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martes, 3 de marzo de 2026

Tres días

Cuando sonó el teléfono, Andrea dormía profundamente. Las cervezas y las pepas habían sido demasiadas la noche anterior, y tirada en la cama se sentía como si estuviese muerta. Se encontraba en un sueño profundo y confuso, sentía que la cabeza la tenía inflamada y el guayabo cervecero no le permitía comprender absolutamente nada de lo que estaba pasando en ese momento. 

Con la cuarta llamada consecutiva abrió los ojos y trató de ubicarse en el tiempo y el espacio. Miró el reloj. Las 5:50. "¿De la la mañana o de la tarde?", se preguntó. Tampoco pudo recordar qué día de la semana era. "Tal vez es domingo, porque yo me enrumbo los sábados", dijo para sí tratando de convencerse. Mientras el teléfeono volvía a sonar, miró hacia la ventana y echó una ojeada al exterior.

—Estoy en mi apartamento — se dijo y se sintió tranquila.

Vio el sol ocultarse en las montañas del occidente. Dedujo que debían de ser las 5:50 de la tarde. El ruido de buses, camiones y motos que subían y bajaban por la loma donde vivía fue la señal definitiva: no era domingo. Para ella, debía de ser un día de semana cualquiera. Mientras intentaba reconstruir lo ocurrido la noche anterior, el teléfono volvió a sonar. Nuevamente era Daniel.

—¿Estás bien? — preguntó él, sin saludar, visiblemente preocupado.

—¿Qué día de la semana es hoy? — respondió ella.

—Es miércoles, ¡por Dios! Te perdiste desde el domingo.

—¿Son las cinco de la mañana o de la tarde?

—¡Andrea! Mira que eres bien rara. Son las 5:53 de la tarde del miércoles. Llevo tres días buscándote. Te perdiste desde el domingo. Esta vez te pasaste demasiado. ¿Seguro que estás bien?

—5:53 de la tarde y es miércoles… —pensó Andrea—. Lo suponía. Ahora lo entendía todo.

—¿No me vas a decir nada? — preguntó Daniel, en tono de recriminación.

—Me tiré a la cama a leer y me quedé dormida — dijo ella entre risas, sin la menor intención de disculparse.

—¿Desde el domingo? No te creo — respondió él, furioso.

—¿Miércoles? — pensó ella —. Menos mal los miércoles no trabajo. Su mente comenzó a activarse.

—¡Hoy estoy libre! ¿Tú dónde estás?, preguntó Andrea. 

—En mi casa, después de buscarte como loco por todos lados —indicó Daniel.

—Perfecto. En un rato te llego allá —dijo ella. Y colgó de inmediato.

El sábado en la tarde, Andrea tocó tres veces el timbre de la casa de Daniel. Nadie le abrió. 

  


martes, 1 de octubre de 2019

Amor perdido

Daniel tenía 26 años, había cursado media carrera en la universidad pública, trabajaba en las calles pintando rostros con crayón y vivía hace 4 en un apartamento pequeño en el barrio La Villa. Era un aparta-estudio modesto y decadente. Un cuarto piso, frío, un asilo de zancudos, que se movía de lado a lado cada que pasaba un camión por la estrecha calle. Al frente del viejo edificio había un bar que nunca cerraba, frecuentado por camioneros, matones de barrio, travestis, policías retirados y una que otra mujer de mirada fuerte y voz ronca. La música del bar era la banda sonora de todas las noches en la pequeña habitación. En ese agujero se le agotó el amor a Sofía en solo dos meses. Ese fue el tiempo que convivió con Daniel, antes de irse una tarde con uno de los jubilados que frecuentaban en bar.