miércoles, 26 de agosto de 2026

La repartidora

 Cada vez que Esteban viajaba a Bucaramanga por trabajo, cenaba en el Hotel pidiendo un domicilio a un restaurante diferente. Era una costumbre que había adquirido con los años. Trabajaba en el sector financiero, vivía en Bogotá y pasaba varios días al mes entre hoteles, reuniones y oficinas. Comer en el hotel, le ahorraba tiempo, y cambiar de restaurante era una forma de conocer un poco mejor la ciudad.

 Una noche pedía comida santandereana. Otra, hamburguesas. Al día siguiente, comida italiana o alguna especialidad que encontraba en las aplicaciones.

 La primera vez que pidió, la entrega llegó en bicicleta. La repartidora llevaba una sudadera oscura, una capucha que le cubría buena parte del rostro y una mochila térmica en la espalda. Cuando le entregó la bolsa, Esteban le notó un pequeño lunar en el cuello. No le dio importancia. Era insignificante, pero le hizo olvidar el resto de su figura antes de llegar al ascensor.

 Dos semanas después, regresó a Bucaramanga. A sus 38 años de edad ya había aprendido a dormir en hoteles diferentes sin sentir que estaba viajando. Esa noche pidió comida mexicana a otro restaurante. Cuando la aplicación anunció que el pedido estaba por llegar, bajó al lobby del hotel para recibirlo. La repartidora era la misma. Al menos eso creyó Esteban. Reconoció el lunar, la misma bicicleta asistida de color rojo y la forma tranquila de pedalear. Ella le entregó el pedido y con una voz dulce le deseó una buena noche. Inmediatamente se marchó.

 La tercera vez ocurrió igual. La cuarta también. Y la quinta. Con el tiempo empezó a parecerle una coincidencia imposible. Bucaramanga no es una ciudad pequeña y debe tener cientos de repartidores, pensó. Sin embargo, cada vez que él pedía comida aparecía aquella mujer.

 Nunca conversaron demasiado. Los diálogos fueron breves y muy concretos.

-       Buenas noches.

-       Gracias.

-       Que tengas buena jornada.

 Nada más.

 En cada viaje a esta ciudad, Esteban comenzó a esperar la llegada de su repartidora con una curiosidad creciente. La aplicación le avisaba que el pedido estaba cerca y él bajaba al lobby antes de que llegara. La observaba acercarse desde la distancia. Una noche notó que se pintaba las uñas de colores diferentes. Azules una semana, verdes la siguiente, rojas después.

 En otras ocasiones también notó que siempre llevaba la capucha puesta, incluso cuando no estaba lloviendo y que jamás permanecía más tiempo del necesario. Entregaba el pedido y desaparecía en su bici.

 Durante meses fue acumulando detalles: el lunar, las uñas, la bicicleta roja asistida, la capucha, la sudadera oscura y la manera de inclinar ligeramente la cabeza cuando saludaba. Sin darse cuenta, comenzó a imaginar el resto.

 Le inventó una edad, una carrera universitaria, una historia familiar. Pensó que tal vez estudiaba durante el día y trabajaba por las noches, que ayudaba a sus padres, o que estaba ahorrando para algún proyecto importante. Nunca tuvo pruebas de nada, pero las historias crecían solas, como suelen crecer las historias cuando la realidad ofrece pocos datos.

 Después de casi un año, durante un viaje especialmente largo, pidió comida durante cuatro noches consecutivas. La primera noche la esperó, pero no apareció. La segunda tampoco. Ni la tercera, ni la cuarta. La aplicación mostraba repartidores distintos. Hombres y mujeres que él nunca había visto. Al principio pensó que tendría unos días de descanso. Después imaginó que le habían cambiado de ruta. Más tarde comprendió que estaba inventado explicaciones para alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.

 No volvió a pensar mucho en el asunto, pero tampoco volvió a verla. Pasaron los meses y después los años. La repartidora desapareció de sus viajes exactamente igual que había aparecido, sin explicaciones.

 Una noche, después de tomarse unas cervezas, decidió preguntar por ella. Lo hizo en uno de los restaurantes donde pedía con frecuencia. La administradora revisó algunos registros de entregas.

-       ¿Sabe cómo se llama?, preguntó.

 Esteban se quedó en silencio. No lo sabía. Le había llevado por lo menos 70 domicilios en una año y nunca tuvo el cuidado de revisar el nombre de al repartidora en la aplicación.

 -       ¿Al menos recuerda algo especial?

 -       Tenía un lunar aquí en el cuello, respondió. Siempre llevaba una sudadera oscura, usaba un buzo con capucha y andaba en una bicicleta asistida de color rojo, agregó.

La mujer sonrió.

 -       Eso no ayuda mucho.

 Aun así revisó varios registros de la plataforma. Le mostró una lista de nombres. Había decenas de repartidores. Fotografías distintas, edades diferentes. Ninguna coincidía con la mujer que él recordaba.

 Aquella noche regresó muy confundido al hotel. Intentó recordar el rostro de la repartidora. Recordó algo que le produjo una extraña inquietud. Quizá nunca había visto realmente su cara, quizá durante todos aquellos viajes había construido una sola mujer utilizando pequeños detalles tomados de personas repartidoras. Tal vez el lunar pertenecía a una repartidora, las uñas a otra, la bicicleta a una tercera. Tal vez la historia que había imaginado no era de nadie. O era de todas.

 Durante tres años más, siguió viajando a Bucaramanga. Entendió que las ciudades cambian menos que los recuerdos y que, con el tiempo, resulta imposible saber cuál de las dos cosas se está transformando.

 Siguió pidiendo comida a domicilio. Siguió bajando al lobby cada vez que la aplicación anunciaba que el pedido estaba por llegar. Lo hacía por costumbre, o por esperanza. Nunca estuvo completamente seguro. Observaba con atención a quien aparecía al final de la calle. Buscaba el lunar, las uñas, la manera de pedalear. Nunca volvió a encontrarlos todos en la misma persona. Tal vez porque aquella repartidora ya no existía. O tal vez porque nunca había existido exactamente así. La imaginación suele construir mejor que la memoria cuando le faltan piezas.

martes, 18 de agosto de 2026

El profesor

 Durante seis años llegó a la estación Estadio a las cinco de la tarde, como quien todavía conserva un trabajo que ya no existe. Se sentaba en la misma banca, junto a una columna desde donde podía observar a quienes bajaban las escaleras o corrían afanados para alcanzar un tren que casi siempre terminaban perdiendo.

Los empleados del Metro, algunos vendedores ambulantes, los policías del cuadrante y varios habitantes del sector lo conocían como “El Profe”.  

El apodo no era una exageración. Durante años fue uno de los docentes de Cálculo más reconocidos de la Universidad de Antioquia. Explicaba ecuaciones diferenciales con una claridad que parecía magia. Sus estudiantes decían que era capaz de convertir los números en algo sencillo.

Después llegaron las drogas. Nadie supo exactamente cuándo comenzaron. Las tragedias importantes rara vez anuncian la fecha de inicio. Un día todavía eres profesor y al siguiente, llevas años cayendo. 

Algunos hablaban de una depresión. Otros de un divorcio. Incluso hablaron de una pérdida imposible de soportar. El Profe nunca aclaró nada. Las explicaciones suelen interesar más a quienes observan la caída que a quienes la viven.

Lo cierto era que un día cualquiera dejó de dictar clases y después dejó de volver. Ahora dormía donde podía, cargaba una mochila desgastada y pasaba las tardes observando personas. Seguía siendo profesor, de alguna manera. Solo había cambiado de materia. 

 Alguna vez enseñó a resolver ecuaciones y ahora intentaba resolver personas.

Cada tarde sacaba una libreta vieja de tapas negras y comenzaba a registrar vidas. Observaba con atención y registraba cuentas de felices, amargados, enamorados, cansados, indecisos e indignados. Contaba personas que caminaban mirando el suelo y personas que avanzaban como si el mundo entero les perteneciera.

Algunas veces escribía observaciones al margen:  “la señora del paraguas rojo volvió a sonreír”,  “el hombre del maletín sigue llegando solo”,  “el muchacho del uniforme ya no parece triste”.  Le gustaba imaginar historias.

Una mujer que corría podía estar llegando tarde a una cita o escapando de una despedida. Un hombre sonriente podía haber recibido una buena noticia o simplemente recordar algo feliz. Nunca lo sabía a ciencia cierta, pero eso no le impedía intentar registrarlos.

Las personas son más difíciles que las ecuaciones, pensaba. Mucho más. Las ecuaciones, al menos, no mienten sobre sus incógnitas.

Regresaba a la estación todos los días. Llegaba a las cinco. Se marchaba cuando pasaba el último tren. Como si cumpliera un horario que nadie le había impuesto.

Una noche de agosto, en medio de un verano raro, la lluvia cayó sobre Medellín durante varias horas. La estación se fue vaciando poco a poco. Pasaron menos personas de las habituales. El Profe hizo sus anotaciones. Doce cansados, nueve preocupados, tres felices, dos enamorados y un iracundo. Ningún satisfecho.

Esperó el último tren. Lo vio desaparecer por la vía iluminada. Después observó la estación vacía. Por primera vez en mucho tiempo no tenía nada que hacer. 

Abrió la libreta. Pasó páginas y páginas llenas de nombres invisibles. Había miles de observaciones, miles de conclusiones, múltiples intentos por comprender la vida de desconocidos. Llegó a una hoja en blanco y se quedó mirándola. Tomó el lápiz y escribió: “El profesor: Amargado, desilusionado, indeciso y solo”. 

Leyó las palabras varias veces. No corrigió ninguna. Guardó el lápiz y cerró la libreta. Por primera vez en muchos años dejó de mirar las escaleras. La incógnita siempre había estado sentada en la misma banca.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Recuerdos

Juliana cumplió 38 años de vida en marzo. Un mes antes había cumplido 10 años de viuda. Había estado casada exactamente el mismo tiempo. A veces le parecía extraño pensar que la mitad de su vida adulta había transcurrido junto a Daniel y la otra mitad recordándolo.

Daniel murió una noche de lluvia. Una motocicleta se le atravesó en la Avenida Regional y, para evitarla, él giró el carro hacia el río. La llamada sonó a las 11:17 de la noche. Juliana todavía recuerda la hora porque algunas noticias parten la vida en dos y dejan el reloj detenido para siempre.

Durante los primeros meses recibió compañía. Familiares, amigos, vecinos y personas que insistían en repetir frases que parecían escritas para todas las viudas del mundo. Después, cada uno regresó a su vida normal. Ella no.

Aprendió a vivir sola. Trabajaba, visitaba a sus padres algunos domingos, salía ocasionalmente con sus amigas y regresaba temprano al apartamento. Los hombres aparecían con frecuencia con cualquier pretexto. El dueño de la cafetería le regalaba postres, el vendedor de verduras le guardaba las mejores frutas, algunos conductores de Uber prolongaban las conversaciones más de la cuenta e incluso un profesor de la universidad, recién jubilado, había intentado invitarla varias veces a salir. Juliana sonreía con amabilidad y seguía adelante. Ninguno le interesaba. O eso creía.

 En su habitación conservaba un retrato de Daniel, tomado pocos meses antes de su muerte. Era una imagen sencilla. Él estaba sentado en una silla de madera, usando una camiseta azul y sonriendo directamente a la cámara. Juliana la observaba todas las noches antes de dormir. A veces le hablaba. Le contaba cómo había estado su día, qué había pasado en el trabajo o cuál de sus amigas se había casado. Era un ritual silencioso que nunca comentó con nadie.

Con los años comenzó a notar que cada vez le costaba más acordarse de los detalles de Daniel. Intentó recordar el sonido exacto de su voz y no pudo. Intentó evocar cómo se veía caminando por la sala de la casa y tampoco. Intentó rememorar la forma en que pronunciaba su nombre cuando llegaba cansado del trabajo y fue imposible. Los recuerdos aparecían incompletos, borrosos, como fotografías desenfocadas.

 La noche de su cumpleaños por primera vez sintió miedo al mirar el retrato. Se levantó rápido de la cama y lo tomó entre las manos. Observó la sonrisa durante varios minutos. Era exactamente la misma de siempre. Perfecta. Intacta. Inmóvil. Entonces intentó recordarla sin mirar la fotografía y no pudo.

Juliana volvió a colgar el retrato en la cabecera de la cama y apagó la lámpara. Cerró los ojos. Intentó recordar el rostro de Daniel y fue imposible. Entonces abrió los ojos. Entendió que no llevaba 10 años siendo fiel a un hombre, sino a la última imagen que conservaba de él. La imagen seguía sonriendo.

lunes, 3 de agosto de 2026

La ruta

Marcela se había demorado casi una hora escogiendo qué ponerse. Terminó usando un vestido negro elegante que casi no le gustaba. Le ajustaba la cintura, la obligaba a caminar despacio y la hacía sentir disfrazada. Sin embargo, aquella noche iba a conocer a los padres de Alonso y sabía que ciertas ocasiones exigen pequeñas incomodidades.

-Ya llegué.

Bajó las escaleras del edificio y abrió la puerta del carro. Lo primero que vio fue la camiseta. Gris. Sin cuello. La misma que Alonso usaba algunas veces cuando la recogía para llevarla a la universidad. Después le vio los tenis blancos. Y luego, la sonrisa tranquila de siempre.

- ¡Como estás de bonita! 

Marcela respondió con una sonrisa corta. Durante los primeros minutos ninguno dijo mucho. Las luces de la ciudad corrían por las ventanas mientras el tráfico avanzaba con la lentitud habitual de la noche.

- ¿Todo bien?, preguntó Alonso.
- Claro
- ¿Segura?
- Sí.

Marcela observó su reflejo en la ventana. Pensó en el tiempo que había tardado arreglándose. Pensó en el vestido. Pensó en la importancia que tenía para ella aquella presentación. Y pensó en la camiseta gris.

- ¿En serio vas a ir vestido así?, preguntó Marcela finalmente.
- ¿Así cómo?
- Pues así como estás. 

Alonso bajó la mirada un segundo.

- Pues normal.
- Claro.

La palabra salió cargada de una ironía que ya no podía esconder.

- Yo pensé que llevarme a conocer a tus papás era algo importante.
- Por supuesto que lo es.
- No parece.

Marcela conocía a los padres de Alonso únicamente por dos fotografías viejas que él guardaba en el celular. El semáforo cambió a rojo. Alonso frenó. Durante unos segundos observó la calle vacía frente a ellos.

- Marcela, ¡mis papás me conocen desde hace cuarenta años! Dijo mientras sonreía. 

Ella guardó silencio.

- Me han visto vestido para matrimonios, para entierros, para graduaciones y para trabajar debajo de camiones cuando todavía era ingeniero mecánico. Ah, y desde que me dediqué a trabajar con las aplicaciones me han visto así, de camiseta y jean, como me conoces tú. 

La luz roja seguía encendida. Alonso hizo una pausa.

- Mi problema ahora es impresionar a alguien que todavía puede irse.

Marcela miró por la ventana. La rabia no desapareció, pero ya no estaba tan segura de sus razones. El semáforo cambió a verde. Avanzaron dos cuadras más. Alonso encendió las estacionarias y se parqueó en una de las celdas al frente del edificio La Torre II.

- Llegamos.

Marcela miró alrededor. No reconoció el lugar. No era el edificio que él le había mostrado en fotografías. Y no era el barrio donde vivían sus padres. No era nada parecido.

- ¿Dónde estamos?

Alonso apagó el motor. Sonrió.

- No vamos donde mis papás.

- ¿Cómo así?

Alonso respiró profundo.

- Mis papás no viven aquí.
- ¿Entonces?

Alonso respiró profundo.

- Ellos murieron.

Marcela soltó una risa nerviosa.

- No entiendo.
- Murieron en la pandemia.

El silencio llenó el carro.

- Nunca te lo conté.

Marcela lo miró sin saber qué decir. El vestido comenzó a parecerle ridículo. La discusión también. Afuera seguía pasando la ciudad. Indiferente. Como si nada hubiera ocurrido.

Alonso arrancó. Marcela miró por la ventana. Sintió que desconocía a la mujer que se había puesto furiosa por una camiseta gris.  Afuera, los semáforos siguieron cambiando de color como si nada hubiera ocurrido.

Marcela comprendió que durante meses había conocido la ruta, el carro y las historias de Alonso. Lo único que todavía no conocía era a Alonso.