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martes, 18 de agosto de 2026

El profesor

 Durante seis años llegó a la estación Estadio a las cinco de la tarde, como quien todavía conserva un trabajo que ya no existe. Se sentaba en la misma banca, junto a una columna desde donde podía observar a quienes bajaban las escaleras o corrían afanados para alcanzar un tren que casi siempre terminaban perdiendo.

Los empleados del Metro, algunos vendedores ambulantes, los policías del cuadrante y varios habitantes del sector lo conocían como “El Profe”.  

El apodo no era una exageración. Durante años fue uno de los docentes de Cálculo más reconocidos de la Universidad de Antioquia. Explicaba ecuaciones diferenciales con una claridad que parecía magia. Sus estudiantes decían que era capaz de convertir los números en algo sencillo.

Después llegaron las drogas. Nadie supo exactamente cuándo comenzaron. Las tragedias importantes rara vez anuncian la fecha de inicio. Un día todavía eres profesor y al siguiente, llevas años cayendo. 

Algunos hablaban de una depresión. Otros de un divorcio. Incluso hablaron de una pérdida imposible de soportar. El Profe nunca aclaró nada. Las explicaciones suelen interesar más a quienes observan la caída que a quienes la viven.

Lo cierto era que un día cualquiera dejó de dictar clases y después dejó de volver. Ahora dormía donde podía, cargaba una mochila desgastada y pasaba las tardes observando personas. Seguía siendo profesor, de alguna manera. Solo había cambiado de materia. 

 Alguna vez enseñó a resolver ecuaciones y ahora intentaba resolver personas.

Cada tarde sacaba una libreta vieja de tapas negras y comenzaba a registrar vidas. Observaba con atención y registraba cuentas de felices, amargados, enamorados, cansados, indecisos e indignados. Contaba personas que caminaban mirando el suelo y personas que avanzaban como si el mundo entero les perteneciera.

Algunas veces escribía observaciones al margen:  “la señora del paraguas rojo volvió a sonreír”,  “el hombre del maletín sigue llegando solo”,  “el muchacho del uniforme ya no parece triste”.  Le gustaba imaginar historias.

Una mujer que corría podía estar llegando tarde a una cita o escapando de una despedida. Un hombre sonriente podía haber recibido una buena noticia o simplemente recordar algo feliz. Nunca lo sabía a ciencia cierta, pero eso no le impedía intentar registrarlos.

Las personas son más difíciles que las ecuaciones, pensaba. Mucho más. Las ecuaciones, al menos, no mienten sobre sus incógnitas.

Regresaba a la estación todos los días. Llegaba a las cinco. Se marchaba cuando pasaba el último tren. Como si cumpliera un horario que nadie le había impuesto.

Una noche de agosto, en medio de un verano raro, la lluvia cayó sobre Medellín durante varias horas. La estación se fue vaciando poco a poco. Pasaron menos personas de las habituales. El Profe hizo sus anotaciones. Doce cansados, nueve preocupados, tres felices, dos enamorados y un iracundo. Ningún satisfecho.

Esperó el último tren. Lo vio desaparecer por la vía iluminada. Después observó la estación vacía. Por primera vez en mucho tiempo no tenía nada que hacer. 

Abrió la libreta. Pasó páginas y páginas llenas de nombres invisibles. Había miles de observaciones, miles de conclusiones, múltiples intentos por comprender la vida de desconocidos. Llegó a una hoja en blanco y se quedó mirándola. Tomó el lápiz y escribió: “El profesor: Amargado, desilusionado, indeciso y solo”. 

Leyó las palabras varias veces. No corrigió ninguna. Guardó el lápiz y cerró la libreta. Por primera vez en muchos años dejó de mirar las escaleras. La incógnita siempre había estado sentada en la misma banca.

miércoles, 20 de marzo de 2024

La próxima estación

Habían pasado 23 años desde que Marcelo emigró a Portugal huyendo de todo: de una ciudad que le quedaba pequeña, de la violencia en las calles del barrio, de la falta de oportunidades laborales, de una familia destruída y principalmente de Carolina, la mujer con la que creyó que lo había vivido todo. 

Estaba de paso fugaz por Colombia. Debía cerrar dos negocios en Bogotá como subgerente de la empresa de telecomunicaciones en la que lleva ya doce años trabajando. Llegó en la noche, y en una sola jornada bien trabajada dejó todo listo. Tenía tiquete de regreso a Lisboa para el día siguiente al inicio de la noche. Nunca supo cuál fue la razón real, pero aprovechó para volarse a Medellín. madrugó en el vuelo del sábado a las 7:00 a.m. y compró tiquete de regreso para las 4:00 de la tarde. Así le daría la escala sin problemas. 

La tarde sabatina en su natal Medellín estaba lluviosa. Era la 1:38 p.m. cuando tomó el Metro en la estación de La Estrella, municipio en el visitó a su Tía Rosalba en el hogar gerontológico, para saludarla y despedirse para siempre de la única persona a la que le guardaba algún cariño en esta ciudad. Su destino era bajarse en la estación Exposiciones y tomar un vehículo hacia el aeropuerto, con la idea de no volver nunca más. 

Aprovechó la poca cantidad de pasajeros para pasearse por varios vagones, como lo hacía en sus años de universitario. En el vagón que abordó iban una pareja dedicada a los besos, cuatro jóvenes con uniforme color naranja, integrantes de algún equipo de microfútbol y un adulto con uniforme de las Empresas Públicas de la Ciudad. Pasó al vagón siguiente y vio en él a un anciano de sombrero, a una adolescente con pinta de metalera y a una familia completa, con los dos padres y tres niños en escalera, de unos 5, 7 y 9 años. Cuando llegó al tercer vagón ya habían pasado 4 estaciones. 

Repasó visualmente. En el rincón, sentado frente a Marcelo, estaba un hombre, que lo miró con inquietud, vestido con unas botas y un buzo verde ceñido al cuerpo. Al fondo del vagón, se veía una anciana con un bastón en la mano y a su lado una niña de unos 11 años y dos mujeres cuarentonas, que incluso sentadas, tomaban por el brazo a la abuela. El hombre de las botas se bajó en la estación Poblado. 

Cuando Marcelo llegó al cuarto vagón sintió un aire extraño. En el ambiente había un olor que no identificaba pero que le resultaba evocador.  Siguió con su ejercicio. Al lado izquierdo, sentados, iban dos cuarentones discutiendo por un tema de fútbol. Al frente de ellos, viajaban tres mujeres con falda larga, el cabello suelto y cada una con una biblia en la mano. Junto a la puerta de la izquierda, iba recostado un albañil con un maletín de cuero a sus pies en los que se asomaban algunas de las herramientas de su oficio. Marcelo se fijó en la almadana y el cincel que se asomaban por el deteriorado cierre y de inmediato clavó con sorpresa la mirada en una mujer que estaba parada junto a la puerta de la derecha, la más lejana al lugar donde él estaba, esperando la próxima estación. La vio desde un costado y sintió un remesón.       

Una mujer de esa estatura, con un porte elegante, de cabello rubio, de pómulos altos, con un rostro alargado como su cuerpo, con ojos brillantes, ensimismada en la música que escuchaba en sus audífonos grandes, con unos senos prominentes y un pequeño lunar en el antebrazo cerca al codo no podía ser otra que Carolina. Repasó su figura. Después de un instante de duda, se puso a mirarla fijamente. Recordó que su Carolina siempre usaba el reloj en la mano derecha. El lunar, el reloj y su cara delgada fueron las pistas determinantes. 

Marcelo se quedó inmóvil unos segundos. Pasaron 23 segundos. Mientras decidía si gritarle o cruzar el vagón para hablar con ella, el tren llegó a la estación Industriales. Carolina bajó del vagón caminando con prisa, como si esta vez fuera ella la quería huir de todo. Marcelo caminó hacia la salida, pero la puerta se cerró frente a él.  Mientras siguió con la vista a Carolina, que subía las escalas, escuchó por el parlante: "próxima estación: Exposiciones".