Nunca hubo secretos
entre ellos. Eso decían. Era cierto, pero incompleto. Se conocían desde
antes de entender lo que significaba conocerse. Él le enseñó a trepar árboles y
a mentir sin tartamudear; ella le enseñó a guardar silencios y a no llorar en
público. En el barrio decían que eran hermanos sin sangre y cómplices sin delitos.
Elisa siempre fue observadora, explosiva y con una
memoria quirúrgica; ua mujer que no necesitaba mucho para entenderlo todo.
Tomás desde chico decidió ser un hombre de palabras medidas, para contrastar
con su presencia fuerte. Hoy él es un influyente abogado, respetado y
peligrosamente opaco; ella es una artista plástica con proyección
internacional, pero con un extraño apego al barrio de la infancia.
Con apenas 12 años de edad, él robó su primer dinero. No por necesidad sino por
curiosidad. Ella lo supo antes que nadie y no lo delató. Tampoco lo hizo en las
siguientes ocasiones cuando el hurto calificado se le convirtió a él en una
forma de conseguir dinero para todo. A los quince, ella escribió unas cartas
que nunca envió, con secretos de los vecinos que fue acopiando gracias a la
confianza que despertaba por su manera de ser. Eran cartas tan peligrosas que
podían romper hogares. Él las leyó todas; tampoco dijo nada.
Crecieron sin darse cuenta y cada uno tomó su camino, pero se siguieron viendo.
El pacto tácito entre ellos parecía simple: se contaban todo, pero no contaban
nada. El paso del tiempo, la ida de Tomás a vivir en un barrio de mayor estrato
y sus caminos profesionales diferentes, en lugar de alejarlos, fueron asuntos
que los mantuvieron cerca. Tenían una amistad fuerte armada con múltiples
secretos.
Hace poco, una de esas lluviosas noches de abril, mientras se tomaban un café y
se actualizaban en chismes como siempre, discutieron como nunca. No hubo gritos
ni tonos altos, pero sí diferencias fuertes. Hablaban del futuro y de lo que
podrían significar sus secretos en sus proyectos de vida. Solo hubo una pausa larga,
de esas que no estaban en el guion de su amistad verdadera.
"¿Te acuerdas de todo?" preguntó ella, con cierta ironía.
"Absolutamente de todo", contestó él confiado y con una sonrisa
burlona.
"¡Ahh, de todo!" reafirmó ella. También sonrió, pero no como siempre.
Dicho esto tomó su bolso y salió del café, entre furiosa y desilusionada.
Dos semanas después, empezaron a aparecer cosas. Primero, un rumor pequeño en
el barrio, casi infantil. Luego, un dato preciso, incómodo. Después, una verdad
completa, innegable. Los secretos de Tomás empezaron a salir. En las redes
sociales se volvió tendencia. En la ciudad todos lo empezaron a mirar con
recelo. La reputación se le fue al piso.
Sin ningún esfuerzo, Tomás supo de inmediato que había sido ella. No por las
pruebas, sino por el estilo. Nadie más conocía el orden correcto de sus
errores. No quiso llamarla. Tampoco fue a buscarla. Solo esperó. Sabía que no
había sido un descuido ni una imprudencia, sino una decisión.
Pasaron cuatro meses y finalmente se encontraron, por petición de él. Se
sentaron en la misma mesa del mismo café. Frente a frente, como tantas veces.
La cordialidad fue la misma. Como si no hubiera pasado nada. Hablaron del
barrio, del nuevo proyecto artístico de Elisa y de la nueva vida de Tomás. No
hubo un solo reproche. Después de tres cafés, él cambió de tema:
"Podías haberme destruido totalmente", dijo, sin rencor.
Ella lo miró con una calma que daba miedo. "Podía",
afirmó.
Después de un silencio incómodo, él preguntó: "¿Por qué?"
Ella dudó apenas un segundo, como si eligiera entre varias verdades posibles.
"Porque tú ibas a hacerlo primero".
"Nunca", respondió él, frunciendo el ceño.
Ella asintió, con ternura. "Era eso lo que más me asustaba",
afirmó.
Tomás entendió que no lo había traicionado por lo que él hizo, ni por lo que
sabía, sino por lo que era capaz de no hacer. Y fue ahí
donde se dio cuenta, por primera vez en su vida, de que ella también había
guardado un secreto, uno solo, que nunca le contó.