martes, 17 de febrero de 2026

Borrachera

Isabel y Vicente entraron al bar y en quince minutos se tomaron media botella de aguardiente. Él no quería hablar y ella necesitaba verlo. Ambos tenían una extraña sed de licor. Isabel le rogó que fuera y Vicente se encontró con ella en el callejón sin ganas de nada. Los dos creían que tenían mucho de qué conversar, pero lo único diciente entre ambos fueron las miradas de sorpresa de ella y las de rabia de él. Sentados, uno frente al otro, evitando mirarse de frente, parecían más un matrimonio tedioso que dos personas maduras con una relación intensa y estable hacía más de tres años. Bebieron a una gran velocidad. 

El local se llenó antes de lo habitual. Isabel trató de romper lo que para ella era el momento más tenso que habían tenido en todo el tiempo que llevaban juntos proponiendo salir a caminar un rato. Vicente se bebió los últimos dos tragos que quedaban en la botella como si fueran agua, pidió la cuenta y sacó su tarjeta para pagarla; pero Isabel no lo dejó, con el argumento de que era ella la que había invitado esa noche. 

Afuera hacía frío. Vicente se puso sobre los hombros la chaqueta café que ella le regaló en su último cumpleaños, se metió las manos en los bolsillos del pantalón y caminó un largo trayecto al lado de Isabel, sin hablar absolutamente nada. Anduvieron sin rumbo por las calles estrechas del centro histórico de la ciudad, pasaron por el muelle y se dirigieron al popular barrio López. Habían caminado casi una hora y el silencio era total. 

Cuando vieron la iglesia de San Sebastián al frente, Vicente no pudo más rompió su silencio.  

-“¿No vas contarme nada, verdad?”

Isabel miró al piso, caminó un poco más rápido y pasó al frente. Respondió sin mirarlo y dirigiendo la voz hacia la puerta principal de la iglesia. 

- “No se cuenta lo que ya se sabe”. Lo dijo en voz baja pero perceptible.

Una hora después habían regresado por el mismo camino recorrido hasta la puerta del bar. Isabela se detuvo, miró a Vicente a los ojos y, sin querer, se le salieron dos lágrimas.

- "Ni una palabra en toda la noche, justo el día que más necesario era hablar", dijo Vicente, mientras se quitaba la chaqueta y se disponía a entrar. 

- "Hay palabras que pueden matar, inclusive las que no se dicen", respondió Isabela. 

Esa noche en el Bar se embriagaron tanto que al día siguiente no recordaron nada. 




lunes, 9 de febrero de 2026

Vodka

Santiago trabajaba en la licorera. Al lado había una tienda de mascotas en la que vendían todo tipo de alimentos y juguetes para perros y gatos. No había nada que Santiago no conociera, pues desde que tenía uso de razón había vivido acompañado por algún animal; Vodka, a la que aún le guardaba luto, había sido el último de ellos. En la acera del frente, un habitante de calle, sentado en cuclillas, inmóvil, comía las sobras recuperadas de la caneca de la basura del restaurante ubicado en la mitad de la cuadra. Y a su lado, estaba el casino en el que unos 15 personas mataban el tiempo jugándose el dinero de la quincena con cara de angustia y de frustración. 

Eran las 6:30 de la tarde. La tarde se rendía, el cielo bajaba la voz y la noche empezaba a entrar para quedarse. Una chica, de unos 16 años, con una minifalda muy corta, un vapeador, una mirada felina y unos audífonos tipo casco, se acercó para pedir una botella de ron. Santiago, tratando de mirarla a los ojos y no a las piernas, le dijo que podía vendérsela si tenía un documento que demostrara su mayoría de edad.  La chica dio media vuelta, y sin decir nada, salió de la licorera meneando el cuerpo a manera de baile provocador al ritmo de algún tema musical que llevaba en sus audífonos. Giró la cabeza y miró coquetamente a Santiago, antes de salir despacio para cruzar la calle. 

Santiago dudó un momento. Quiso salir de inmediato para mirar qué camino tomaba la chica de la minifalda. Se demoró unos segundos mientras cogía su teléfono celular y salir a la puerta. Vio al habitante de calle al frente, a dos señoras que salían de casino con cara de perdedoras y a la dependiente de la tienda de mascotas, bajando la reja para cerrar con candado. Miró a los dos lados de la calle, repasó la acera del frente y no vio ningún rastro de la chica. Intrigado, le preguntó a la mujer de la tienda de mascotas: 

- "Disculpa. ¿Viste qué camino tomó la chica de la minifalda corta, el vapeador y los cascos, que acaba de salir de la licorera?".

- "¿Cuál chica?", preguntó extrañada la señora de la tienda de mascotas.

- "La que acaba de salir de acá. Hace unos 20 segundos nada más".

- "¡No Santiago, la única que salió de ahí hace un momentico fue una gata callejera que se amañó en la cuadra porque yo le di comida. Se subió al techo. Ahí debe estar!"   


lunes, 2 de febrero de 2026

Entre sueños

Adriana estaba sumergida desde el final de la tarde en la lectura de una novela de Kawabata y William luchaba contra el sueño que lo tenía dominado. El apartamento estaba silencioso y el único ruido eventual era el paso de algún avión en búsqueda de destino. William, en la cama, cerró los ojos y de inmediato aparecieron sus sueños reiterativos: casas vacías, mesas largas con una sola silla y fiestas donde nadie lo esperaba. 

Adriana, en el sofá, terminó el penúltimo capítulo, limpió sus gafas, levantó la mirada y se percató del sueño profundo en el que estaba su pareja. Jamás se hubiera imaginado la pesadilla en la que estaba. Soñó con eucaliptos y guayacanes amarillos alineados a la orilla de una carretera, golpeados fuertemente por el viento. Al final del camino estaba Adriana esperándolo, pero el viento no le permitía avanzar hacia ella. 

A las 2:00 de la mañana William se despertó abruptamente con la sensación de que seguía soñando. El apartamento estaba iluminado por los rayos de una intensa luna llena que se metían por la ventana. Adriana estaba sentada en la cama, con el libro sobre las piernas, con la combinación de rabia y tristeza que siempre le generaban los textos del escritor japonés. Vio despertarse a William y lo miró por encima de las gafas. Él se sintió inspeccionado. 

William se sintió sediento, pero optó por permanecer inmóvil. Lo incomodaba la fría mirada de Adriana. Notó que tenía el mismo vestido ligero color naranja, los labios  pintados con un labial color tierra y el cabello suelto, como en su sueño. Tragó saliva para calmar la sed. La miró, quiso hablarle, pero prefirió el silencio. Sintió un escalofrío raro al verla petrificada con su mirada clavada en él, en completo silencio. Los sorprendió escuchar un sonido de una fiesta en algún lugar cercano, y ver el apartamento vacío con una sola silla en la mesa. 

En un acto reflejo y brusco, William trató de ponerse en pie para ir hasta el sofá y hablar con Adriana, pero no pudo moverse. El fuerte viento que en ese momento comenzó a soplar por la ventana del apartamento se lo impidió.