domingo, 21 de junio de 2026

La llamada de las 11:55

A las 10:00 de la noche, cuando encendía el micrófono, Carolina tenía la sensación de estar abriendo un negocio que ya nadie visitaba. La emisora era una frecuencia AM que había sobrevivido a las modas, a las crisis económicas, al internet, a las plataformas digitales, a las redes sociales, a la indiferencia de los oyentes más jóvenes y la perdida de la costumbre de escuchar”.

La cabina parecía detenida en el tiempo. Las paredes estaban forradas con cartones en los que se empacan huevos, pegadas allí décadas atrás para mejorar la acústica. El aire acondicionado llevaba semanas dañado y apenas lanzaba una bocanada tibia que servía de poco contra el calor sofocante de aquellos días de mundial de fútbol. Al otro lado del vidrio estaba Ramiro, el operador de audio, un hombre que llevaba veinte años trabajando allí y que había perfeccionado el arte de parecer ocupado mientras hacía cualquier cosa menos prestar atención a los programas que se emitían.

Carolina tenía 42 años y una voz amable. Leía noticias, comentaba los resultados de los partidos, presentaba discos, hablaba con los oyentes, daba la hora cada quince minutos y contestaba los pocos mensajes que llegaban por la redes, y, cuando el director no estaba, se permitía regalar consejos sentimentales a los pocos insomnes que llamaban buscando compañía.

En la tarde, la Selección Colombia acababa de clasificar a los cuartos de final del Mundial. La ciudad estaba celebrando. Desde la ventana abierta del baño llegaban ecos de pólvora, motos y bocinas. Eran las 11:55 y sonó el teléfono. Carolina sonrió.


- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?”
- “Buenas noches Carolina, habla con Alfonso”.

La misma voz de siempre. Grave, pausada y educada. Llamaba todas las noches a la misma hora. Comentaba los partidos, pedía canciones viejas, corregía algún dato histórico y antes de colgar repetía siempre la misma frase: “Gracias por acompañarme otra noche y recuerden que quien entiende el momento de partir rara vez necesita explicarlo”. .

Al principio, Carolina pensó que se trataba de un jubilado solitario. Después, se imaginó que se trataba de algún loco taciturno. Pasados unos días, lo percibía como un oyente fiel y comenzó a esperarlo todas las noches. La llamada de Alfonso se había convertido en una especie de ritual en su programa y la frase de despedida, la señal ideal para mandar al corto bloque comercial sin tener que anunciarlo.   .

Aquella noche hablaron de fútbol. Alfonso recordó alineaciones antiguas de las selecciones Colombia con una precisión sorprendente. Mencionó jugadores olvidados, narró partidos completos como si hubiera estado en la tribuna y antes de su habitual frase de despedida puntualizó en un detalle:

- “Sabe por qué me gusta tanto el fútbol -Carolina”

- “¿Por qué?”
- “Porque los partidos terminan, pero las conversaciones sobre los partidos no”.
- “Ese es un buen punto, Alfonso”.
- “Mire, por ejemplo, hoy hizo exactamente el mismo calor que la noche en que escuché el partido entre Colombia y la Unión Soviética en el Mundial de Chile 62”.
- “¿El 4-4 del Mundial del 62?”, preguntó Carolina.
- “Así es. Ese día yo estaba escuchando esta misma emisora”.
- “Eso fue hace más de 60 años, Alfonso”.
- “Lo sé”.

Durante las semanas siguientes, las llamadas de Alfonso no faltaron. Siempre a las 11:55. Alfonso hablaba de lugares desaparecidos, de teatros demolidos, de restaurantes que ya no existían y de periodistas muertos hacía décadas. Parecía conocer demasiado bien la historia de la ciudad. Una noche mencionó a Don Iván López, un locutor legendario de la emisora. El nombre le sonaba vagamente a Carolina, pero no lograba ubicarlo. Había fallecido hacía 35 años.

- “Alfonso, ¡qué lindo que usted haya recordado a don Iván! Según leo por acá, dejó un legado grande por su versatilidad y su cultura general”, mencionó Carolina cuando volvió al aire.
- “Yo trabajé con él”, dijo Alfonso cuando volvió al aire.

Carolina sintió un extraño escalofrío.

- “¿Usted trabajó aquí?
- “Pues, oficialmente no, pero pasaba mucho tiempo allá en la emisora. Era como mi segunda casa”.

La llamada se cortó justo en ese momento. Carolina lamentó el problema técnico y mandó al bloque comercial.
 
Al día siguiente, la locutora llegó temprano a la emisora a buscar al dueño, don Bernardo, un periodista de vieja escuela, que aparecía solo algunos días a revisar cuentas y a recordar mejores tiempos.  Después de un café y algunos comentarios sobre el contenido de su programa y las dificultades de la emisora, Carolina abordó el tema que la inquietaba:
 
- “¿Usted conoció hace algunos años a un oyente llamado Alfonso?

El hombre levantó la cabeza.

- “¿Alfonso?, ¿Alfonso Qué?
- “No sé el apellido. Usted sabe que yo solo le pregunto a los oyentes el nombre para no incomodar y ganar confianza. Hay un Alfonso que llama todas las noches; no sé si usted lo ha escuchado. Es una caja de música. Ayer al aire incluso habló de don Iván López”.

El dueño permaneció callado. Después sonrió y respondió. .

- “Sí, hace años había un Alfonso. Siempre llamaba. Conocía a todos los locutores. Era famoso aquí. Incluso Iván lo trajo varias veces como invitado especial a su programa.

- “¿Y qué pasó con él?

Don Bernardo guardó silencio.
 
- “Dejó de llamar”, dijo unos seegundo despues. 
- “¿Hace cuánto?”
- “Como 30 años o más”
- “¿Y nunca volvió?”
- “No podía”
- “Por qué?”
- “Porque murió”.
- “¿Está seguro?”
- “Claro, lo acompañamos al cementerio”.
 
Carolina soltó una risa nerviosa.

- “Entonces debe ser otro Alfonso”, dijo.
- “Puede ser”.
 
El viejo ya no sonreía y se entretuvo con unos recibos, mientras Carolina siguió camino a la cabina. 

La final del Mundial fue un domingo. La ciudad entera parecía despierta aquella noche. Carolina miró el reloj de la cabina. Eran las 11:55, la misma hora de siempre. Sonó el teléfono.

- “Muy buenas noches. ¿quién está en la línea?
- “Buenas noches Carolina, con Alfonso”.
 
Carolina miró a Ramiro a través del vidrio. El operador levantó el pulgar sin apartar los ojos de su teléfono.
 
- “¿Vio la final del torneo, Alfonso?”
- “Claro que sí, pero no me gustó”.
- “¿Y eso por qué?”
- “Porque los mejores partidos siempre son los que uno recuerda por años. Este no será así”.

Hablaron de la final durante varios minutos. Del partido, de la radio del pasado, de las emisoras que desaparecían por aquellos días, de los oyentes que envejecían y de las voces que acompañaban madrugadas enteras sin conocer jamás a quienes escuchaban al otro lado. De un momento a otro, Alfonso guardó silencio unos segundos, pero continuó en la linea.

- “¿Sabe una cosa, Carolina?", dijo. 
- “¿Qué?
- “Ya puedo irme tranquilo”.

Carolina sintió algo extraño en la voz del hombre, una serenidad distinta.

- “¿Y por qué?
- “Porque encontré compañía”
 
La línea se quedó muda. La llamada había sido colgada. Carolina esperó unos segundos, presentó excusas por el impase técnico y siguió el programa. En el corte comercial fue a revisar el computador de la consola: no había registro de ningún número, de ninguna llamada, no estaba el programa grabado, no había nada. 

Entró después de la pausa, y para terminar el programa, dio la hora y presentó un play list de las últimas canciones dque tendría el programa. Apagó el micrófono y se quitó los audífonos. Ramiro seguía distraído mirando videos en el celular.

- “¿Ya te vas?”, le preguntó el operador cuando la vio salir. 
- “Sí, ya salgo”.
- "¿Por qué tan temprano?"
 - "Dejé rodando una playlist de cinco canciones, con eso terminamos hoy". 
- “Te vas triste porque hoy no llamó don Alfonso”.
- “¡Cómo que no llamó! ¿No lo escuchaste?"
- Noooo, Fonso no llamó, de eso estoy seguro. 
- ¿Fonso?, ¿acaso lo conoces?, ¿es amigo tuyo?”
- “Ese señor ha llamado todas las noches desde que yo trabajo aquí”.
- “¿Hace cuánto?”
- “hace Casi 21 años”
- “¿Y siempre llamó a las 11:55?”
- “Claro que sí, Carolina, siempre a la misma hora, menos hoy. Hoy no llamó”.

2 comentarios:

  1. Habría que poner la vela al difunto para darle gracias por aumentar audiencia. Excelente relato mi querido maestro.

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