A Katty le gustaba pensar que trabajaba
en el lugar más silencioso de la ciudad, aunque sabía que no era cierto. La
biblioteca municipal tenía sus propios ruidos: el roce de las páginas, las
sillas que se arrastraban sobre el piso, los pasos de los estudiantes que
llegaban a consultar libros, el murmullo de los niños en la sala infantil y el
golpe seco de los volúmenes que regresaban a los estantes. A veces, cuando la
tarde estaba tranquila, se escuchaba incluso el zumbido de los tubos de luz. A
ella le gustaba ese tipo de silencio.
Tenía treinta y cuatro años y llevaba
casi una década trabajando allí. Había aprendido a reconocer a los lectores por
sus costumbres: los que doblaban las esquinas de las páginas, los que tomaban
notas en los márgenes, los que consultaban siempre el mismo periódico y los que
llegaban a buscar un libro sin saber muy bien qué estaban buscando. Sabía que
los libros podían ser una forma de compañía, por eso nunca le molestaba que
alguien se quedara más tiempo del necesario.
Le gustaba la poesía. La leía en los
trayectos en bus, durante los descansos del almuerzo y antes de dormir. Tenía
una debilidad particular por los poemas breves, esos que parecían haber sido
escritos para decir en tres líneas lo que a otros les tomaba una vida entera
explicar. Le gustaban los versos que dejaban espacio para el lector, los que no
cerraban del todo una idea y permitían que cada quien terminara de escribirlos
por dentro.
A Julián, en cambio, le gustaban las
novelas. Trabajaba como consultor y capacitador de empresas en temas de
calidad. Pasaba buena parte de su vida entre viajes, convenciones, charlas,
reuniones con clientes y llamadas telefónicas. Conocía aeropuertos, hoteles y
salas de conferencias de distintas ciudades del país. No conocía escritores ni
frecuentaba tertulias, pero leía mucho. Era su gran pasión.
Leía en los aviones, durante la hora del
almuerzo, en los aeropuertos y en las noches en los hoteles hasta que el sueño
lo vencía. Prefería las novelas largas, las que exigían tiempo y paciencia, las
que permitían acompañar a un personaje durante cientos de páginas. Decía que
una buena novela era como conocer a alguien: al principio uno no sabe qué
esperar; después empieza a reconocer sus gestos y, cuando llega el final,
siente que se despide de una persona que ha formado parte de su vida.
Se conocieron en una conversación que
ninguno de los dos tenía previsto sostener. Habían coincidido en una feria del
libro. Katty había asistido porque una de las autoras invitadas era una poeta
que admiraba. Julián había llegado porque un compañero de trabajo le había
regalado la invitación y porque, según dijo después, no tenía nada mejor que
hacer aquella tarde.
Al terminar el evento, mientras los
asistentes se acercaban a la autora para pedirle una dedicatoria, los dos
quedaron junto a una mesa donde se exhibían otros libros.
—¿Te gustó? —preguntó Julián.
Katty miró el ejemplar que él tenía en
las manos.
—Mucho. Aunque creo que algunos poemas
necesitaban más silencio.
Julián sonrió.
—Yo habría preferido que fueran un poco
más largos.
—¿Los poemas?
—Sí. Me quedé esperando que pasara algo.
Katty se rio.
—Es que en la poesía no siempre tiene que
pasar algo.
—En las novelas sí.
—Por eso lees novelas.
—Y tú poesía.
Hablaron durante casi una hora. Descubrieron
que tenían opiniones diferentes sobre los finales, que discutían con los
personajes cuando tomaban decisiones absurdas y que ambos desconfiaban de las
personas que decían no tener tiempo para leer.
Julián defendió las novelas extensas;
Katty, los poemas que cabían en una página. Él decía que una historia
necesitaba espacio para desarrollarse. Ella sostenía que algunas cosas, cuando
se explicaban demasiado, perdían su misterio.
Katty tenía el cabello rubio, una sonrisa
fácil y una manera particular de escuchar. Julián recordaría mucho tiempo
después que, durante aquella conversación, ella parecía prestar atención
incluso a las cosas que él no terminaba de decir. Cuando se despidieron intercambiaron sus
perfiles de redes sociales. No hubo una invitación concreta ni una promesa de
volverse a ver. Solo un «seguimos hablando». Y lo siguieron haciendo.
Al principio fueron comentarios sobre
libros. Julián publicaba fotografías de las novelas que terminaba y Katty
respondía con alguna observación. Ella compartía poemas y él preguntaba por los
autores. A veces discutían sobre una frase; otras, sobre el final de una
historia. Después empezaron a hablar de otras
cosas. Del trabajo, de las ciudades, de los viajes, de las comidas que les
gustaban, de las películas que habían visto demasiadas veces, de las personas
que se habían ido y de las cosas que uno recuerda sin saber por qué.
Nunca se convirtieron en grandes
conversadores por mensajes privados. Su relación ocurría, sobre todo, en las
publicaciones. Julián escribía una frase de una novela y Katty sabía que podía
tener algo que ver con una conversación de la noche anterior. Ella compartía un
poema y él encontraba en esos versos una respuesta que no siempre se atrevía a
formular directamente.
Más que seguirse, se seguían. No
necesitaban saludarse todos los días. A veces bastaba con que uno publicara
algo para que el otro apareciera, unas horas después, con un comentario breve.
Una vez Julián escribió: «Hay personas
que uno conoce y siente que las había estado esperando». Katty respondió: «Otras
llegan cuando uno ya no sabe qué hacer con la espera».
Él le escribió por privado.
—¿Eso es una respuesta o una manera
elegante de no contestar?
—Es un poema —dijo ella.
—Entonces no entendí.
—No todo tiene que entenderse.
—Eso dicen quienes escriben poesía.
La primera vez que intentaron encontrarse
fue unos meses después. Habían quedado de tomar un café un sábado. Julián salió
tarde de una reunión con un cliente y Katty tuvo que quedarse en la biblioteca
porque una actividad infantil se había prolongado más de lo previsto. Cuando
finalmente pudieron hablar, ya era de noche.
—Lo intentamos otro día —dijo él.
—Claro, respondió ella.
No hubo reproches.
La segunda vez fue Julián quien canceló.
Su madre había tenido un problema de salud y tuvo que acompañarla a una
consulta. La tercera, Katty viajó a visitar a una amiga que vivía fuera de la
ciudad. La cuarta, él llegó al lugar acordado, pero ella nunca apareció. Había
tenido un inconveniente familiar y no encontró la manera de avisarle a tiempo.
Después de aquella ocasión, algo cambió.
No dejaron de hablar, pero empezaron a cuidar más las palabras. Las
invitaciones se volvieron menos frecuentes. Cada uno parecía esperar que el
otro tomara la iniciativa, como si después de tantos intentos fallidos una
nueva propuesta pudiera resultar incómoda.
Pasaron los años. Julián cambió de
trabajo, se mudó de apartamento y comenzó a cuidar a su madre con mayor
frecuencia. Katty asumió la coordinación de la biblioteca, organizó clubes de
lectura y empezó a participar en encuentros literarios. Hubo cumpleaños que se
felicitaron tarde. Navidades en las que intercambiaron mensajes breves.
Publicaciones que uno reconocía como dirigidas al otro, aunque ninguno lo
dijera.
Julián llegó a conocer los poemas que
Katty compartía con más frecuencia. Ella aprendió a distinguir los libros que
él recomendaba de aquellos que simplemente había terminado. Sabía cuándo una
novela lo había decepcionado por la manera en que la comentaba y cuándo un
personaje lo había conmovido por las frases que publicaba.
A veces pensaba que lo conocía bastante
bien. Otras veces se preguntaba si no estaría confundiendo la familiaridad con
el conocimiento. En una ocasión, Katty publicó una fotografía de una mesa llena
de papeles manuscritos. Decía que estaba organizando algunos textos antiguos
que había encontrado entre sus libros y que le daba vergüenza volver a leerlos.
Julián comentó que debería publicarlos. Ella respondió que no todo lo que uno
escribe necesita llegar a los demás. Él insistió en que las palabras guardadas
también terminaban por desaparecer. Katty le contestó: «Algunas ya encontraron
a quien tenían que encontrar». Julián leyó la frase varias veces. No preguntó a
qué se refería.
La idea de encontrarse surgió una noche
de noviembre, después de que Julián publicara una fotografía de una novela que
llevaba varios días leyendo. Katty comentó que había querido leerla, pero nunca
había conseguido el ejemplar.
—Yo tengo dos —le escribió él.
—¿Dos?
—Uno para leer y otro para prestar.
—Entonces deberías prestármela a mí.
—Te lo llevo.
Katty tardó unos minutos en responder.
—¿Cuándo será eso?, ¿esta vez sí nos
vamos a encontrar?
Julián contestó casi de inmediato.
—Esta vez sí.
Acordaron verse un sábado a las cuatro de
la tarde en una cafetería cercana a la biblioteca. No era un lugar especial.
Tenía mesas de madera, una ventana grande y una pequeña estantería donde los
clientes podían dejar libros para que otros los llevaran.
Durante los días siguientes, ninguno
mencionó demasiado el encuentro, pero ambos lo pensaron. Katty revisó su
armario más de lo habitual. Julián puso un recordatorio en el calendario de su
celular. Ella se preguntó si él habría cambiado
mucho. Él intentó recordar el rostro de la mujer que había conocido doce años
atrás. La recordaba sonriente, de cabello rubio, con una manera particular de
escuchar, pero las fotografías que veía en sus redes sociales no terminaban de
coincidir con la imagen que conservaba en la memoria.
El sábado Julián llegó puntual. Llevaba
una camisa clara y una novela envuelta en papel de regalo. No sabía si era un
detalle demasiado formal, pero le pareció que después de doce años un libro
merecía una presentación especial.
Katty llegó unos minutos después. Traía
un bolso grande y un libro de poesía entre las manos. Se reconocieron
enseguida. Se saludaron con un abrazo breve, de esos que intentan disimular la
incomodidad de una espera demasiado larga.
—Doce años —dijo Julián.
—Parece mentira.
—Pensé que no ibas a venir.
—Yo también lo pensé.
Se sentaron junto a la ventana.
Al principio hablaron de cosas sencillas.
Del trabajo, de la biblioteca, de la madre de Julián, de los cambios de la
ciudad. Se rieron al recordar aquella primera conversación y los encuentros que
nunca habían conseguido concretar. Había algo extraño en estar frente a alguien
cuya vida uno había seguido durante tanto tiempo sin haberla compartido. Julián
le entregó la novela.
—Esta es la que te prometí.
Katty la recibió y pasó los dedos por la
cubierta.
—Gracias.
Después puso sobre la mesa el libro de
poesía.
—Y este es para ti.
—¿Por qué poesía?
—Porque siempre has dicho que no la
entiendes.
—Y tú siempre has dicho que no necesito
entenderla.
—Exactamente.
Julián abrió el libro. En la primera
página había una dedicatoria escrita a mano: «Para Julián. Por todas las
historias que nos contamos sin llegar a encontrarnos». Él levantó la mirada.
—Es bonito.
—Es de una poeta que me gusta mucho.
Julián volvió a mirar la página.
—¿Y tú qué escribes?
Katty se quedó callada.
—Cosas. A veces poemas. A veces
fragmentos. Nunca he publicado nada.
—¿Puedo leer alguno?
—Algún día.
Julián sonrió. Era la misma respuesta que
ella había utilizado tantas veces en sus conversaciones. Abrió entonces la
novela que llevaba para ella. Había preparado una dedicatoria, pero no estaba
seguro de que fuera la adecuada. Antes de entregársela, pasó varias páginas
hasta encontrar un pequeño papel que había dejado entre ellas.
—Quiero mostrarte algo.
Katty se inclinó hacia el libro.
Era una hoja doblada en cuatro partes,
amarillenta por los años. Tenía una letra pequeña y ordenada. Julián la había
guardado dentro de aquella novela durante mucho tiempo.
—¿Qué es?
—Una nota que encontré en un libro hace trece
años.
Katty tomó el papel. Leyó las primeras
líneas. Después volvió al comienzo. Lo leyó una vez más. No dijo nada. Julián
la observó.
—La encontré en la biblioteca donde
trabajas. Bueno, en ese momento no sabía que trabajarías allí. Era un libro que
había pedido prestado durante una visita. La nota estaba entre dos páginas. No
tenía firma ni fecha, ni nada que permitiera saber quién la había escrito.
Katty seguía mirando el papel.
—¿La conservaste todo este tiempo?
—No sé por qué. Me gustó lo que decía.
Después, cuando te conocí, pensé que quizá te gustaría leerla.
Ella levantó lentamente los ojos.
Katty volvió a leer. La letra era suya.
La frase también. La había escrito muchos años antes, durante una época en la
que todavía estudiaba y pasaba tardes enteras en la biblioteca pública. Solía
dejar pequeños papeles entre las páginas de los libros que leía. No eran
mensajes para nadie en particular. Eran pensamientos, versos incompletos,
frases que no sabía dónde guardar. Había olvidado aquella nota. Julián no.
—¿Por qué no me lo dijiste antes?
—preguntó.
—No sabía que era tuya.
Katty pasó el dedo por una de las líneas.
La nota decía: «A veces uno deja palabras
en los libros para que alguien las encuentre. No sabe quién será, ni cuándo.
Solo espera que, por un instante, esa persona no se sienta tan sola». El
silencio entre ambos se hizo más largo. Julián la miró con una mezcla de desconcierto
y ternura.
—Cuando te conocí, pensé que eras una de
esas personas que aparecen en la vida por alguna razón que uno no entiende.
Después encontré esta nota y la guardé. Nunca imaginé que…
No terminó la frase. Katty tampoco. Ella
dejó el papel sobre la mesa y miró hacia la ventana. Sonrió con cierta
nostalgia.
—Yo escribía muchas cosas así. Dejaba
papeles entre los libros. Era una costumbre que tenía.
—¿Todavía lo haces?
—No. Hace años que no.
—¿Por qué?
Katty se encogió de hombros.
—Un compañero de la biblioteca empezó a
encontrarlos. Leía todo lo que yo dejaba. A veces me devolvía los papeles con
comentarios; otras veces me preguntaba por qué había escrito una cosa o la
otra. Terminamos compartiendo muchas de esas notas. Él fue quien me animó a no
dejar de escribir.
Julián escuchaba en silencio.
—¿Y qué pasó con él?
—Nos enamoramos.
Katty lo dijo sin solemnidad, como quien
recuerda el comienzo de una historia que todavía forma parte de su vida.
Julián bajó los ojos hacia el papel.
—¿Y siguen juntos?
—Sí. Nos casamos hace cuatro años. Yo
tenía treinta.
La frase quedó suspendida entre los dos.
Julián intentó sonreír, pero no encontró
la manera. Miró el libro de poesía, la novela que había llevado para ella y la
nota que había conservado durante trece años.
—No sabía que estabas casada —dijo.
—Creo que nunca te lo conté. Tampoco me
lo preguntaste.
No había reproche en su voz. Era
simplemente cierto.
—¿Él leyó todos esos textos?
—Casi todos. Algunos los perdió, otros
los guardé. Este no lo recuerdo.
—Este no lo leyó.
Katty miró el papel.
—Parece que no.
Julián dobló cuidadosamente la nota y la
dejó sobre la mesa.
Durante un momento pensó en los doce
años. En las conversaciones que había interpretado como señales. En las
invitaciones que nunca llegaron a concretarse. En las frases que Katty
publicaba y que él había leído más de una vez, buscando en ellas una respuesta
que tal vez no estaba dirigida a él.
Pensó también en todas las veces que
había estado a punto de escribirle algo distinto, de preguntarle si quería
verlo, de decirle que esperaba algo más que una conversación sobre libros.
Nunca lo hizo. Siempre encontró una razón para esperar.
No podía reclamarle nada. Katty nunca le
había prometido una historia, nunca le había dicho que lo esperaba, nunca le
había pedido que guardara aquella nota. Habían compartido lecturas,
comentarios, confidencias ocasionales y una amistad que, a la distancia, había
tomado para él una forma diferente.
Quizá ella también había sentido
curiosidad por lo que habría podido pasar entre los dos. Quizá alguna vez había
imaginado ese encuentro. Pero eso no significaba que hubiera esperado lo mismo
que él.
—¿Y eres feliz? —preguntó finalmente.
Katty lo miró.
—Sí. Mucho.
Julián asintió.
Afuera empezaba a llover. Durante un
momento ninguno de los dos habló. La cafetería seguía llena, la máquina de café
expulsaba vapor y alguien reía en la mesa del fondo. La vida continuaba con su
indiferencia habitual.
Katty miró a Julián.
—¿Sabes qué es lo más extraño?
—¿Qué?
—Que yo nunca supe que alguien había
encontrado esa nota.
Él sonrió apenas.
—Y yo nunca supe quién la había escrito.
Se quedaron mirándose.
—¿Nos tomamos otro café?
Julián miró la lluvia detrás de la
ventana.
—No. Creo que debo irme.
—Claro. Me alegró mucho verte.
Se despidieron con un abrazo. Katty
volvió a la biblioteca, con el libro de poemas debajo del brazo, caminando bajo
la lluvia. Julián se quedó unos segundos en la puerta de la cafetería, con la
novela en sus manos. En el camino al
hotel pensó que había pasado doce años leyendo entre líneas una historia que
nunca había sido escrita. Al llegar,
abrió la novela y buscó la nota. La leyó una vez más.
«A veces uno deja palabras en los libros
para que alguien las encuentre. No sabe quién será, ni cuándo. Solo espera que,
por un instante, esa persona no se sienta tan sola».
La guardó entre las páginas y cerró el
libro.