sábado, 10 de enero de 2026

Pesadilla

La última lágrima rodó por su mejilla justo cuando el arcoíris se posaba sobre la montaña. El aguacero afuera había sido tan fuerte que cada gota parecía una cascada cayendo del cielo. Por dentro, fue peor, había sido torrencial y largo. 

Rafael lloró sin consuelo toda la tarde y en la noche durmió tanto que perdió la noción del tiempo. Habían pasado casi tres días, pero él creía que había sido solo uno. Su sueño había sido profundo y demasiado confuso: se mezclaron monstruos que lo perseguían, el abandono de su padre cuando tenía 12 años, un café donde Charly que le supo muy amargo, precipicios que lo asustaban, una ansiedad por comer en abundancia en la hamburguesería cercana a su casa y una imagen difusa de Elizabeth tomando un avión. 

Lo despertó la vigesimoctava llamada consecutiva de Eliza, pero él no entendía absolutamente nada de lo que estaba pasando, a excepción de su convicción errónea de que afuera se vivía una mañana dominical. La llamada se fue a buzón. Trató de ubicarse. Para él, era domingo, había tenido un sueño muy raro y recordó que el largo llanto de toda la tarde había sido porque descubrió el engaño de Elizabeth. Miró por la ventana y vio que estaba lloviendo. 

Una vez más sonó el teléfono, pero esta vez era el número fijo de su apartamento. Le pareció extraño porque a ese número solo lo llamaban de los bancos, pero era domingo. Puso el altavoz y espero casi 10 segundos a que alguien hablara.    

- "¿Aló, Rafa?, escuchó en el auricular. Era ella. "¿Qué pasó contigo por Dios? ¿Estás enfadado?, aunque no sabría concretamente cuáles son las razones. ¿Te pasa algo que no quieras contarme? Tengo claro que algo anda mal, pero por favor, dime qué pasa", dijo con voz temblorosa. "Desapareciste del mundo sin decir siquiera a dónde ibas. La verdad, todos quedamos alarmados. En tu oficina te están esperando impacientes. Hasta te llamé anoche al pueblo y obviamente tu mamá se quedó muy extrañada", continuó. 

Elizabeth hizo una pausa, pero no hubo ninguna palabra de Rafael.  .  

- "¿No quieres escucharme, cierto? No sé qué hice, no entiendo por qué estás así. Solo estoy muy preocupada por la forma en que te fuiste y porque desapareciste extrañamente. Te hemos buscado por todos lados. Hasta íbamos a ir hoy a forzar la puerta de tu apartamento. Si hay malo que yo haya hecho puedo explicarlo. Siempre me has dicho que todos cometemos errores, que a veces ni cuenta nos damos, pero que hay muchas cosas en la vida que no pueden interpretarse sin contexto. Dame al menos un chance de que hablemos. ¿Te parece si no vemos?

Al otro lado de la línea solo continuó el silencio.

- "Sé que estás ahí, y que si no me cuelgas es porque hay algo en el fondo de ti que me cree. Solo respóndeme si quieres escucharme. Te quito solo unos minutos, lo prometo", siguió ella con una voz más segura y casi imponente.

 La nueva pausa intencionada tampoco tuvo interlocutor. 

 - "Te propongo lo siguiente: nos vemos en una hora en El Café de Charly. En la misma mesa de siempre. Solo serán uno minutos, me escuchas y te vas. ¿De acuerdo?, ¿te parece?, ¿Rafa? ¿me oyes? Ninguna de las cuatro preguntas tuvo respuesta. "Está bien. Yo igual voy para el café. En una hora estaré allá esperándote. Si no vas, no te buscaré más. Solo quiero saber qué pasa y sobre todo, saber cómo estás. ¿de acuerdo?".  

 Después de otro largo silencio. Rafael colgó el teléfono. Se sentó en la cama y caviló un rato. "¡Qué tonta!", pensó. "El Café de Charly no lo abren los domingos. Y además ya no me gusta, lo preparan muy amargo", dijo para sí, mientras apagaba el celular y desconectaba el teléfono fijo para volverse a dormir y meterse en su pesadilla.