El avión debía haber despegado hacía casi cuarenta minutos. El comandante había informado que el retraso obedecía al alto tráfico aéreo en Bogotá. La explicación no había tranquilizado a nadie. Algunos pasajeros miraban el reloj, otros revisaban el teléfono sin que hubiera nada nuevo que mirar y una mujer en la fila 19 había preguntado tres veces cuánto faltaba para despegar.
En la fila 21, Juliana y Pablo conversaban hacía rato como si el avión estuviera estacionado en cualquier lugar y no a punto de completar un viaje que ya empezaba tarde.
- Yo siempre te digo que no le contestes así a tu jefe.
- No le contesté mal.
- Le dijiste que no era asunto suyo, según me cuentas.
- Porque no era asunto suyo.
- Pero es tu jefe.
- Precisamente por eso.
Pablo sonrió.
- ¿Y qué quería?
- Que me quedara hasta más tarde
- ¿Otra vez?
- Otra vez.
Juliana sacó una botella de agua del bolso y bebió un poco.
- Además, me habló delante de todos
- ¿Qué te dijo?
- Que últimamente estaba desconcentrada.
Pablo dejó de sonreír.
- ¿Y lo estás?
Juliana lo miró.
- Un poco.
- ¿Por qué?
Ella se encogió de hombros.
- No sé.
Pablo volvió la mirada hacia la ventanilla.
- ¿Iván sigue en el mismo piso?
Juliana lo observó durante unos segundos.
- Sí.
- ¿Y sigue con la oficina al lado de la sala de juntas?
- Sí. ¿Por qué?
- Por nada.
Juliana frunció el ceño.
- Últimamente preguntas mucho por Iván.
- ¿Yo?
- Sí.
Pablo sonrió.
- Será que me cae mal.
El avión permanecía inmóvil. Una auxiliar pasó por el pasillo y pidió a los pasajeros que mantuvieran los cinturones abrochados. Alguien, dos filas adelante, dejó escapar un suspiro de impaciencia.
Juliana volvió a hablar.
- Es insoportable.
- ¿Iván?
- Sí.
- ¿Sigue usando esos perfumes que anuncian su llegada diez minutos antes?
Juliana soltó una risa.
- Todavía.
- Te incomoda mucho, ¿cierto?
- A veces siento que está esperando que cometa un error para sacarme.
- ¿Y ha pasado algo más?
- No.
- ¿Segura?
Sí, Pablo.
Él asintió. Después cambiaron de tema. Hablaron de Bogotá, del hotel en el que se quedarían esa noche y de un restaurante que Juliana quería conocer. Discutieron unos minutos sobre si al día siguiente tendrían tiempo de visitar a unos amigos. Pablo dijo que sí. Juliana dijo que no.
Cuando finalmente el avión comenzó a moverse hacia la pista, varios pasajeros se acomodaron en sus asientos. La mujer de la fila 19 volvió a mirar el reloj.
Juliana tomó la mano de Pablo.
- ¡Por fin!
Él entrelazó los dedos con los de ella. Durante el despegue ninguno volvió a hablar.
Una hora después, cuando el avión comenzó a descender sobre Bogotá, Juliana se acomodó el cabello y miró por la ventanilla.
- ¿Trajiste el abrigo?
- Sí.
- ¿Dónde?
- En la maleta.
- Entonces vas a tener frío.
- Ya veremos.
Pablo sonrió. El avión tocó tierra. Los pasajeros comenzaron a levantarse apenas se apagó la señal del cinturón. Pablo esperó sentado mientras Juliana sacaba su bolso del compartimiento superior.
Un hombre que venía desde las filas traseras caminó lentamente por el pasillo. Al llegar a la fila 21, disminuyó el paso. Era Iván. Antes de verlo, Pablo reconoció el perfume.
Juliana lo reconoció inmediatamente.
- ¡Iván!
Él se detuvo.
- Hola, Juliana.
Pablo levantó la mirada. Por un instante los tres permanecieron en silencio.
- ¿También vienes para Bogotá?, preguntó Juliana.
Iván miró a Pablo.
- Sí, sí.
- Qué coincidencia.
Iván sonrió.
- Sí. Qué coincidencia.
Continuó hacia la salida, mientras Juliana volvió a acomodar su bolso.
- Qué raro que no me hubiera dicho que viajaba hoy.
Pablo no respondió.
- ¿Pablo?
- ¿Qué?
- Te quedaste mirando.
- No.
- Sí.
Pablo tomó su maleta.
- Vamos.
Salieron del avión detrás de los demás pasajeros. Bajaron la escaleras hacia la zona de las maletas. Iván esperaba solo. Cuando vio acercarse a Pablo, miró hacia atrás.
Juliana estaba unos metros más adelante, buscando su equipaje.
Iván habló en voz baja.
- ¿Ya le dijiste?
Pablo negó con la cabeza.
- ¿Y piensas que debe seguir sin saber?
Pablo miró hacia donde estaba Juliana.
- No es el momento.
Iván guardó silencio.
- No para siempre, dijo.
Pablo no respondió. Juliana levantó la mano desde la banda.
- ¡Pablo!
Él se volvió.
- Ya voy.
Iván se hizo a un lado y dejó que pasaran. Juliana tomó el brazo de Pablo.
- ¿Qué te dijo?
Pablo la miró.
- Nada.
Juliana pareció creerle. Pablo tomó la maleta y siguió caminando. Por primera vez desde Medellín, el retraso ya no estaba en el avión.