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miércoles, 12 de agosto de 2026

Recuerdos

Juliana cumplió 38 años de vida en marzo. Un mes antes había cumplido 10 años de viuda. Había estado casada exactamente el mismo tiempo. A veces le parecía extraño pensar que la mitad de su vida adulta había transcurrido junto a Daniel y la otra mitad recordándolo.

Daniel murió una noche de lluvia. Una motocicleta se le atravesó en la Avenida Regional y, para evitarla, él giró el carro hacia el río. La llamada sonó a las 11:17 de la noche. Juliana todavía recuerda la hora porque algunas noticias parten la vida en dos y dejan el reloj detenido para siempre.

Durante los primeros meses recibió compañía. Familiares, amigos, vecinos y personas que insistían en repetir frases que parecían escritas para todas las viudas del mundo. Después, cada uno regresó a su vida normal. Ella no.

Aprendió a vivir sola. Trabajaba, visitaba a sus padres algunos domingos, salía ocasionalmente con sus amigas y regresaba temprano al apartamento. Los hombres aparecían con frecuencia con cualquier pretexto. El dueño de la cafetería le regalaba postres, el vendedor de verduras le guardaba las mejores frutas, algunos conductores de Uber prolongaban las conversaciones más de la cuenta e incluso un profesor de la universidad, recién jubilado, había intentado invitarla varias veces a salir. Juliana sonreía con amabilidad y seguía adelante. Ninguno le interesaba. O eso creía.

 En su habitación conservaba un retrato de Daniel, tomado pocos meses antes de su muerte. Era una imagen sencilla. Él estaba sentado en una silla de madera, usando una camiseta azul y sonriendo directamente a la cámara. Juliana la observaba todas las noches antes de dormir. A veces le hablaba. Le contaba cómo había estado su día, qué había pasado en el trabajo o cuál de sus amigas se había casado. Era un ritual silencioso que nunca comentó con nadie.

Con los años comenzó a notar que cada vez le costaba más acordarse de los detalles de Daniel. Intentó recordar el sonido exacto de su voz y no pudo. Intentó evocar cómo se veía caminando por la sala de la casa y tampoco. Intentó rememorar la forma en que pronunciaba su nombre cuando llegaba cansado del trabajo y fue imposible. Los recuerdos aparecían incompletos, borrosos, como fotografías desenfocadas.

 La noche de su cumpleaños por primera vez sintió miedo al mirar el retrato. Se levantó rápido de la cama y lo tomó entre las manos. Observó la sonrisa durante varios minutos. Era exactamente la misma de siempre. Perfecta. Intacta. Inmóvil. Entonces intentó recordarla sin mirar la fotografía y no pudo.

Juliana volvió a colgar el retrato en la cabecera de la cama y apagó la lámpara. Cerró los ojos. Intentó recordar el rostro de Daniel y fue imposible. Entonces abrió los ojos. Entendió que no llevaba 10 años siendo fiel a un hombre, sino a la última imagen que conservaba de él. La imagen seguía sonriendo.

viernes, 18 de agosto de 2023

El baúl de los recuerdos

 Hacía casi 8 años que Raúl no bajaba al sótano. El olor a moho siempre le pareció repugnante y fue su excusa para evadir la insistencia de Luisa de organizar aquel piso bajo. Cuando abrió la puerta para bajar las 13 escalas, frunció la nariz y sintió un extraña opresión en el pecho. Bajó con cuidado. Todo el tiempo se sintió escoltado, no acompañado, por la mujer con la que convivía hace 15 años. 

El calor del  verano era insoportable, señal directa de un cambio climático irreversible. A Raúl le pareció que la temperatura alta concentraba aún más el aroma añejo que salía desde las cajas que estaban apiladas en un caótico desorden en el piso de aquella pequeña habitación. Se preguntó la razón por la que había evitado tanto tiempo volver a ese oscuro sótano. Cuando estaba a punto de responderse, encontró el interruptor y prendió el bombillo pelado que iluminó tenuemente el silencioso sótano. 

Lo primero que vio Raúl fueron las ocho cajas, las tres sillas rotas, algunos libros, las dos bicicletas oxidadas y el pequeño baúl que estaban en el piso. Todo estaba cubierto de polvo y lleno de telarañas. Lo segundo, la cara inquisidora de Luisa, que parada a la izquierda suya, paneó con rabia la habitación de lado a lado. Lo tercero, las sombras que se proyectaban por todas partes y que ocultaban algunas carpetas con papeles olvidados en el piso. Para él, todo en aquella habitación, excepto el pequeño baúl, estaba en la categoría de "cosas viejas, reunidas en el tiempo, posiblemente útiles y valiosas, pero fácilmente botables". Para ella, no había más que basura y un baúl que nunca había visto". 

- "Qué hay en ese baúl?", preguntó Luisa. 
-  "Solo recuerdos que ya no importan", respondió Raúl.
- "Has dedicado tu vida a acumular cosas que no valen la pena", repuntó ella mientras subía las escalas para salir. Y desde la puerta, agregó: "Pide un camión y manda a botar todo esto, hasta tus recuerdos inútiles". 
-  "De acuerdo. Lo haré mañana a primera hora. Que se lleven todas estas cajas...". Y después de una pausa, mientras ponía el candado en la puerta, agregó: "Todo menos el baúl. Los recuerdos allí guardados son contigo, y algún día  podríamos necesitarlos". 


 

martes, 6 de febrero de 2018

Recuerdos peligrosos

Mientra sorbían lentamente aquel café, el último que tomaron juntos, recordaron todas las veces que estuvieron a punta de matarse: la pelea en el hotel de Nueva York cuando fueron de vacaciones a conocer la nieve y él se pasó de copas, la tarde en Buenos Aires cuando ella le descubrió en el celular una infidelidad llena de emoticones, la noche en Quito en un auto alquilado cuando ella lo amenazó con irse y él aceleró conduciendo como loco, y el día en que él le contó que se iba a Roma con Claudia supuestamente a trabajar en un proyecto fotográfico y ella enfurecida intentó herirlo con un cuchillo. El café no alcanzó para más recuerdos. Ya en el avión, en la soledad de un vuelo Bogotá-París sin tiquete de regreso, él  repasó las veces que con ella casi se muere de la risa.