Mostrando entradas con la etiqueta Milena. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Milena. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de mayo de 2026

El trancón

A las 5:07 de la tarde Daniel apenas había avanzado 500 metros desde el Centro Comercial San Diego. La fila de carros subía lentamente por la Avenida Las Palmas como una serpiente de luces rojas atrapada entre la montaña y la ciudad. Empezaba a oscurecer y la llovizna convertía el parabrisas en una película borrosa de motos, buses y árboles húmedos.

Puso el carro en neutro, se aflojó la corbata y abrió la lista de pendientes. Decidió aprovechar la hora del trancón para terminar sus tareas. Llamó primero a un proveedor de empaques en Rionegro. Después al vendedor de la zona sur. Luego a Mauricio, para reclamarle por unos pedidos mal despachados. Más tarde habló con la contadora, con dos clientes y hasta con su jefe, que aprovechó para recordarle los resultados flojos del mes y preguntarle si ya había organizado la reunión del viernes.

Mientras hablaba, el trancón avanzaba por impulsos mínimos. Cincuenta metros, frenar, otros cien, frenar otra vez. Cuando colgó la última llamada miró el reloj. Había pasado casi una hora y no había llegado a la entrada del Túnel de Oriente para irse a su casa en las cercanías del aeropuerto. 

La fila seguía detenida. Algunos motociclistas subían entre los carros como insectos desesperados. Una ambulancia sonaba a lo lejos sin encontrar espacio. Daniel apagó el radio y dejó caer la cabeza contra el espaldar. Fue entonces cuando pensó en Milena.

Hacía cuatro meses que no se veían y llevaban seis semanas sin hablar. Daniel no había sido capaz de terminar la relación, pero tampoco de sostenerla. Cuando estaban juntos, dormían abrazados como si el mundo afuera se estuviera cayendo. Cuando se separaban, ambos parecían recuperar el aire. Miró varias veces el nombre de Milena en la pantalla sin decidirse a marcar. Recordó sus manos sobre su pecho y el lunar pequeño debajo del hombro izquierdo. También vino a su mente la manera en que ella le dañaba cualquier intento de calma.

Tragó saliva, bebió agua del termo y finalmente marcó. El teléfono sonó varias veces hasta que se fue al buzón de voz. Daniel esperó mirando las luces intermitentes del carro de adelante. Sin pensarlo mucho volvió a marcar de inmediato. Otra vez a buzón. Sintió un vacío caliente en el estómago. Tamborileó los dedos sobre el volante mientras la fila avanzaba doscientos metros más. Se desesperó y volvió a marcar. A buzón de voz. Se hizo a la orilla para que pasara la ambulancia. Dejó pasar cinco minutos y se decidió a marcar de nuevo. Estaba decidido a no escuchar el mensaje que mandaba al buzón. Marcó, esperó a que repicara varias veces y esta vez colgó antes de que entrara la llamada al buzón.

 Daniel se quedó quieto mirando el celular entre sus manos, la lluvia deslizándose lentamente por el parabrisas y las luces rojas de la fila interminable de carros delante de él. Sintió el zumbido de una motocicleta pasar muy cerca y luego otra vez el silencio espeso del trancón detenido en la montaña. 

 Treinta segundos después, entró una llamada. Miró la pantalla ilusionado, creyendo por un instante que era Milena devolviéndole la llamada. Pero no, era su propio número llamándolo. La fotografía del contacto que aparecía en la pantalla no era la suya: sino una de Milena dormida en el asiento del copiloto de ese mismo carro.