martes, 14 de abril de 2020

Engañados

María Fernanda siempre supo que Sebastián era un detective. Lo había investigado desde el día que lo conoció en la Universidad. Se sentía feliz de haberlo engañado en su oficio. Le hacía feliz saber que él nunca sospechó que ella lo supiera. Cada que ella salía de sus clases de noveno semestre, Sebastián la acechaba. Lo hizo durante dos meses. Según él, era el tiempo suficiente para conocer los secretos de sus perseguidos. Esa noche estarían de celebración. Habían pasado exactamente seis meses desde que se cruzaron por primera vez en la fila de la cafetería de la Facultad de Derecho.  La cita era en un bar de la calle 63, muy cerca a la Universidad.  

Ella se salió de la clase una hora antes de terminar. Caminó despacio por algunas calles del centro. Paseó para él. Coqueteó con su cabello en cada tienda en la que se detuvo a mirar vitrinas. Se sentía plena sabiendo que Sebastián se había condenado a seguirla. Intentó descubrirlo entre  la gente para saludarlo con sorpresa y cumplir una fantasía. Le admiraba que se escondiera tan bien. Llegó hasta el centro de un parque y le hizo una llamada. Dio un giro de 360 grados para tratar descubrirlo mientras hablaba con él. Nunca lo vio. Él le juró que llegaría a tiempo. Le dijo que estaba en la oficina de su padre, donde él era gerente comercial. Con una risa en los labios María Fernanda se fue al bar de la cita y allí lo esperó. No llegó esa noche. No volvió a aparecer. Había descubierto su engaño y nunca se lo perdonó. 

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