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lunes, 9 de febrero de 2026

Vodka

Santiago trabajaba en la licorera. Al lado había una tienda de mascotas en la que vendían todo tipo de alimentos y juguetes para perros y gatos. No había nada que Santiago no conociera, pues desde que tenía uso de razón había vivido acompañado por algún animal; Vodka, a la que aún le guardaba luto, había sido el último de ellos. En la acera del frente, un habitante de calle, sentado en cuclillas, inmóvil, comía las sobras recuperadas de la caneca de la basura del restaurante ubicado en la mitad de la cuadra. Y a su lado, estaba el casino en el que unos 15 personas mataban el tiempo jugándose el dinero de la quincena con cara de angustia y de frustración. 

Eran las 6:30 de la tarde. La tarde se rendía, el cielo bajaba la voz y la noche empezaba a entrar para quedarse. Una chica, de unos 16 años, con una minifalda muy corta, un vapeador, una mirada felina y unos audífonos tipo casco, se acercó para pedir una botella de ron. Santiago, tratando de mirarla a los ojos y no a las piernas, le dijo que podía vendérsela si tenía un documento que demostrara su mayoría de edad.  La chica dio media vuelta, y sin decir nada, salió de la licorera meneando el cuerpo a manera de baile provocador al ritmo de algún tema musical que llevaba en sus audífonos. Giró la cabeza y miró coquetamente a Santiago, antes de salir despacio para cruzar la calle. 

Santiago dudó un momento. Quiso salir de inmediato para mirar qué camino tomaba la chica de la minifalda. Se demoró unos segundos mientras cogía su teléfono celular y salir a la puerta. Vio al habitante de calle al frente, a dos señoras que salían de casino con cara de perdedoras y a la dependiente de la tienda de mascotas, bajando la reja para cerrar con candado. Miró a los dos lados de la calle, repasó la acera del frente y no vio ningún rastro de la chica. Intrigado, le preguntó a la mujer de la tienda de mascotas: 

- "Disculpa. ¿Viste qué camino tomó la chica de la minifalda corta, el vapeador y los cascos, que acaba de salir de la licorera?".

- "¿Cuál chica?", preguntó extrañada la señora de la tienda de mascotas.

- "La que acaba de salir de acá. Hace unos 20 segundos nada más".

- "¡No Santiago, la única que salió de ahí hace un momentico fue una gata callejera que se amañó en la cuadra porque yo le di comida. Se subió al techo. Ahí debe estar!"   


miércoles, 29 de abril de 2020

Infierno entre rones

Santiago llegó temprano y medio borracho. Valentina lloraba en la biblioteca, angustiada, después de leer uno de los 198 cuentos que tenía su página preferida. Santiago entró con una botella de ron ya destapada. Bebieron juntos de a dos tragos  antes de qué él le preguntara por qué lloraba. Ella le mintió respondiendo que no le dolía nada. Solo el alma, pensó; pero nunca lo dijo. 

Hacía ya tres años que Valentina se había desentendido de los negocios de su esposo. Era la mitad del tiempo en el que él se había distanciado del los problemas de ella. Sostuvieron una discusión que duró seis rones más, es decir, casi cuarenta minutos. Santiago, ya salido de casillas, le volvió a reprochar su llanto. Ella, ya entrada en un estado de ebriedad, volvió a mentirle. Insistió en la idea de que no tenía nada especial. Solo que se quemaba en un infierno sin que él lo notara, pensó; pero tampoco lo dijo.  Santiago se quedó dormido intentando hablar. A ella el calor no la dejó dormir.  

lunes, 24 de febrero de 2020

la novela inacabada

Santiago sintió que las palabras para Luciana se le habían acabado al mismo tiempo que el sentimiento que sentía por ella. Ya no la soñaba. Tampoco la añoraba. Cuando la veía, lo llenaba un sentimiento de culpa. No quería hablarle. Ella también sentía que estaba aferrada él solo por nostalgia, pero no quería decírselo. Trabajaban en la misma oficina, salían a la misma hora, y aunque ambos inventaran excusas para evitarse, por alguna coincidencia extraña, terminaban saliendo juntos. Se miraban, se cruzaban monosílabos y pasaban la noche juntos. 

El último lunes del mes, Santiago decidió dar el paso que ambos estaban esperando. Sin dramas y sin muchas explicaciones, le terminó. Luciana sonrió, bajo la mirada, le dijo que entendía perfectamente la decisión y le pidió que le dejara como recuerdo el libro grueso que tenía en su mesa de noche. Desde ese mismo día no volvió a la oficina. Renunció al trabajo. Se sentó en su cuarto a ver pasar las letras de una novela que nunca terminará de leer.