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domingo, 18 de enero de 2026

La niña bonita

 - “Vea pues, otra vez frente al mar”, murmuró Daniel mientras se acomodaba en la silla, bajo la carpa, con un libro en las piernas y una lata de cerveza en la mesita. De fondo, se escuchaban las notas de “niña bonita” del Binomio de Oro, un vallenato que le evocó sus años juveniles en los 80s, que le hizo recordar sin saber por qué a la Jennifer de los “dos miles” y que le generó algunas emociones extrañas. “¿A quién no le gusta tu sonrisa, de niña bonita, de mujer bonita?”. El sonido llegaba de otra carpa azul, a unos 100 metros de donde él se encontraba.

Se puso de pie, permaneció inmóvil por unos segundos, se sintió algo mareado, se encorvó un poco y decidió caminar lentamente hasta la orilla del mar mientras tarareaba “Cuánto yo quisiera / Tenerte a mi lado / Dame una esperanza / Que me he enamorado”.

Frente a él estaba el Mar Caribe en todo su esplendor. El campo visual llegaba hasta un barco que parecía un conector de la superficie de agua con el firmamento. Pensó en la infinidad. Se puso nostálgico. Recordó a todas las personas cercanas que habían fallecido y también a las que alguna vez lo habían abandonado. Exploró los sentimientos cruzados que le generaba aquella canción que ya había llegado a su final. Se sentó y lloró con la imagen de Jennifer en mente.

Sintió el viento en la piel, observó a dos niños que construían un castillo de arena, vio pasar a los vendedores de dulces, de flotadores y de ceviches. Luego fijó la mirada en la cresta de las olas que venían hacia él. Se pasó un rato largo detallando sus formas y sus secuencias repetidas cuando se le acercaban, distribuidas irregularmente en el espacio y en el tiempo.

Miró a su alrededor. Para todas aquellas personas que estaban en la playa, todavía era diciembre. Para Daniel solo era un mes más sin Jennifer, la mujer que ni murió ni lo abandonó. “Con ella no habrá secuencia, nada se repetirá”, pensó. Lo remordió recordar que la había dejado ir mucho antes de encontrarle sentido a la historia de aquella canción.

miércoles, 19 de febrero de 2025

El existencialista

- "El existencialismo fue básicamente una respuesta a la incertidumbre y al caos del mundo", afirmó Manuel, mientras la miraba a los ojos y se tapaba un poco las piernas de ambos con el borde de la sábana, dejando los cuerpos desnudos. "Sartre, Camus y Simone de Beauvoir coincidieron al plantear que la existencia precede a la esencia", continuó en su disertación. 

Martina disfrutaba demasiado aquellos monólogos filosóficos un poco dispersos y la mayoría de las veces inútiles para ella, un arquitecta dedicada a la construcción de unidades residenciales de casas en el oriente del departamento. Muchas veces, no le entendía casi nada, pero el solo hecho de tener a Manuel tan cerca y saber que hablaba solo para ella le generaba una placer particular que no podía ocultar en su rostro. 

- "Es que los seres humanos no nacemos con un propósito definido; somos nosotros mismos los que le damos el sentido a nuestras vidas con nuestras decisiones y acciones. Y claro, es una libertad que tiene un costo muy alto que la pagamos en cuotas de angustia", continuó Manuel. 

- "¡Tú cómo sabes de cosas!", afirmó Martina en tono coqueto, mientras le acariciaba el cabello con las manos y acercaba sus labios húmedos al pecho del ensimismado filósofo. Daba lo mismo que le respondiera o no, la mayoría de las veces no lo hacía cuando ella lo interpelaba; pero ella amaba tanto sus palabras como sus desatenciones, sus rechazos y sus silencios. Estaba profundamente enamorada de aquel filósofo desarreglado y medio vago, que se la pasaba todos los días entre bibliotecas universitarias y bares bohemios del centro de la ciudad. 

Manuel terminó la cerveza que tenía en el vaso, ignoró la pregunta y continuó hablando. "Nacemos sin un propósito. Nos definimos a través de nuestras elecciones, ejerciendo nuestra libertad absoluta, que más que un privilegio es una carga". 

Martina era consciente de que se había enamorado de él por sus defectos, por su lado oscuro y por su parte más difícil: su fanatismo filósofo hasta en los momentos de intimidad. Tendida en la cama, siguió escuchando el discurso de Manuel, que empezó a caer en conceptos difusos para ella, que sabía que empezaba a amanecer y que muy pronto tendría que irse a su oficina en la constructora, al otro lado de la ciudad.

- "La vida es un absurdo porque los hombres queremos encontrarle sentido en un universo diferente",  expresó Manuel mientras subía el tono de la voz, "y es justamente la falta de respuestas es lo que nos sume en una profunda crisis existencial", sentenció. Era justo esa vehemencia con la que cerraba sus reflexiones lo que aumentaba la admiración de Martina. 

Lo contempló una vez más. Aprovechó el silencio contemplativo en que cayó él por unos minutos para repasarlo de la cabeza a los pies. Mientras lo miraba, entendió que realmente lo amaba sin una razón particular. Era muy poco lo sabía de él, excepto que tenía formación filosófica y que dictaba algunas clases de epistemología en las universidades del centro. 

Con sutileza, le quitó la sábana de los pies y empezó a acariciarlo en la parte baja del pecho. Se subió a su cuerpo, lo miró a los ojos y le dijo al oído: "no quiero saber más del existencialismo... Solo quiero que sepas que mi único deseo es existir en ti". Aquella mañana volvió a llegar tarde al trabajo oliendo a cerveza.