En Bogotá hay un tipo de llovizna que no obliga a buscar refugio. Apenas ensucia los lentes, humedece las mangas de la chaqueta y hace que la ciudad parezca más gris de lo habitual. Es de esas lluvias que mojan más los pensamientos que el cuerpo.
Aquel lunes festivo, Julián salió del hotel sin paraguas. Había pasado el día trabajando. Caminó hasta una hamburguesería junto al parque de la calle 97 con la carrera 19. La cajera le sonrió cuando le entregó el pedido y Julián respondió por cortesía. Siempre le habían inspirado confianza las personas que sonreían.
Comió despacio, mirando por la ventana cómo la gente apresuraba el paso para escampar, no de la lluvia, sino de los afanes diarios. Cuando salió, el frío lo golpeó de inmediato. El parque estaba vacío. Un columpio se movía apenas por el viento. Las ramas húmedas de los árboles filtraban la luz amarilla de los postes. Por un momento tuvo la extraña sensación de estar absolutamente solo en una ciudad que acababa de ser abandonada.
Aceleró el paso. Cuando llegó a la esquina escuchó una motocicleta acercándose. Eran dos hombres. Nada diferente a los miles que recorren Bogotá cada noche. Todo ocurrió demasiado rápido. El parrillero abajo, el cañón de una pistola contra la frente y una orden seca:
- ¡Qué hubo pues! El celular, la plata y la billetera… o se muere.
Rápidamente entregó el teléfono, el dinero y los audífonos y vio al hombre subir nuevamente a la moto con una sonrisa torpe, casi infantil. Pensó que había terminado. Tres segundos después, el ladrón estaba otra vez frente a él, con la misma sonrisa.
- ¡La billetera también!
Julián no pensó. Tomó la billetera y salió en dirección contraria. Corrió como nunca. La lluvia le golpeaba la cara. Las piernas le dolían. Respiraba con un ruido áspero. Detrás de él, el motor de la motocicleta sonaba cada vez más cerca.
Corrió varias cuadras hasta un centro médico sobre la calle 100. En la puerta encontró a un vigilante. Era un hombre moreno, de uniforme azul oscuro, refugiado en la portería, que sonreía mientras observaba caer la lluvia.
- Me acaban de robar y vienen por mí, dijo Julián.
Julián asintió. Entre respiraciones cortadas contó la historia: la moto, el arma, la caída, la billetera. El hombre escuchó sin interrumpirlo. Después miró la billetera que Julián todavía sostenía entre las manos. Sonrió. Fue una sonrisa torpe. Creyó reconocer la misma que había visto unos minutos antes en el rostro del ladrón.
Julián sintió escalofrío. La lluvia seguía cayendo.
El vigilante dijo algo más, tal vez una recomendación, tal vez una pregunta. Julián
ya no lo escuchó.
Desde entonces, cuando una motocicleta disminuye la velocidad a su lado, Julián baja la mirada antes de levantarla hacia quien conduce. Nunca busca el arma. Busca la sonrisa.