Mostrando entradas con la etiqueta Capitán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Capitán. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de mayo de 2026

El vuelo 5728

 El avión seguía inmóvil sobre la pista y Laura ya había dejado de calcular cuánto tiempo llevaban esperando. Desde la ventanilla veía las luces que iluminaban la pista del aeropuerto perdiéndose lentamente en la neblina de la madrugada. Más allá, inmóviles, otros aviones aguardaban turno para despegar bajo una lluvia espesa que parecía caer siempre en la misma dirección.

 La voz del capitán ya había sonado tranquila dos veces:

 “Tenemos una pequeña demora por tráfico aéreo”, “En minutos estaremos despegando, estamos atentos a que nos autoricen la pista”.

 Los minutos terminaron convirtiéndose en una hora y media. Laura lo sabía porque ya había revisado seis veces el reloj de su celular. El aire empezaba a sentirse pesado. Varias personas dormían incómodas, otras miraban redes sociales con el brillo de las pantallas reflejado en la cara, una niña lloraba varias filas atrás y alguien acababa de abrir un paquete de papas fritas cuyo olor se mezcló con el del café recalentado del servicio a bordo.

 Laura ocupaba la silla 5A. Siempre que viajaba escogía ventanilla. Le gustaba sentir que tenía un lugar desde donde escapar mentalmente de la gente. Tenía 36 años, el cabello oscuro recogido en una cola desordenada y la costumbre de observar demasiado a los demás. Jorge, su exnovio, afirmaba que ella miraba a las personas como si quisiera descubrirles algo oculto.

 A su lado, en la silla 5B, viajaba un hombre de unos cuarenta años con camisa azul clara y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Desde que abordaron no había levantado la mirada del celular. Escribía mensajes larguísimos, los borraba completos y volvía a escribirlos. A veces cerraba los ojos y apretaba la mandíbula como si estuviera discutiendo mentalmente con alguien.

 En la silla del pasillo, la 5C, iba una muchacha joven, de unos 22 años, con un saco gris demasiado ancho y unos audífonos blancos enormes. Escuchaba música, pero miraba constantemente hacia todos lados. Cada cierto tiempo abría la aplicación de notas, escribía una frase corta y volvía a bloquear la pantalla.

 Durante varios minutos Laura se entretuvo imaginando sus vidas, un manera de matar el tiempo cada que los vuelos se retrasaban. Pensó que el hombre del centro iba camino a separarse de alguien o a pedir perdón demasiado tarde. Imaginó que la chica del pasillo era una estudiante universitaria que se había escapado de la casa e intentando reunir valor para no devolverse. Afuera seguía lloviendo.

 Un vehículo de equipaje pasó lentamente junto al ala izquierda del avión y luego desapareció en la neblina. Laura volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado dos horas y 15 minutos. Suspiró y cerró los ojos. Escuchó algo extraño. Abrió los ojos, miró a su lado y vio que la muchacha del pasillo estaba llorando en silencio. Laura dudó unos segundos antes de pasar la mano por encima del hombre de la silla del medio para tocarle suavemente el brazo a la chica.

 “¿Estás bien?”

 La joven se quitó los audífonos y asintió demasiado rápido.

 “Sí… qué pena. Perdón”.

 No se veía bien. Tenía los ojos hinchados y las manos le temblaban. El hombre de la silla 5B levantó por primera vez la mirada del celular, observó a la muchacha apenas un instante y volvió a bajar los ojos, incómodo. Nadie habló durante varios minutos, hasta que la joven dijo algo casi en un susurro:

 “¿Ustedes creen que a veces uno alcanza a devolverse antes de dañarle la vida a alguien?”

 Laura no supo qué responder. El hombre del centro miró de reojo hacia la ventanilla. Afuera, un avión despegó lentamente en medio de la lluvia. La muchacha soltó una risa nerviosa y volvió a mirar al frente.

 “Perdón… es que no he podido dormir desde esa noche”.

 Laura sintió un escalofrío antes de hacer la pregunta inevitable.

 “¿Qué noche?”

 La joven demoró unos segundos en responder.

 “La del accidente. ¿La recuerdan?”

 El hombre del centro levantó lentamente la cabeza y tragó saliva. La muchacha los miró a ambos como si acabara de entender algo.

 “¡Qué raro! Los tres íbamos en el mismo carro y nunca habíamos vuelto a vernos”.

 Laura sintió que el cuerpo se le enfriaba. Miró rápidamente hacia la ventanilla. La lluvia seguía cayendo sobre la pista completamente vacía. Ya no había aviones esperando. No había vehículos en movimiento. Ni una sola luz quedaba encendida en el aeropuerto.

 La voz del capitán retumbó por los altavoces:

 “Señores pasajeros les habla el comandante José Julián Zapata. Les pedimos disculpas por la demora, por causas ajenas a nuestra aerolínea. Seguimos esperando autorización para despegar”.

 Laura volvió a mirar afuera. Más allá de la ventanilla ya no se veía la pista. Solo oscuridad.