Susana
trabajaba en un café del Parque Comercial El Tesoro. Tenía 23 años, estudiaba
Ingeniería Industrial en las noches y llevaba dos semestres viviendo en una
residencia universitaria del barrio Belén. Había llegado a Medellín desde su
natal Manizales con dos maletas, una beca parcial y la promesa de no pedirles
más dinero a sus padres.
Trabajaba
todos los fines de semana y dos días entre semana. Le gustaba atender las mesas
porque le divertía observar a las personas. Había aprendido que todo el mundo
revela algo mientras espera un café: los nerviosos golpean la mesa con los
dedos; los enamorados inclinan el cuerpo hacia adelante; quienes están a punto
de terminar una relación evitan mirarse a los ojos; y los infieles casi siempre
se sientan lejos de las ventanas.
Aquella tarde
de jueves el centro comercial estaba lleno. Había feria. Afuera llovía y el
olor a café recién molido competía con el perfume de las tiendas.
Estaba
limpiando una mesa cuando vio entrar a un hombre de unos cincuenta años. Lo
reconoció de inmediato. Se llamaba Julio. Sabía su nombre no porque él se lo
hubiera dicho, sino porque llevaba casi un año yendo al café todos los martes a
las cinco de la tarde con una mujer rubia, un poco menor que él. Siempre se
sentaban en la mesa 2 y pedían lo mismo: capuchino con alfajores para ella y
americano para él. Se quedaban allí casi una hora, cada uno absorto en su
celular, y al final él pagaba con tarjeta y pedía facturación electrónica. Por
eso Susana sabía cómo se llamaba. Era una pareja predecible y fácil de recordar.
En esta
ocasión, Julio no llegó con la rubia. Vino acompañado por una mujer de cabello
negro, de unos treinta años, y un vestido azul oscuro muy elegante. Susana
también la reconoció. Era una mujer delgada, con aires de ejecutiva, que
aparecía por el café algunos jueves al final de la tarde, siempre sola y
siempre con un libro en la mano. Pedía un latte grande y permanecía dos horas
leyendo junto a la ventana. Susana sabía que se llamaba Daniela por la misma
razón que sabía el nombre de Julio.
Se sentaron en
la mesa 7, la más alejada de la zona de mayor tránsito. Susana fue de inmediato
a tomar el pedido y supo que ellos también la habían reconocido. Hubo un
instante de incomodidad. Una pausa. Una especie de silencio que parecía
demasiado grande para durar apenas dos segundos. Julio sonrió y Daniela bajó la
mirada. Susana tomó la orden evitando mostrarse demasiado curiosa.
—Dos
capuchinos con leche deslactosada —dijo él.
—Y una porción
de cheesecake —agregó ella con una voz que tembló un poco.
Durante la
siguiente hora intentó no mirarlos, pero era imposible. Hablaban poco, a veces
se tomaban de la mano y durante largos ratos guardaban silencio. No parecían
dos personas iniciando una historia, sino atrapadas dentro de una ya muy larga.
Cuando Susana
llevó la segunda ronda de café notó que Daniela tenía los ojos húmedos y que
Julio sostenía su mano sobre la mesa.
—No podemos
seguir haciendo esto —lo escuchó decir ella.
Él no
respondió. Miró primero hacia el interior del centro comercial. Después observó
la lluvia a través de la ventana. No se atrevió a mirarla a los ojos.
Susana se
alejó sintiéndose culpable por haber escuchado. Eran las siete de la noche en
punto cuando él pidió la cuenta y pagó en efectivo. Daniela se levantó primero,
llorando, y Julio salió unos minutos después, completamente descompuesto.
Susana limpió
la mesa. Notó que los pocillos seguían tibios y que la porción de cheesecake
había quedado a medio terminar. Se pasó el resto de la noche pensando en ellos:
en la rubia que venía con Julio los martes y, al mismo tiempo, en la mujer del
libro. Pensó que todas las vidas podían derrumbarse alrededor de una mesa de
café.
Cuando recogió
todo para cerrar, levantó la vista y vio que la mesa 7 seguía vacía. Nadie la
había ocupado desde las siete de la noche. Entonces notó que sobre una de las
sillas estaba olvidado el libro que Daniela llevaba aquella tarde. Lo abrió con
la intención de buscar algún teléfono o algún nombre, pero no encontró ningún
dato. Sin embargo, entre las páginas, a modo de separador, había una
fotografía.
La miró y
sonrió. No era una foto de Julio. Era una fotografía de ella misma, de Susana,
tomada desde el segundo piso del café mientras atendía las mesas. La imagen
tenía una fecha escrita al respaldo: 15 de agosto de 2027.
Impactada,
cerró el libro de golpe y miró el calendario de su celular: 7 de junio de 2026.
Cerró la caja, miró las mesas vacías y se dispuso a apagar las luces de todo el
café. Sin embargo, notó algo extraño en el piso. Debajo del asiento donde había
estado Daniela, reposaba una servilleta doblada. Fue por ella, la recogió y dudando
la abrió. Había una frase escrita en lapicero rojo:
“Todavía tienes tiempo de
devolverte a Manizales”.
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