A las 10:00 de la noche, cuando encendía el micrófono, Carolina tenía la sensación de estar abriendo un negocio que ya nadie visitaba. La emisora era una frecuencia AM que había sobrevivido a las modas, a las crisis económicas, al internet, a las plataformas digitales, a las redes sociales, a la indiferencia de los oyentes más jóvenes y la perdida de la costumbre de escuchar”.
La cabina parecía detenida en el tiempo. Las
paredes estaban forradas con cartones en los que se empacan huevos, pegadas
allí décadas atrás para mejorar la acústica. El aire acondicionado llevaba
semanas dañado y apenas lanzaba una bocanada tibia que servía de poco contra el
calor sofocante de aquellos días de mundial de fútbol. Al otro lado del vidrio
estaba Ramiro, el operador de audio, un hombre que llevaba veinte años
trabajando allí y que había perfeccionado el arte de parecer ocupado mientras
hacía cualquier cosa menos prestar atención a los programas que se emitían.
Carolina tenía 42 años y una voz amable. Leía
noticias, comentaba los resultados de los partidos, presentaba discos, hablaba con los oyentes, daba la
hora cada quince minutos y contestaba los pocos mensajes que
llegaban por la redes, y, cuando el director no estaba, se permitía regalar
consejos sentimentales a los pocos insomnes que llamaban buscando
compañía.
En la tarde, la Selección Colombia acababa de
clasificar a los cuartos de final del Mundial. La ciudad estaba celebrando.
Desde la ventana abierta del baño llegaban ecos de pólvora, motos y bocinas. Eran las 11:55 y sonó el teléfono. Carolina sonrió.
- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?”
- “Buenas noches Carolina, habla con Alfonso”.
La misma voz de siempre. Grave, pausada y educada. Llamaba todas las noches a la misma hora. Comentaba los partidos, pedía canciones viejas, corregía algún dato histórico y antes de colgar repetía siempre la misma frase: “Gracias por acompañarme otra noche y recuerden que quien entiende el momento de partir rara vez necesita explicarlo”. .
Al principio, Carolina pensó que se trataba de un jubilado
solitario. Después, se imaginó que se trataba de algún loco taciturno.
Pasados unos días, lo percibía como un oyente fiel y comenzó a esperarlo todas las noches. La llamada de Alfonso se
había convertido en una especie de ritual en su programa y la frase de despedida,
la señal ideal para mandar al corto bloque comercial sin tener que anunciarlo. .
Aquella noche hablaron de fútbol. Alfonso
recordó alineaciones antiguas de las selecciones Colombia con una precisión
sorprendente. Mencionó jugadores olvidados, narró partidos completos
como si hubiera estado en la tribuna y antes de su habitual frase de despedida puntualizó
en un detalle:
- “Sabe por qué me gusta tanto el fútbol -Carolina”
- “Porque los partidos terminan, pero las conversaciones sobre los partidos no”.
- “Ese es un buen punto, Alfonso”.
- “Mire, por ejemplo, hoy hizo exactamente el mismo calor que la noche en que escuché el partido entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de Chile 62”.
- “Así es. Ese día yo estaba escuchando esta misma emisora”.
- “Eso fue hace más de 60 años, Alfonso”.
- “Lo sé”.
Durante las semanas siguientes, las llamadas de Alfonso no faltaron. Siempre a las 11:55. Alfonso hablaba de lugares desaparecidos, de teatros demolidos, de restaurantes que ya no existían y de periodistas muertos hacía décadas. Parecía conocer demasiado bien la historia de la ciudad. Una noche mencionó a Don Iván López, un locutor legendario de la emisora. El nombre le sonaba vagamente a Carolina, pero no lograba ubicarlo. Había fallecido hacía 35 años.
- “Yo trabajé con él”, dijo Alfonso cuando volvió al aire.
- “Pues, oficialmente no, pero pasaba mucho tiempo allá en la emisora. Era como mi segunda casa”.
Al día siguiente, la locutora llegó temprano a la emisora a buscar al dueño, don Bernardo, un periodista de vieja escuela, que aparecía solo algunos días a revisar cuentas y a recordar mejores tiempos. Después de un café y algunos comentarios sobre el contenido de su programa y las dificultades de la emisora, Carolina abordó el tema que la inquietaba:
- “No sé el apellido. Usted sabe que yo solo le pregunto a los oyentes el nombre para no incomodar y ganar confianza. Hay un Alfonso que llama todas las noches; no sé si usted lo ha escuchado. Es una caja de música. Ayer al aire incluso habló de don Iván López”.
- “¿Hace cuánto?”
- “Como 30 años o más”
- “¿Y nunca volvió?”
- “No podía”
- “Por qué?”
- “Porque murió”.
- “¿Está seguro?”
- “Claro, lo acompañamos al cementerio”.
- “Puede ser”.
- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?”
- “Buenas noches Carolina, con Alfonso”.
- “Claro que sí, pero no me gustó”.
- “¿Y eso por qué?”
- “Porque los mejores partidos siempre son los que uno recuerda por años. Este no será así”.
- “¿Qué?
- “Ya puedo irme tranquilo”.
- “Porque encontré compañía”
- “Sí, ya salgo”.
- “¡Cómo que no llamó! ¿No lo escuchaste?"
- “Ese señor ha llamado todas las noches desde que yo trabajo aquí”.
- “¿Hace cuánto?”
- “hace Casi 21 años”
- “¿Y siempre llamó a las 11:55?”
- “Claro que sí, Carolina, siempre a la misma hora, menos hoy. Hoy no llamó”.