Cada vez
que Esteban viajaba a Bucaramanga por trabajo, cenaba en el Hotel pidiendo un
domicilio a un restaurante diferente. Era una costumbre que había adquirido con
los años. Trabajaba en el sector financiero, vivía en Bogotá y pasaba varios
días al mes entre hoteles, reuniones y oficinas. Comer en el hotel, le ahorraba
tiempo, y cambiar de restaurante era una forma de conocer un poco mejor la
ciudad.
Una noche
pedía comida santandereana. Otra, hamburguesas. Al día siguiente, comida
italiana o alguna especialidad que encontraba en las aplicaciones.
La primera
vez que pidió, la entrega llegó en bicicleta. La repartidora llevaba una
sudadera oscura, una capucha que le cubría buena parte del rostro y una mochila
térmica en la espalda. Cuando le entregó la bolsa, Esteban le notó un pequeño
lunar en el cuello. No le dio importancia. Era insignificante, pero le hizo
olvidar el resto de su figura antes de llegar al ascensor.
Dos
semanas después, regresó a Bucaramanga. A sus 38 años de edad ya había aprendido
a dormir en hoteles diferentes sin sentir que estaba viajando. Esa noche pidió
comida mexicana a otro restaurante. Cuando la aplicación anunció que el pedido
estaba por llegar, bajó al lobby del hotel para recibirlo. La repartidora era
la misma. Al menos eso creyó Esteban. Reconoció el lunar, la misma bicicleta
asistida de color rojo y la forma tranquila de pedalear. Ella le entregó el
pedido y con una voz dulce le deseó una buena noche. Inmediatamente se marchó.
La
tercera vez ocurrió igual. La cuarta también. Y la quinta. Con el tiempo empezó
a parecerle una coincidencia imposible. Bucaramanga no es una ciudad pequeña y
debe tener cientos de repartidores, pensó. Sin embargo, cada vez que él pedía
comida aparecía aquella mujer.
Nunca
conversaron demasiado. Los diálogos fueron breves y muy concretos.
-
Buenas
noches.
-
Gracias.
-
Que
tengas buena jornada.
Nada más.
En cada
viaje a esta ciudad, Esteban comenzó a esperar la llegada de su repartidora con
una curiosidad creciente. La aplicación le avisaba que el pedido estaba cerca y
él bajaba al lobby antes de que llegara. La observaba acercarse desde la
distancia. Una noche notó que se pintaba las uñas de colores diferentes. Azules
una semana, verdes la siguiente, rojas después.
En otras
ocasiones también notó que siempre llevaba la capucha puesta, incluso cuando no
estaba lloviendo y que jamás permanecía más tiempo del necesario. Entregaba el
pedido y desaparecía en su bici.
Durante
meses fue acumulando detalles: el lunar, las uñas, la bicicleta roja asistida, la
capucha, la sudadera oscura y la manera de inclinar ligeramente la cabeza
cuando saludaba. Sin darse cuenta, comenzó a imaginar el resto.
Le
inventó una edad, una carrera universitaria, una historia familiar. Pensó que
tal vez estudiaba durante el día y trabajaba por las noches, que ayudaba a sus
padres, o que estaba ahorrando para algún proyecto importante. Nunca tuvo
pruebas de nada, pero las historias crecían solas, como suelen crecer las
historias cuando la realidad ofrece pocos datos.
Después
de casi un año, durante un viaje especialmente largo, pidió comida durante
cuatro noches consecutivas. La primera noche la esperó, pero no apareció. La
segunda tampoco. Ni la tercera, ni la cuarta. La aplicación mostraba
repartidores distintos. Hombres y mujeres que él nunca había visto. Al
principio pensó que tendría unos días de descanso. Después imaginó que le habían
cambiado de ruta. Más tarde comprendió que estaba inventado explicaciones para
alguien cuyo nombre ni siquiera conocía.
No volvió
a pensar mucho en el asunto, pero tampoco volvió a verla. Pasaron los meses y
después los años. La repartidora desapareció de sus viajes exactamente igual
que había aparecido, sin explicaciones.
Una noche,
después de tomarse unas cervezas, decidió preguntar por ella. Lo hizo en uno de
los restaurantes donde pedía con frecuencia. La administradora revisó algunos
registros de entregas.
-
¿Sabe
cómo se llama?, preguntó.
Esteban
se quedó en silencio. No lo sabía. Le había llevado por lo menos 70 domicilios
en una año y nunca tuvo el cuidado de revisar el nombre de al repartidora en la
aplicación.
-
¿Al
menos recuerda algo especial?
-
Tenía
un lunar aquí en el cuello, respondió. Siempre llevaba una sudadera oscura,
usaba un buzo con capucha y andaba en una bicicleta asistida de color rojo,
agregó.
La mujer
sonrió.
-
Eso
no ayuda mucho.
Aun así
revisó varios registros de la plataforma. Le mostró una lista de nombres. Había
decenas de repartidores. Fotografías distintas, edades diferentes. Ninguna
coincidía con la mujer que él recordaba.
Aquella
noche regresó muy confundido al hotel. Intentó recordar el rostro de la
repartidora. Recordó algo que le produjo una extraña inquietud. Quizá nunca
había visto realmente su cara, quizá durante todos aquellos viajes había
construido una sola mujer utilizando pequeños detalles tomados de personas repartidoras.
Tal vez el lunar pertenecía a una repartidora, las uñas a otra, la bicicleta a
una tercera. Tal vez la historia que había imaginado no era de nadie. O era de
todas.
Durante
tres años más, siguió viajando a Bucaramanga. Entendió que las ciudades cambian
menos que los recuerdos y que, con el tiempo, resulta imposible saber cuál de
las dos cosas se está transformando.
Siguió
pidiendo comida a domicilio. Siguió bajando al lobby cada vez que la aplicación
anunciaba que el pedido estaba por llegar. Lo hacía por costumbre, o por
esperanza. Nunca estuvo completamente seguro. Observaba con atención a quien
aparecía al final de la calle. Buscaba el lunar, las uñas, la manera de
pedalear. Nunca volvió a encontrarlos todos en la misma persona. Tal vez porque
aquella repartidora ya no existía. O tal vez porque nunca había existido exactamente
así. La imaginación suele construir mejor que la memoria cuando le faltan
piezas.