martes, 8 de septiembre de 2026

El escultor

Durante más de veinte años, Hernán fabricó vírgenes, santos y ángeles de yeso. Su taller ocupaba el primer piso de una casa antigua en el barrio San Joaquín. Desde la calle podía verse una hilera interminable de figuras blancas esperando pintura: San Judas, la Virgen del Carmen, el Divino Niño, San José y el Arcángel Miguel. Algunas medían veinte centímetros y otras alcanzaban casi un metro de altura.

Cada semana llegaban pedidos de almacenes religiosos, parroquias y distribuidores de diferentes ciudades. Hernán trabajaba desde temprano, vaciaba moldes, corregía imperfecciones, lijaba superficies y entregaba encargos.

El oficio le daba para vivir, pero no para sentirse escultor. Cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba, respondía con una frase que había repetido tantas veces que ya parecía aprendida de memoria:

- Hago figuras religiosas.

Nunca decía:

- Soy escultor.

Para él existía una diferencia enorme entre ambas cosas: las figuras religiosas eran trabajo, repetición y supervivencia; la escultura era arte. Y el arte era precisamente lo que llevaba años persiguiendo.

 En un rincón apartado del taller, cubierto por una sábana gris, permanecía el proyecto al que dedicaba sus noches. La obra, así la llamaba. No tenía título. No tenía fecha de terminación. Ni siquiera una forma definitiva.

 Era una escultura sobre el amor. Al menos eso intentaba. Durante años había modelado. A veces eran dos figuras abrazadas. Otras veces solo unas manos intentando alcanzarse. Una temporada trabajó durante meses en dos rostros que parecían surgir de la misma piedra. Ninguna versión lo convencía. Siempre encontraba algo equivocado. Demasiado sentimental, demasiado evidente, o demasiado simple, pensaba. 

 Inmediatamente destruía una parte y comenzaba otra vez. Estaba convencido de que algún día terminaría aquella obra y que, cuando eso ocurriera, el mundo entendería quién era él realmente. No un fabricante de vírgenes; un artista.

 Una tarde entró al taller una mujer de unos cincuenta años. Buscaba una Virgen del Carmen. Hernán le mostró varias. La mujer escogió una de tamaño mediano y la observó durante unos segundos. Después sonrió.

-       Es igual a la que tenía mi mamá.

La mujer acarició la figura con los dedos.


-       Hace años buscaba una parecida.

Pagó y se marchó.nHernán asintió sin darle importancia y la mujer se fue observando la figura entre sus manos.

Los años siguieron pasando. Los pedidos aumentaron. Las repisas continuaron llenándose de santos, ángeles y vírgenes y la gran escultura seguía oculta y cambiando de forma cada que Hernán dedicaba horas ocupándose de ella.

Una noche, después de innumerables intentos, creyó haber llegado al final. Trabajó varios días seguidos, olvidándose de los motivos religiosos, incumpliendo con algunas entregas. Corrigió los últimos detalles, lijó la superficie, se alejó unos pasos y la contempló. Era, sin duda, técnicamente perfecta. Equilibrada y profunda. Exactamente como la había imaginado.

Mientras la contemplaba, algo ocurrió. No sintió nada. Esperó orgullo, esperó emoción, esperó esa certeza que había perseguido durante tantos años. Pero no llegó. El taller permaneció en silencio.

Hernán observó la escultura durante varios minutos. Después miró alrededor. Las repisas estaban llenas. Cientos de figuras religiosas ocupaban las paredes: vírgenes, santos, ángeles.

De pronto recordó a la mujer que había entrado buscando una Virgen igual a la de su madre. Y recordó a un hombre que una vez le contó que conservaba uno de sus San José desde que era niño. También recordó a una señora que compraba cada diciembre el mismo Niño Dios para regalarle a sus nietos.

Se acercó a una de las repisas. Tomó una Virgen entre las manos. Luego otra. Y luego, otra más. Por primera vez las observó como si no las hubiera hecho él. Descubrió pequeñas diferencias que jamás había notado. Una mirada ligeramente distinta, un gesto apenas insinuado, una mano más abierta, una sonrisa más suave. Ninguna era exactamente igual a la otra. Nunca lo habían sido. Durante años había repetido que fabricaba figuras en serie, pero era mentira. Las había corregido una por una, las había modificado una por una, las había terminado una por una.

Volvió la mirada hacia la gran escultura. Seguía siendo extraordinaria, pero algo había cambiado. Por primera vez dudó. Después observó las repisas llenas de vírgenes, santos y ángeles, por primera vez en veinte años no estuvo seguro de cuál de todas era realmente su gran obra.