Isabel
y Vicente entraron al bar y en quince minutos se tomaron media botella de
aguardiente. Él no quería hablar y ella necesitaba verlo. Ambos tenían una
extraña sed de licor. Isabel le rogó que fuera y Vicente se encontró con ella
en el callejón sin ganas de nada. Los dos creían que tenían mucho de qué
conversar, pero lo único diciente entre ambos fueron las miradas de sorpresa de
ella y las de rabia de él. Sentados, uno frente al otro, evitando mirarse de
frente, parecían más un matrimonio tedioso que dos personas maduras con una
relación intensa y estable hacía más de tres años. Bebieron a una gran
velocidad.
El local se llenó antes de lo habitual. Isabel trató de romper lo
que para ella era el momento más tenso que habían tenido en todo el tiempo que llevaban
juntos proponiendo salir a caminar un rato. Vicente se bebió los últimos dos
tragos que quedaban en la botella como si fueran agua, pidió la cuenta y sacó
su tarjeta para pagarla; pero Isabel no lo dejó, con el argumento de que era
ella la que había invitado esa noche.
Afuera hacía frío. Vicente se puso sobre los hombros la chaqueta
café que ella le regaló en su último cumpleaños, se metió las manos en los
bolsillos del pantalón y caminó un largo trayecto al lado de Isabel, sin hablar
absolutamente nada. Anduvieron sin rumbo por las calles estrechas del centro
histórico de la ciudad, pasaron por el muelle y se dirigieron al popular barrio
López. Habían caminado casi una hora y el silencio era total.
Cuando vieron la iglesia de San Sebastián al frente, Vicente no
pudo más rompió su silencio.
-“¿No vas contarme nada, verdad?”
Isabel miró al piso, caminó un poco más rápido y pasó al frente.
Respondió sin mirarlo y dirigiendo la voz hacia la puerta principal de la
iglesia.
- “No se cuenta lo que ya se sabe”. Lo dijo en voz baja pero
perceptible.
Una hora después habían regresado por el mismo camino recorrido
hasta la puerta del bar. Isabela se detuvo, miró a Vicente a los ojos y, sin
querer, se le salieron dos lágrimas.
- "Ni una palabra en toda la noche, justo el día que más
necesario era hablar", dijo Vicente, mientras se quitaba la chaqueta y se disponía
a entrar.
- "Hay palabras que pueden matar, inclusive las que no se
dicen", respondió Isabela.
Esa noche en el Bar se embriagaron tanto que al día siguiente no
recordaron nada.
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