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lunes, 3 de agosto de 2026

La ruta

Marcela se había demorado casi una hora escogiendo qué ponerse. Terminó usando un vestido negro elegante que casi no le gustaba. Le ajustaba la cintura, la obligaba a caminar despacio y la hacía sentir disfrazada. Sin embargo, aquella noche iba a conocer a los padres de Alonso y sabía que ciertas ocasiones exigen pequeñas incomodidades.

-Ya llegué.

Bajó las escaleras del edificio y abrió la puerta del carro. Lo primero que vio fue la camiseta. Gris. Sin cuello. La misma que Alonso usaba algunas veces cuando la recogía para llevarla a la universidad. Después le vio los tenis blancos. Y luego, la sonrisa tranquila de siempre.

- ¡Como estás de bonita! 

Marcela respondió con una sonrisa corta. Durante los primeros minutos ninguno dijo mucho. Las luces de la ciudad corrían por las ventanas mientras el tráfico avanzaba con la lentitud habitual de la noche.

- ¿Todo bien?, preguntó Alonso.
- Claro
- ¿Segura?
- Sí.

Marcela observó su reflejo en la ventana. Pensó en el tiempo que había tardado arreglándose. Pensó en el vestido. Pensó en la importancia que tenía para ella aquella presentación. Y pensó en la camiseta gris.

- ¿En serio vas a ir vestido así?, preguntó Marcela finalmente.
- ¿Así cómo?
- Pues así como estás. 

Alonso bajó la mirada un segundo.

- Pues normal.
- Claro.

La palabra salió cargada de una ironía que ya no podía esconder.

- Yo pensé que llevarme a conocer a tus papás era algo importante.
- Por supuesto que lo es.
- No parece.

Marcela conocía a los padres de Alonso únicamente por dos fotografías viejas que él guardaba en el celular. El semáforo cambió a rojo. Alonso frenó. Durante unos segundos observó la calle vacía frente a ellos.

- Marcela, ¡mis papás me conocen desde hace cuarenta años! Dijo mientras sonreía. 

Ella guardó silencio.

- Me han visto vestido para matrimonios, para entierros, para graduaciones y para trabajar debajo de camiones cuando todavía era ingeniero mecánico. Ah, y desde que me dediqué a trabajar con las aplicaciones me han visto así, de camiseta y jean, como me conoces tú. 

La luz roja seguía encendida. Alonso hizo una pausa.

- Mi problema ahora es impresionar a alguien que todavía puede irse.

Marcela miró por la ventana. La rabia no desapareció, pero ya no estaba tan segura de sus razones. El semáforo cambió a verde. Avanzaron dos cuadras más. Alonso encendió las estacionarias y se parqueó en una de las celdas al frente del edificio La Torre II.

- Llegamos.

Marcela miró alrededor. No reconoció el lugar. No era el edificio que él le había mostrado en fotografías. Y no era el barrio donde vivían sus padres. No era nada parecido.

- ¿Dónde estamos?

Alonso apagó el motor. Sonrió.

- No vamos donde mis papás.

- ¿Cómo así?

Alonso respiró profundo.

- Mis papás no viven aquí.
- ¿Entonces?

Alonso respiró profundo.

- Ellos murieron.

Marcela soltó una risa nerviosa.

- No entiendo.
- Murieron en la pandemia.

El silencio llenó el carro.

- Nunca te lo conté.

Marcela lo miró sin saber qué decir. El vestido comenzó a parecerle ridículo. La discusión también. Afuera seguía pasando la ciudad. Indiferente. Como si nada hubiera ocurrido.

Alonso arrancó. Marcela miró por la ventana. Sintió que desconocía a la mujer que se había puesto furiosa por una camiseta gris.  Afuera, los semáforos siguieron cambiando de color como si nada hubiera ocurrido.

Marcela comprendió que durante meses había conocido la ruta, el carro y las historias de Alonso. Lo único que todavía no conocía era a Alonso.



miércoles, 19 de marzo de 2025

El lector del bar

 Después de leer durante otra media hora los cuentos del blog de Jota, se levantó de la silla y pagó la cuenta en efectivo, con el dinero completo. Su trabajo con el carro en las aplicaciones le permitía mantener billetes de diferente denominación en todo momento. Metió 5.000 pesos en el tarro de propinas, se despidió en silencio levantando la mano y salió del bar. Cuando se marchó, Marcela, detrás del mostrador, sintió un alivio profundo. 

Aunque se fue desde las 8:30 p.m. la presencia de Rodrigo se sintió durante casi dos horas más. Mientras servía los licores que le pedían en esa noche, ella de vez en cuando levantaba la cabeza para mirar la silla que siempre ocupaba aquel hombre lector al que, sin saber por qué, le tenía un extraño miedo respetuoso. Aunque veía la silla vacía tenía la impresión de que alguien allí había levantado la mano para pedir otra cerveza. 

Rodrigo frecuentaba el bar hacia cuatro meses. Pasaba tres veces por semana. Llegaba temprano, saludaba, pedía siempre una cerveza helada y se sentaba a leer. A veces sonreía, en ocasiones fruncía el ceño y por momentos hacía mala cara. Era el efecto de sus silenciosas lecturas. Solo hablaba para pedir la cerveza o la cuenta. Cuando su mirada se cruzaba con la de Marcela, la sostenía 4 segundos con la cara inexpresiva, asentía con la cabeza y volvía a sus lecturas en la tableta o el celular. Cuando se cansaba de leer, hacía un paneo por el bar, volvía a mirar a Marcela, a sostener la mirada y a asentir con la cabeza. 

Ella nunca se habituó a ese primer cliente que llegaba temprano, se tomaba una o dos cervezas, leía, se iba y luego se quedaba en su mente por un buen rato. Le parecía incómodo estar a solas en el local con aquel hombre lector al frente. Muchas veces, sin decirle la razón, le pedía a su amiga Gloria que la acompañara un rato a abrir el bar. Sabía que el hombre se llamaba Rodrigo porque una vez que no trajo efectivo pagó con una transferencia y en el recibo vio su nombre. Era un cliente silencioso, que no molestaba a nadie y del que no tendría por qué querer saber nada, pero curiosamente quería saberlo todo. 

La noche del 8 de octubre, Rodrigo llegó tarde al bar. Entró acelerado, pidió la cerveza fría y contrario a su ritual habitual esta vez se la tomó de dos sorbos rápidos. No miró a Marcela, sacó el dinero y pagó con el mismo afán que entró. Se puso de pie, por primera vez no metió absolutamente nada al tarro de propinas y se dispuso rápidamente a salir.

- “¿Hoy no va a leer… Rodrigo?, preguntó Marcela, haciendo énfasis en el nombre. 

- “Tampoco le sostendré la mirada durante tres segundos”. Dijo él, mientras salía. “Y seguramente no sentirá mi presencia unas horas más. Ya los cuentos se acabaron”, agregó mientras salía.