miércoles, 30 de septiembre de 2026

La mesa vacía

Todas las tardes, a las cinco en punto, Julio llegaba a la biblioteca. Vivía en El Poblado, tenía 63 años, estaba recién jubilado y podía irse a leer en cualquier lugar de la ciudad. Tenía una biblioteca amplia en su apartamento, una terraza silenciosa y tiempo suficiente para no salir de casa si no quería.

Desde hacía tres años, cada tarde tomaba el Metro y atravesaba la ciudad de polo a polo para llegar hasta la biblioteca pública de Santo Domingo, construida en lo alto de una colina en el Nororiente de la ciudad. 

Iba allí porque le gustaba la vista. Desde las ventanas del segundo piso podía observar los techos que descendían por la montaña, las estrechas calles llenas de vehículos y, a lo lejos, las luces de toda la ciudad que comenzaban a encenderse cuando la tarde se acercaba a la noche.

Siempre ocupaba la misma mesa. Y siempre tomaba del estante el mismo libro:  “El orden del tiempo”, de Carlo Rovelli. Lo había terminado en sus primeras tres sentadas, pero seguía regresando a algunas páginas, subrayando frases y leyendo capítulos completos como si buscara una respuesta que todavía no encontraba.

“Todo lo que intentamos sujetar se disuelve”, subrayó.

Un miércoles cualquiera notó a la mujer. Estaba sentada tres mesas más allá. Tenía el cabello recogido, unos lentes de marco delgado y una pila de libros que parecían demasiado pesados para una sola persona: cálculo diferencial, álgebra lineal, ecuaciones diferenciales y física matemática.

Aquella tarde no levantó la vista una sola vez. los días siguientes tampoco.  Escribía, borraba, calculaba y volvía a empezar. Todos los días estaba allí.

Con el tiempo, Julio comenzó a notar ciertas simetrías. Ella llegaba casi a la misma hora que él, ocupaba siempre la misma mesa y regresaba cada tarde a los mismos libros, igual que él regresaba una y otra vez a las mismas páginas de Rovelli.

Nunca conversaron. Nunca intercambiaron un saludo. Ni siquiera una sonrisa. 

Ella resolvía ejercicios durante horas seguidas. Otras veces permanecía inmóvil mirando una página como si intentara atravesarla con la mirada.

Había días en los que parecía cansada. Otros en los que escribía con una energía casi frenética.

Julio supuso que estudiaba Ingeniería. Después creyó que era profesora universitaria. Más adelante imaginó que preparaba una maestría. Le inventó una familia, algunas preocupaciones y varios proyectos. 

Era consciente de que no sabía nada sobre ella, pero eso no le impedía construir historias. Después de todo, los seres humanos suelen completar con imaginación aquello que la realidad deja incompleto.

Pasaron más de dos años hasta una tarde la mesa estuvo vacía toda la tarde.  Julio pensó que ella tendría algún compromiso. Al día siguiente tampoco llegó. Ni la semana siguiente. Los días pasaron hasta que la ausencia comenzó a ocupar más espacio que la presencia.

Julio siguió levantando la vista cada que terminaba de leer las mismas páginas de siempre, esperando verla aparecer con sus libros de matemáticas. No ocurrió.

“No hay un solo tiempo; hay muchísimos”, decía Rovelli.

Un mes después decidió preguntar. La bibliotecaria era una mujer amable que parecía conocer a todos los visitantes habituales.

- Disculpe, dijo Julio, sabe algo de la señora que siempre se sentaba allí, junto a la ventana. La de los libros de matemáticas.

La bibliotecaria sonrió inmediatamente.- ¿Liliana?

Julio se sorprendió. Era la primera vez que escuchaba su nombre.

- Sí, creo que sí.

- Consiguió el puesto.

- ¿Qué puesto?

- El que llevaba años buscando. Una plaza como profesora titular de matemáticas en una universidad en el exterior. 

Julio asintió. Durante unos segundos no supo qué más decir.

La bibliotecaria continuó organizando unos libros.

- Venía aquí desde hace mucho tiempo, dijo ella. 

- ¿Cuánto es mucho?

- Ocho años, más o menos.

Julio la miró.

- ¿La señora rubia que siempre ocupaba la mesa 15?

- - Sí. Siempre ocupaba la misma mesa.

Aquella respuesta lo acompañó toda la tarde. Regresó a su mesa habitual y abrió el libro. Intentó leer. No pudo. Miró la mesa vacía.

Ocho años. De pronto entendió que aquellos libros nunca habían sido el centro de la escena. Lo extraordinario era haber regresado durante ocho años al mismo lugar para perseguir una sola idea.

Ella había regresado cada tarde durante ocho años. Él durante poco más de dos. Ambos habían ocupado siempre el mismo lugar. Habían repetido el mismo ritual. Los dos habían envejecido allí, página tras página, tarde tras tarde.

Miró por última vez una de las frases del libro: “Tal es el tiempo. Familiar e íntimo. Su furia nos lleva. Su apresurada sucesión de segundos, horas, años, nos lanza hacia la vida, luego nos arrastra hacia la nada... “

Cerró el libro y miró la ciudad que comenzaba a encenderse detrás de la ventana. Por primera vez entendió que el tiempo no se parecía a las agujas de un reloj ni a las páginas de un calendario. Se parecía más a aquella mesa vacía. Mientras estuvo ocupada, nunca reparó en ella. Solo comenzó a medir el tiempo cuando dejó de verla.


lunes, 14 de septiembre de 2026

El retraso

El avión debía haber despegado hacía casi cuarenta minutos. El comandante había informado que el retraso obedecía al alto tráfico aéreo en Bogotá. La explicación no había tranquilizado a nadie. Algunos pasajeros miraban el reloj, otros revisaban el teléfono sin que hubiera nada nuevo que mirar y una mujer en la fila 19 había preguntado tres veces cuánto faltaba para despegar.

En la fila 21, Juliana y Pablo conversaban hacía rato como si el avión estuviera estacionado en cualquier lugar y no a punto de completar un viaje que ya empezaba tarde.


- Yo siempre te digo que no le contestes así a tu jefe.

- No le contesté mal.

- Le dijiste que no era asunto suyo, según me cuentas. 

- Porque no era asunto suyo.

- Pero es tu jefe.

- Precisamente por eso.


Pablo sonrió.

- ¿Y qué quería?

- Que me quedara hasta más tarde

- ¿Otra vez?

- Otra vez.


Juliana sacó una botella de agua del bolso y bebió un poco.

- Además, me habló delante de todos

- ¿Qué te dijo?

- Que últimamente estaba desconcentrada.


Pablo dejó de sonreír.

- ¿Y lo estás?


Juliana lo miró.

- Un poco.

- ¿Por qué?


Ella se encogió de hombros.

- No sé.


Pablo volvió la mirada hacia la ventanilla.

- ¿Iván sigue en el mismo piso?


Juliana lo observó durante unos segundos.

- Sí.

- ¿Y sigue con la oficina al lado de la sala de juntas?

- Sí. ¿Por qué?

- Por nada.


Juliana frunció el ceño.

- Últimamente preguntas mucho por Iván. 

- ¿Yo?

- Sí.


Pablo sonrió.

- Será que me cae mal.


El avión permanecía inmóvil. Una auxiliar pasó por el pasillo y pidió a los pasajeros que mantuvieran los cinturones abrochados. Alguien, dos filas adelante, dejó escapar un suspiro de impaciencia.


Juliana volvió a hablar.

- Es insoportable.

- ¿Iván?

- Sí. 

- ¿Sigue usando esos perfumes que anuncian su llegada diez minutos antes?

Juliana soltó una risa.

- Todavía.

- Te incomoda mucho, ¿cierto? 

- A veces siento que está esperando que cometa un error para sacarme.

- ¿Y ha pasado algo más?

- No.

- ¿Segura?

Sí, Pablo.


Él asintió. Después cambiaron de tema. Hablaron de Bogotá, del hotel en el que se quedarían esa noche y de un restaurante que Juliana quería conocer. Discutieron unos minutos sobre si al día siguiente tendrían tiempo de visitar a unos amigos. Pablo dijo que sí. Juliana dijo que no.


Cuando finalmente el avión comenzó a moverse hacia la pista, varios pasajeros se acomodaron en sus asientos. La mujer de la fila 19 volvió a mirar el reloj.


Juliana tomó la mano de Pablo.

- ¡Por fin!


Él entrelazó los dedos con los de ella. Durante el despegue ninguno volvió a hablar.


Una hora después, cuando el avión comenzó a descender sobre Bogotá, Juliana se acomodó el cabello y miró por la ventanilla.

- ¿Trajiste el abrigo?

- Sí.

- ¿Dónde?

- En la maleta.

- Entonces vas a tener frío.

- Ya veremos.


Pablo sonrió. El avión tocó tierra. Los pasajeros comenzaron a levantarse apenas se apagó la señal del cinturón. Pablo esperó sentado mientras Juliana sacaba su bolso del compartimiento superior.


Un hombre que venía desde las filas traseras caminó lentamente por el pasillo. Al llegar a la fila 21, disminuyó el paso. Era Iván. Antes de verlo, Pablo reconoció el perfume.


Juliana lo reconoció inmediatamente.

- ¡Iván!


Él se detuvo.

- Hola, Juliana.


Pablo levantó la mirada. Por un instante los tres permanecieron en silencio.

- ¿También vienes para Bogotá?, preguntó Juliana.


Iván miró a Pablo.

- Sí, sí.

- Qué coincidencia.


Iván sonrió.

- Sí. Qué coincidencia.


Continuó hacia la salida, mientras Juliana volvió a acomodar su bolso.

- Qué raro que no me hubiera dicho que viajaba hoy.


Pablo no respondió.

- ¿Pablo?

- ¿Qué?

- Te quedaste mirando.

- No.

- Sí.


Pablo tomó su maleta.

- Vamos.


Salieron del avión detrás de los demás pasajeros. Bajaron la escaleras hacia la zona de las maletas. Iván esperaba solo. Cuando vio acercarse a Pablo, miró hacia atrás.


Juliana estaba unos metros más adelante, buscando su equipaje.


Iván habló en voz baja.

- ¿Ya le dijiste?


Pablo negó con la cabeza.

- ¿Y piensas que debe seguir sin saber?


Pablo miró hacia donde estaba Juliana.

- No es el momento.


Iván guardó silencio.

- No para siempre, dijo.


Pablo no respondió. Juliana levantó la mano desde la banda. 

- ¡Pablo!


Él se volvió.

- Ya voy.


Iván se hizo a un lado y dejó que pasaran. Juliana tomó el brazo de Pablo.

- ¿Qué te dijo?


Pablo la miró.

- Nada.


Juliana pareció creerle. Pablo tomó la maleta y siguió caminando. Por primera vez desde Medellín, el retraso ya no estaba en el avión.

martes, 8 de septiembre de 2026

El escultor

Durante más de veinte años, Hernán fabricó vírgenes, santos y ángeles de yeso. Su taller ocupaba el primer piso de una casa antigua en el barrio San Joaquín. Desde la calle podía verse una hilera interminable de figuras blancas esperando pintura: San Judas, la Virgen del Carmen, el Divino Niño, San José y el Arcángel Miguel. Algunas medían veinte centímetros y otras alcanzaban casi un metro de altura.

Cada semana llegaban pedidos de almacenes religiosos, parroquias y distribuidores de diferentes ciudades. Hernán trabajaba desde temprano, vaciaba moldes, corregía imperfecciones, lijaba superficies y entregaba encargos.

El oficio le daba para vivir, pero no para sentirse escultor. Cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba, respondía con una frase que había repetido tantas veces que ya parecía aprendida de memoria:

- Hago figuras religiosas.

Nunca decía:

- Soy escultor.

Para él existía una diferencia enorme entre ambas cosas: las figuras religiosas eran trabajo, repetición y supervivencia; la escultura era arte. Y el arte era precisamente lo que llevaba años persiguiendo.

 En un rincón apartado del taller, cubierto por una sábana gris, permanecía el proyecto al que dedicaba sus noches. La obra, así la llamaba. No tenía título. No tenía fecha de terminación. Ni siquiera una forma definitiva.

 Era una escultura sobre el amor. Al menos eso intentaba. Durante años había modelado. A veces eran dos figuras abrazadas. Otras veces solo unas manos intentando alcanzarse. Una temporada trabajó durante meses en dos rostros que parecían surgir de la misma piedra. Ninguna versión lo convencía. Siempre encontraba algo equivocado. Demasiado sentimental, demasiado evidente, o demasiado simple, pensaba. 

 Inmediatamente destruía una parte y comenzaba otra vez. Estaba convencido de que algún día terminaría aquella obra y que, cuando eso ocurriera, el mundo entendería quién era él realmente. No un fabricante de vírgenes; un artista.

 Una tarde entró al taller una mujer de unos cincuenta años. Buscaba una Virgen del Carmen. Hernán le mostró varias. La mujer escogió una de tamaño mediano y la observó durante unos segundos. Después sonrió.

-       Es igual a la que tenía mi mamá.

La mujer acarició la figura con los dedos.


-       Hace años buscaba una parecida.

Pagó y se marchó.nHernán asintió sin darle importancia y la mujer se fue observando la figura entre sus manos.

Los años siguieron pasando. Los pedidos aumentaron. Las repisas continuaron llenándose de santos, ángeles y vírgenes y la gran escultura seguía oculta y cambiando de forma cada que Hernán dedicaba horas ocupándose de ella.

Una noche, después de innumerables intentos, creyó haber llegado al final. Trabajó varios días seguidos, olvidándose de los motivos religiosos, incumpliendo con algunas entregas. Corrigió los últimos detalles, lijó la superficie, se alejó unos pasos y la contempló. Era, sin duda, técnicamente perfecta. Equilibrada y profunda. Exactamente como la había imaginado.

Mientras la contemplaba, algo ocurrió. No sintió nada. Esperó orgullo, esperó emoción, esperó esa certeza que había perseguido durante tantos años. Pero no llegó. El taller permaneció en silencio.

Hernán observó la escultura durante varios minutos. Después miró alrededor. Las repisas estaban llenas. Cientos de figuras religiosas ocupaban las paredes: vírgenes, santos, ángeles.

De pronto recordó a la mujer que había entrado buscando una Virgen igual a la de su madre. Y recordó a un hombre que una vez le contó que conservaba uno de sus San José desde que era niño. También recordó a una señora que compraba cada diciembre el mismo Niño Dios para regalarle a sus nietos.

Se acercó a una de las repisas. Tomó una Virgen entre las manos. Luego otra. Y luego, otra más. Por primera vez las observó como si no las hubiera hecho él. Descubrió pequeñas diferencias que jamás había notado. Una mirada ligeramente distinta, un gesto apenas insinuado, una mano más abierta, una sonrisa más suave. Ninguna era exactamente igual a la otra. Nunca lo habían sido. Durante años había repetido que fabricaba figuras en serie, pero era mentira. Las había corregido una por una, las había modificado una por una, las había terminado una por una.

Volvió la mirada hacia la gran escultura. Seguía siendo extraordinaria, pero algo había cambiado. Por primera vez dudó. Después observó las repisas llenas de vírgenes, santos y ángeles, por primera vez en veinte años no estuvo seguro de cuál de todas era realmente su gran obra.