Después de leer durante
otra media hora los cuentos del blog de Jota, se levantó de la silla y pagó la
cuenta en efectivo, con el dinero completo. Su trabajo con el carro en las
aplicaciones le permitía mantener billetes de diferente denominación en todo
momento. Metió 5.000 pesos en el tarro de propinas, se despidió en silencio
levantando la mano y salió del bar. Cuando se marchó, Marcela, detrás del
mostrador, sintió un alivio profundo.
Aunque se fue desde las 8:30 p.m.
la presencia de Rodrigo se sintió durante casi dos horas más. Mientras servía
los licores que le pedían en esa noche, ella de vez en cuando levantaba la
cabeza para mirar la silla que siempre ocupaba aquel hombre lector al que, sin
saber por qué, le tenía un extraño miedo respetuoso. Aunque veía la silla vacía
tenía la impresión de que alguien allí había levantado la mano para pedir otra
cerveza.
Rodrigo frecuentaba el bar
hacia cuatro meses. Pasaba tres veces por semana. Llegaba temprano, saludaba,
pedía siempre una cerveza helada y se sentaba a leer. A veces sonreía, en
ocasiones fruncía el ceño y por momentos hacía mala cara. Era el efecto de sus
silenciosas lecturas. Solo hablaba para pedir la cerveza o la cuenta. Cuando su
mirada se cruzaba con la de Marcela, la sostenía 4 segundos con la cara
inexpresiva, asentía con la cabeza y volvía a sus lecturas en la tableta o el
celular. Cuando se cansaba de leer, hacía un paneo por el bar, volvía a mirar a
Marcela, a sostener la mirada y a asentir con la cabeza.
Ella nunca se habituó a ese primer
cliente que llegaba temprano, se tomaba una o dos cervezas, leía, se iba y
luego se quedaba en su mente por un buen rato. Le parecía incómodo estar a
solas en el local con aquel hombre lector al frente. Muchas veces, sin decirle
la razón, le pedía a su amiga Gloria que la acompañara un rato a abrir el bar.
Sabía que el hombre se llamaba Rodrigo porque una vez que no trajo efectivo
pagó con una transferencia y en el recibo vio su nombre. Era un cliente
silencioso, que no molestaba a nadie y del que no tendría por qué querer saber
nada, pero curiosamente quería saberlo todo.
La noche del 8 de octubre,
Rodrigo llegó tarde al bar. Entró acelerado, pidió la cerveza fría y contrario
a su ritual habitual esta vez se la tomó de dos sorbos rápidos. No miró a Marcela,
sacó el dinero y pagó con el mismo afán que entró. Se puso de pie, por primera
vez no metió absolutamente nada al tarro de propinas y se dispuso rápidamente a
salir.
- “¿Hoy no va a leer… Rodrigo?,
preguntó Marcela, haciendo énfasis en el nombre.
- “Tampoco le sostendré la
mirada durante tres segundos”. Dijo él, mientras salía. “Y seguramente no
sentirá mi presencia unas horas más. Ya los cuentos se acabaron”, agregó
mientras salía.