaba el programa grabado, no había nada. 

Entró después de la pausa, y para terminar el programa, dio la hora y presentó un play list de las últimas canciones dque tendría el programa. Apagó el micrófono y se quitó los audífonos. Ramiro seguía distraído mirando videos en el celular.

- “¿Ya te vas?”, le preguntó el operador cuando la vio salir. 
- “Sí, ya salgo”.
- "¿Por qué tan temprano?"
 - "Dejé rodando una playlist de cinco canciones, con eso terminamos hoy". 
- “Te vas triste porque hoy no llamó don Alfonso”.
- “¡Cómo que no llamó! ¿No lo escuchaste?"
- Noooo, Fonso no llamó, de eso estoy seguro. 
- ¿Fonso?, ¿acaso lo conoces?, ¿es amigo tuyo?”
- “Ese señor ha llamado todas las noches desde que yo trabajo aquí”.
- “¿Hace cuánto?”
- “hace Casi 21 años”
- “¿Y siempre llamó a las 11:55?”
- “Claro que sí, Carolina, siempre a la misma hora, menos hoy. Hoy no llamó”.

domingo, 7 de junio de 2026

Los clientes de la mesa 7

Susana trabajaba en un café del Parque Comercial El Tesoro. Tenía 23 años, estudiaba Ingeniería Industrial en las noches y llevaba dos semestres viviendo en una residencia universitaria del barrio Belén. Había llegado a Medellín desde su natal Manizales con dos maletas, una beca parcial y la promesa de no pedirles más dinero a sus padres.

Trabajaba todos los fines de semana y dos días entre semana. Le gustaba atender las mesas porque le divertía observar a las personas. Había aprendido que todo el mundo revela algo mientras espera un café: los nerviosos golpean la mesa con los dedos; los enamorados inclinan el cuerpo hacia adelante; quienes están a punto de terminar una relación evitan mirarse a los ojos; y los infieles casi siempre se sientan lejos de las ventanas.

Aquella tarde de jueves el centro comercial estaba lleno. Había feria. Afuera llovía y el olor a café recién molido competía con el perfume de las tiendas.

Estaba limpiando una mesa cuando vio entrar a un hombre de unos cincuenta años. Lo reconoció de inmediato. Se llamaba Julio. Sabía su nombre no porque él se lo hubiera dicho, sino porque llevaba casi un año yendo al café todos los martes a las cinco de la tarde con una mujer rubia, un poco menor que él. Siempre se sentaban en la mesa 2 y pedían lo mismo: capuchino con alfajores para ella y americano para él. Se quedaban allí casi una hora, cada uno absorto en su celular, y al final él pagaba con tarjeta y pedía facturación electrónica. Por eso Susana sabía cómo se llamaba. Era una pareja predecible y fácil de recordar.

En esta ocasión, Julio no llegó con la rubia. Vino acompañado por una mujer de cabello negro, de unos treinta años, y un vestido azul oscuro muy elegante. Susana también la reconoció. Era una mujer delgada, con aires de ejecutiva, que aparecía por el café algunos jueves al final de la tarde, siempre sola y siempre con un libro en la mano. Pedía un latte grande y permanecía dos horas leyendo junto a la ventana. Susana sabía que se llamaba Daniela por la misma razón que sabía el nombre de Julio.

Se sentaron en la mesa 7, la más alejada de la zona de mayor tránsito. Susana fue de inmediato a tomar el pedido y supo que ellos también la habían reconocido. Hubo un instante de incomodidad. Una pausa. Una especie de silencio que parecía demasiado grande para durar apenas dos segundos. Julio sonrió y Daniela bajó la mirada. Susana tomó la orden evitando mostrarse demasiado curiosa.

—Dos capuchinos con leche deslactosada —dijo él.

—Y una porción de cheesecake —agregó ella con una voz que tembló un poco.

Durante la siguiente hora intentó no mirarlos, pero era imposible. Hablaban poco, a veces se tomaban de la mano y durante largos ratos guardaban silencio. No parecían dos personas iniciando una historia, sino atrapadas dentro de una ya muy larga.

Cuando Susana llevó la segunda ronda de café notó que Daniela tenía los ojos húmedos y que Julio sostenía su mano sobre la mesa.

—No podemos seguir haciendo esto —lo escuchó decir ella.

Él no respondió. Miró primero hacia el interior del centro comercial. Después observó la lluvia a través de la ventana. No se atrevió a mirarla a los ojos.

Susana se alejó sintiéndose culpable por haber escuchado. Eran las siete de la noche en punto cuando él pidió la cuenta y pagó en efectivo. Daniela se levantó primero, llorando, y Julio salió unos minutos después, completamente descompuesto.

Susana limpió la mesa. Notó que los pocillos seguían tibios y que la porción de cheesecake había quedado a medio terminar. Se pasó el resto de la noche pensando en ellos: en la rubia que venía con Julio los martes y, al mismo tiempo, en la mujer del libro. Pensó que todas las vidas podían derrumbarse alrededor de una mesa de café.

Cuando recogió todo para cerrar, levantó la vista y vio que la mesa 7 seguía vacía. Nadie la había ocupado desde las siete de la noche. Entonces notó que sobre una de las sillas estaba olvidado el libro que Daniela llevaba aquella tarde. Lo abrió con la intención de buscar algún teléfono o algún nombre, pero no encontró ningún dato. Sin embargo, entre las páginas, a modo de separador, había una fotografía.

La miró y sonrió. No era una foto de Julio. Era una fotografía de ella misma, de Susana, tomada desde el segundo piso del café mientras atendía las mesas. La imagen tenía una fecha escrita al respaldo: 15 de agosto de 2027.

Impactada, cerró el libro de golpe y miró el calendario de su celular: 7 de junio de 2026. Cerró la caja, miró las mesas vacías y se dispuso a apagar las luces de todo el café. Sin embargo, notó algo extraño en el piso. Debajo del asiento donde había estado Daniela, reposaba una servilleta doblada. Fue por ella, la recogió y dudando la abrió. Había una frase escrita en lapicero rojo:

“Todavía tienes tiempo de devolverte a Manizales”.