Mostrando entradas con la etiqueta aeropuerto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta aeropuerto. Mostrar todas las entradas

lunes, 14 de septiembre de 2026

El retraso

El avión debía haber despegado hacía casi cuarenta minutos. El comandante había informado que el retraso obedecía al alto tráfico aéreo en Bogotá. La explicación no había tranquilizado a nadie. Algunos pasajeros miraban el reloj, otros revisaban el teléfono sin que hubiera nada nuevo que mirar y una mujer en la fila 19 había preguntado tres veces cuánto faltaba para despegar.

En la fila 21, Juliana y Pablo conversaban hacía rato como si el avión estuviera estacionado en cualquier lugar y no a punto de completar un viaje que ya empezaba tarde.


- Yo siempre te digo que no le contestes así a tu jefe.

- No le contesté mal.

- Le dijiste que no era asunto suyo, según me cuentas. 

- Porque no era asunto suyo.

- Pero es tu jefe.

- Precisamente por eso.


Pablo sonrió.

- ¿Y qué quería?

- Que me quedara hasta más tarde

- ¿Otra vez?

- Otra vez.


Juliana sacó una botella de agua del bolso y bebió un poco.

- Además, me habló delante de todos

- ¿Qué te dijo?

- Que últimamente estaba desconcentrada.


Pablo dejó de sonreír.

- ¿Y lo estás?


Juliana lo miró.

- Un poco.

- ¿Por qué?


Ella se encogió de hombros.

- No sé.


Pablo volvió la mirada hacia la ventanilla.

- ¿Iván sigue en el mismo piso?


Juliana lo observó durante unos segundos.

- Sí.

- ¿Y sigue con la oficina al lado de la sala de juntas?

- Sí. ¿Por qué?

- Por nada.


Juliana frunció el ceño.

- Últimamente preguntas mucho por Iván. 

- ¿Yo?

- Sí.


Pablo sonrió.

- Será que me cae mal.


El avión permanecía inmóvil. Una auxiliar pasó por el pasillo y pidió a los pasajeros que mantuvieran los cinturones abrochados. Alguien, dos filas adelante, dejó escapar un suspiro de impaciencia.


Juliana volvió a hablar.

- Es insoportable.

- ¿Iván?

- Sí. 

- ¿Sigue usando esos perfumes que anuncian su llegada diez minutos antes?

Juliana soltó una risa.

- Todavía.

- Te incomoda mucho, ¿cierto? 

- A veces siento que está esperando que cometa un error para sacarme.

- ¿Y ha pasado algo más?

- No.

- ¿Segura?

Sí, Pablo.


Él asintió. Después cambiaron de tema. Hablaron de Bogotá, del hotel en el que se quedarían esa noche y de un restaurante que Juliana quería conocer. Discutieron unos minutos sobre si al día siguiente tendrían tiempo de visitar a unos amigos. Pablo dijo que sí. Juliana dijo que no.


Cuando finalmente el avión comenzó a moverse hacia la pista, varios pasajeros se acomodaron en sus asientos. La mujer de la fila 19 volvió a mirar el reloj.


Juliana tomó la mano de Pablo.

- ¡Por fin!


Él entrelazó los dedos con los de ella. Durante el despegue ninguno volvió a hablar.


Una hora después, cuando el avión comenzó a descender sobre Bogotá, Juliana se acomodó el cabello y miró por la ventanilla.

- ¿Trajiste el abrigo?

- Sí.

- ¿Dónde?

- En la maleta.

- Entonces vas a tener frío.

- Ya veremos.


Pablo sonrió. El avión tocó tierra. Los pasajeros comenzaron a levantarse apenas se apagó la señal del cinturón. Pablo esperó sentado mientras Juliana sacaba su bolso del compartimiento superior.


Un hombre que venía desde las filas traseras caminó lentamente por el pasillo. Al llegar a la fila 21, disminuyó el paso. Era Iván. Antes de verlo, Pablo reconoció el perfume.


Juliana lo reconoció inmediatamente.

- ¡Iván!


Él se detuvo.

- Hola, Juliana.


Pablo levantó la mirada. Por un instante los tres permanecieron en silencio.

- ¿También vienes para Bogotá?, preguntó Juliana.


Iván miró a Pablo.

- Sí, sí.

- Qué coincidencia.


Iván sonrió.

- Sí. Qué coincidencia.


Continuó hacia la salida, mientras Juliana volvió a acomodar su bolso.

- Qué raro que no me hubiera dicho que viajaba hoy.


Pablo no respondió.

- ¿Pablo?

- ¿Qué?

- Te quedaste mirando.

- No.

- Sí.


Pablo tomó su maleta.

- Vamos.


Salieron del avión detrás de los demás pasajeros. Bajaron la escaleras hacia la zona de las maletas. Iván esperaba solo. Cuando vio acercarse a Pablo, miró hacia atrás.


Juliana estaba unos metros más adelante, buscando su equipaje.


Iván habló en voz baja.

- ¿Ya le dijiste?


Pablo negó con la cabeza.

- ¿Y piensas que debe seguir sin saber?


Pablo miró hacia donde estaba Juliana.

- No es el momento.


Iván guardó silencio.

- No para siempre, dijo.


Pablo no respondió. Juliana levantó la mano desde la banda. 

- ¡Pablo!


Él se volvió.

- Ya voy.


Iván se hizo a un lado y dejó que pasaran. Juliana tomó el brazo de Pablo.

- ¿Qué te dijo?


Pablo la miró.

- Nada.


Juliana pareció creerle. Pablo tomó la maleta y siguió caminando. Por primera vez desde Medellín, el retraso ya no estaba en el avión.

lunes, 25 de mayo de 2026

El vuelo 5728

 El avión seguía inmóvil sobre la pista y Laura ya había dejado de calcular cuánto tiempo llevaban esperando. Desde la ventanilla veía las luces que iluminaban la pista del aeropuerto perdiéndose lentamente en la neblina de la madrugada. Más allá, inmóviles, otros aviones aguardaban turno para despegar bajo una lluvia espesa que parecía caer siempre en la misma dirección.

 La voz del capitán ya había sonado tranquila dos veces:

 “Tenemos una pequeña demora por tráfico aéreo”, “En minutos estaremos despegando, estamos atentos a que nos autoricen la pista”.

 Los minutos terminaron convirtiéndose en una hora y media. Laura lo sabía porque ya había revisado seis veces el reloj de su celular. El aire empezaba a sentirse pesado. Varias personas dormían incómodas, otras miraban redes sociales con el brillo de las pantallas reflejado en la cara, una niña lloraba varias filas atrás y alguien acababa de abrir un paquete de papas fritas cuyo olor se mezcló con el del café recalentado del servicio a bordo.

 Laura ocupaba la silla 5A. Siempre que viajaba escogía ventanilla. Le gustaba sentir que tenía un lugar desde donde escapar mentalmente de la gente. Tenía 36 años, el cabello oscuro recogido en una cola desordenada y la costumbre de observar demasiado a los demás. Jorge, su exnovio, afirmaba que ella miraba a las personas como si quisiera descubrirles algo oculto.

 A su lado, en la silla 5B, viajaba un hombre de unos cuarenta años con camisa azul clara y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda. Desde que abordaron no había levantado la mirada del celular. Escribía mensajes larguísimos, los borraba completos y volvía a escribirlos. A veces cerraba los ojos y apretaba la mandíbula como si estuviera discutiendo mentalmente con alguien.

 En la silla del pasillo, la 5C, iba una muchacha joven, de unos 22 años, con un saco gris demasiado ancho y unos audífonos blancos enormes. Escuchaba música, pero miraba constantemente hacia todos lados. Cada cierto tiempo abría la aplicación de notas, escribía una frase corta y volvía a bloquear la pantalla.

 Durante varios minutos Laura se entretuvo imaginando sus vidas, un manera de matar el tiempo cada que los vuelos se retrasaban. Pensó que el hombre del centro iba camino a separarse de alguien o a pedir perdón demasiado tarde. Imaginó que la chica del pasillo era una estudiante universitaria que se había escapado de la casa e intentando reunir valor para no devolverse. Afuera seguía lloviendo.

 Un vehículo de equipaje pasó lentamente junto al ala izquierda del avión y luego desapareció en la neblina. Laura volvió a mirar el reloj. Ya habían pasado dos horas y 15 minutos. Suspiró y cerró los ojos. Escuchó algo extraño. Abrió los ojos, miró a su lado y vio que la muchacha del pasillo estaba llorando en silencio. Laura dudó unos segundos antes de pasar la mano por encima del hombre de la silla del medio para tocarle suavemente el brazo a la chica.

 “¿Estás bien?”

 La joven se quitó los audífonos y asintió demasiado rápido.

 “Sí… qué pena. Perdón”.

 No se veía bien. Tenía los ojos hinchados y las manos le temblaban. El hombre de la silla 5B levantó por primera vez la mirada del celular, observó a la muchacha apenas un instante y volvió a bajar los ojos, incómodo. Nadie habló durante varios minutos, hasta que la joven dijo algo casi en un susurro:

 “¿Ustedes creen que a veces uno alcanza a devolverse antes de dañarle la vida a alguien?”

 Laura no supo qué responder. El hombre del centro miró de reojo hacia la ventanilla. Afuera, un avión despegó lentamente en medio de la lluvia. La muchacha soltó una risa nerviosa y volvió a mirar al frente.

 “Perdón… es que no he podido dormir desde esa noche”.

 Laura sintió un escalofrío antes de hacer la pregunta inevitable.

 “¿Qué noche?”

 La joven demoró unos segundos en responder.

 “La del accidente. ¿La recuerdan?”

 El hombre del centro levantó lentamente la cabeza y tragó saliva. La muchacha los miró a ambos como si acabara de entender algo.

 “¡Qué raro! Los tres íbamos en el mismo carro y nunca habíamos vuelto a vernos”.

 Laura sintió que el cuerpo se le enfriaba. Miró rápidamente hacia la ventanilla. La lluvia seguía cayendo sobre la pista completamente vacía. Ya no había aviones esperando. No había vehículos en movimiento. Ni una sola luz quedaba encendida en el aeropuerto.

 La voz del capitán retumbó por los altavoces:

 “Señores pasajeros les habla el comandante José Julián Zapata. Les pedimos disculpas por la demora, por causas ajenas a nuestra aerolínea. Seguimos esperando autorización para despegar”.

 Laura volvió a mirar afuera. Más allá de la ventanilla ya no se veía la pista. Solo oscuridad.

domingo, 8 de mayo de 2011

Aeropuerto

A las 11 y 17 de la noche pregunté por última vez. "No es problema nuestro, señor, ya le dije que el aeropuerto de su destino estuvo cerrado toda la tarde y eso retrasó todos los vuelos", indicó la auxiliar de tierra, mientras corregía algo en su peinado. "En unos 40 minutos estaremos llamando a bordo", agregó. Mi cita con el destino era a las 8:00. Ya tenía tres horas de retraso y con lo del vuelo serían casi cinco. Ese tipo de cosas no suelen ocurrir porque sí, las coincidencias son encuentros del destino previamente establecidos. En ese instante tomé una decisión pragmática: el destino tendrá que esperar.