lunes, 8 de mayo de 2017

Amor Fulminante

Esteban Jaime le insistió al médico que la cirugía debería ser lo antes posible. El dolor cada vez era más intenso, y aunque ya le habían advertido que la operación era de alto riesgo, no quería esperar más. El pecho no le daban tiempo.  El doctor Ramírez lo miró con cara de abogado que acaba de perder un litigio. "Yo preferiría esperar, para estabilizarle la presión y mirar unos nuevos exámenes", indicó el galeno, y añadió con cierta inseguridad: "pero si usted firma estos papeles, la hacemos el próximo lunes, entonces". De inmediato, llamó a su secretaria para que adelantara los trámites y para que recibiera el dinero en efectivo que había llevado el paciente en unas bolsas de plástico.  

El intenso dolor hizo que el lunes se demorara en llegar. No le avisó a nadie, y se presentó a la clínica en compañía de un amigo con cara de guardaespaldas de película italiana, que se quedó esperando  las noticias que el médico nunca trajo. Cuando lo entraban al quirófano, el infarto fue fulminante. La pena de amor era tan honda que su corazón estalló.

martes, 11 de abril de 2017

El Círculo de Fadil

Fadil decidió ser escritor porque la chica linda del barrio dijo alguna vez en una reunión del grupo juvenil que le gustaban los escritores. Él, que estaba a su lado esa tarde y que no veía cómo llamar su atención, concluyó que el camino era ese: escribir. No era bueno para bailar, mucho menos para beber y tampoco para trabajar. No tenía buena voz, no era alto, no tenía ritmo y tampoco dinero. Era tímido, tenía demasiado acné, no era capaz de sostener una conversación con una chica que le gustara y no era bueno para jugar al fútbol. A ella le gustaban los escritores y él se propuso serlo.

De la chica no volvió a saber nada. Le perdió la pista en esos años de juventud. Mientras él peleaba con la gramática, la ortografía y la sintaxis, ella decidió salir con uno de los muchachos que tenía el poder en uno de los combos de la época.  Hoy, ella lee sus novelas en silencio, tratando de buscar en ellas una chica del grupo juvenil. 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Historia ajena

"Es una gran historia, déjame escribirla", le rogó el periodista con un evidente nudo en la garganta producto de la emoción con la que vivía el oficio. "Si quieres, la escribo acá en el portátil, la redacto bajo tu supervisión, tú la lees, le ponemos o le quitamos lo que tú quieras, y si no te gusta pues ya está, la borramos y no pasa nada. Déjame intentarlo, igual sabes que respetaré tu decisión", insistió.

La mirada inquisidora de quien fuera años atrás su compañera de pupitre no lo intimidó para emprender el trabajo sentados en una cafetería de la estación. Los dedos índice llevaron el ritmo de la escritura que no duró más de dos tintos. No fue fácil darle orden a la historia. Él, absorbido por el texto no se dio cuenta de que comenzaba a llover. 

Después de leer las dos páginas en las que Restrepo condensó lo vivido por ella en las últimas dos semanas le  lanzó un "no me gusta en absoluto" que fue lapidario. "Ya te dije que no quiero que esto se sepa, ni siquiera por intermedio tuyo".  

Restrepo sabía que por ética periodística no podía violar ese acuerdo con la fuente, y más tratándose de Tatiana. "No te preocupes, simplemente se borra y ya está", explicó él con cara de desconsuelo. Mientras pedían el tercer tinto de la tarde, ella lo miró por primera vez a los ojos como no lo hacía hace 12 años para decirle una de esas frases de ella que siempre le quedaban zumbando: "Entiéndelo, no es tu historia, es la mía".  


domingo, 1 de enero de 2017

Colapsó

En el despacho del director no cabían dos personas; al menos dos que pudieran considerarse "normales". Andy era muy alto, pero tenía una voz delgada, y sus lentes ocultaban la cobardía de quien respeta la autoridad solo por el cargo más no por el conocimiento, el tacto o el carisma de la persona que en ese momento lo increpaba por el error. El doctor López era dueño de un cuerpo voluminoso, una reputación de ogro y una petulancia fofa. Tanta, que la oficina se veía muy reducida para aquella reunión. 

"Seré breve", dijo el doctor López. Y prosiguió: "Este tipo de errores son los que llevan a una empresa al colapso. Voy a salir a almorzar y cuando regrese, no quiero verlo más por acá". 

Dos horas después, Andy, desde unos de los cerros tutelares de la ciudad, veía cómo la empresa se derrumbaba en pedazos sobre el carro del director, que venía ingresando justo en el momento de la explosión. López regresaba de almorzar pastas cargadas de espinaca. 

sábado, 23 de abril de 2016

Amor de ficción

El amor entre Diana y Julián se alimentaba de cuentos. Él, agente viajero que vivía entre aeropuertos y hoteles, le escribía ficciones en cada rincón del mundo en el que lo cogía la noche. Ella, destacada docente universitaria de física cuántica, imaginaba aquellas historias cada noche mientras miraba el mapamundi de su agenda y ubicaba su destino. Los cuentos de Julián estaban escritos a mano en hojas sueltas, en cuadernos sin ningún orden, al respaldo de volantes comerciales y en algunas servilletas. Él los escribía para Diana, pero ella le pidió que nunca se los enviara.  Imaginar sus textos, las situaciones que en ellos se planteaban y sus finales inesperados; incluso, imaginar a Julián escribiéndo para ella en un cualquier rincón del mundo era la forma que había escogido para alimentar a diario aquel amor de ficción. 

domingo, 3 de enero de 2016

la bibliotecaria y el lector

Seis horas después se levantó de la silla. Había terminado de leer la novela que la misma bibliotecaria, que no paró de mirarle toda la tarde, le había recomendado. Dejó el libro en la mesa y salió con un simple "gracias" en voz baja. Cuando se marchó, Bibiana simuló estar ocupada clasificando algunos libros nuevos y correspondió con un "con gusto" que sonó a susurro. Cinco minutos después, cuando hizo ronda para recoger los libros de las mesas, sin saber por qué, vio la novela abierta en la última página, la dejó allí, leyó la última línea y sintió un profundo alivio. "Porque los sentimientos tienen su lugar", decía. 

Desde aquella noche, cada que se sentaba a hacer sus oficios detrás del mostrador de la biblioteca alzaba la cabeza y miraba a la mesa con la impresión de que aquel lector que nunca volvió seguía allí sentado. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Historias a medias

Siempre que hablaban formaban la misma escena: ella sentada en posición de yoga, inclinada hacia adelante y mirándolo a los ojos; él sentado frente a ella, sin cruzar los pies, con el cuerpo hacia atrás, con su mano derecha apoyada en el suelo y sus ojos en dirección a la lámpara. La verdad, la que hablaba era Julia porque Luis solo escuchaba y asentía con la cabeza. Ambos bebían vino hasta que el reloj marcaba las 10:00. Justo a esa hora, ella interrumpía su monólogo y él se ponía de pie para un corto ritual de despedida. Las historias que contaba Julia, pensaba Luis, se parecían a sus relaciones... Nunca tenían el mismo libreto pero siempre se quedaban sin final. 

martes, 8 de diciembre de 2015

En el bar de la U

Hacía ocho meses que frecuentaban el mismo sitio: una de esas especies raras de bar-fotocopiadora-papelería-restaurante que hay al frete de cada universidad. Allí se sentaban todos los viernes después de las 6, en medio de sillas rojas, un ruido infernal, crispetas frías y más gente que espacio. Él, en tercer semestre de ingeniería, prefería hacerse siempre en el rincón debajo de las escalas de madera. Ella, en primero de sicología, se ubicaba a la entrada del bar, para hacer sus primeros pinitos de lo que llamaba "etnografía de la cotidianidad". En casi dos semestres, nunca se hablaron; se cruzaron todo tipo miradas y gestos que los hicieron amigos de ocasión, conocidos de la U y hasta confidentes silenciosos. La densidad de aquel sitio tenía energías concentradas, uno que otro fantasma escondido y algunas fotocopias de capítulos aislado de Ricour, Barbero y Levi-Strauss olvidadas en cualquier mesa. En ese antro del saber y la cerveza se estableció aquella relación sin palabras, que solo intimó cuando migró a los emoticones del whatsApp. 

jueves, 1 de octubre de 2015

Silencios

Se llamaba Eveline, con i latina como la de Joyce, y también era vendedora, como la del cuento; aunque ella insistía en que le reconocieran el rótulo de "ejecutiva de ventas", que en la práctica era lo mismo. Siempre estaba en el parque, sentada, en ropa deportiva, al final de las tardes. Desde el primer día, cuando él llegaba, empezaban todo tipo de conversaciones banales, que se prolongaban por horas. A ella parecía no importarle demasiado perder el tiempo con él hablando de todo y de nada. Un miércoles, en una tarde opaca, fue ella le que le propuso hablar de asuntos sustanciales.  Fue entonces cuando aparecieron los peligrosos y prolongados silencios. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

El hombre del brandy

Entró al bar de siempre. Se sentó en el mismo sitio, al final de la barra, en la silla de madera. Aunque había mucha gente, por alguna extraña coincidencia, durante 12 largos años, la silla del rincón siempre estaba libre. No llovía, ni era época de invierno, pero como todos los viernes, repitió el ritual: descargó el paraguas, se quitó la chaqueta, pidió un brandy y se puso a tararear el mismo tema musical de los viernes a esa hora. Terminado el disco, el único que sonaba dos veces seguidas en aquel antro salsero, pagó en efectivo, tomó los billetes de la devuelta y dejó las monedas de propina. 

La chica que atendía la barra aquella noche era nueva y estaba en entrenamiento. No dijo nada, pero pensó en el hombre extraño del que le hablaban sus compañeras, el señor del paraguas que viene lo viernes y que cuando se va  deja su presencia. Dos horas más tarde le ocurrió lo que tanto le habían advertido: cada que miraba el rincón al final de la barra, tenía la incómoda sensación de que alguien levantaba la mano para pedir un brandy. 

sábado, 21 de marzo de 2015

La prueba

Los exámenes médicos debía hacérselos en ayunas. Sintió la madrugada, pues el laboratorio era al otro lado de la ciudad. Llevaba cinco años de inmunidad al dolor, desde aquella tarde en que Vanessa se fue. La enfermera bromeó sobre lo escondido de sus venas. La punzada no le dolió. Salió de los exámenes con ganas de caminar. Eran las 7 am. Pudo ver el decorado de prostitutas, vendedores, drogadictos, indigentes y trabajadores informales que a esa hora adornaban el centro de la ciudad. Estaba tan seguro del resultado positivo, como de la ausencia eterna de Vanessa. Así, en ayunas, decidió perderse entre esa multitud.

martes, 20 de enero de 2015

El contador de días

Eran las 3:00 de la mañana. Jairo miró por la ventana y solo vio la monotonía de la calle. Llevó a la biblioteca la novela que había terminado y la cual consideró tan pasiva como la ciudad de esa hora. Se sirvió un vino y lo sorbió intentando encontrar un sabor que lo sacara de aquel letargo. Nada qué hacer: la ciudad, la novel, el vino y su vida transcurrían sin novedad. Se sentó en el sillón y decidió esperar a que el tiempo pasara. Desde entonces s un simple contador de días.  

miércoles, 7 de enero de 2015

Cuentos iniciados

A Henry, como a todos, se le dificultaba escribir. Siempre que lo intentaba, tenía claro cómo empezar pero tras la primera línea sus ideas huían. Tenía una ventaja frente a los de su generación: era persistente. Lo intentaba a diario. Hacía bosquejos, ponía en el papel lluvias de ideas, anotaba cada cosa que se le venía a la cabeza y coleccionaba cuadernos en los que intentaba darle forma escrita a su imaginación. Todas sus ideas, en absoluto, se quedaban inconclusas. También tenía una desventaja frente a los de su grupo: su modus vivendi era la escritura; tenía que producir textos para poder vivir. Su único oficio era el de escritor. 

El año pasado, ante la premura de la editorial por una nueva publicación hizo un compendio con varios de sus cuadernos y se los mandó a su editor. En poco tiempo, "Cuentos iniciados" se convirtió en un Best Seller y Henry...   

viernes, 2 de enero de 2015

Otra noche de fútbol en la ciudad

Las 11:52. El sonido de los disparos se confundía con el de la pólvora. En la ciudad de la periferia celebraban los hinchas del equipo color marrón. En la ciudad central, lloraban los hinchas del equipo color rosa. En toda la ciudad, la gente corría espantada. Unos lo hacían de miedo a los gases de la policía, y otros por el afán de llegar a la casa a ver en televisión la repetición de los goles. En el colectivo rumbo a casa, dos señores con cara de abuelos jubilados, pero con pinta y salario de maestros discutían sobre el fenómeno: "Los fanáticos de fútbol son así. Amenazan a periodistas, directivos y jugadores", decía el más crítico de los dos. "Pero pasados unos días se matan entre ellos, en las tribunas o en las calles, da igual", sentenció el otro. "Así es, justo en ese momento, es cuando se olvidan de los periodistas; y viceversa", apunté yo, tratando de entrar en la conversación.  

lunes, 10 de noviembre de 2014

Colegas

Salió del juzgado en medio de la consternación por el veredicto. Era viernes. A pesar de estar fuertemente custodiado, un mar de cámaras y micrófonos lo ahogó cuando intentaba bajar las escalas. Miró su reloj y entendió que era la hora de los informes en directo. Entre la avalancha de preguntas sin orden y sin sentido, se impuso la voz fuerte de un periodista, de eso sin edad, con una cara gris y un traje venido a menos, que más que respuestas le exigía una confesión. Detuvo su paso de inmediato. Miró al veterano periodista y lo vio con los ojos fruncidos, como buscando un agujero entre sus cejas. Sin pensarlo, escupió una respuesta casi tan abrupta como las preguntas que le habían lanzaban. "Por culpa de colegas como ustedes", dijo. Luego se montó al vehículo. Esa tarde recordó una frase de un profesor de la Universidad: los periodistas son tan peligrosos como un adolescente drogado portando una pistola. 


lunes, 27 de octubre de 2014

Premoniciones

Aunque nunca supo por qué, aquel nombre "Tuniche" en la etiqueta de la botella siempre le causó gracia. Tal vez esa sonrisa evocadora pero inexplicable que le generaba esa curiosa palabra en la etiqueta había convertido al frasco en una de las pocas cosas sobrevivientes en el viejo y vacío caserón; pero le había llegado su hora. Se había dado cuenta que esa noche tenía demasiadas premoniciones de desgracia y quería alejarlas. Quitó el corcho sin olerlo y se bebió la botella completa, de un solo sorbo.  En cuestión de minutos, se quedó dormido. Despertó 12 horas después con un fuerte dolor de cabeza, y cuando intentó levantarse, miró a su lado y vio las premoniciones, plácidas y seguras, durmiendo a su lado. 

domingo, 12 de octubre de 2014

Desde el punto penal

A Rafael le incomodaba demasiado el ritual de entrenar lanzamientos desde los 12 pasos. Para él, esta parte de la práctica no era más que un fusilamiento continuo, innecesario y aburridor del arquero del mismo equipo. Nada especial, solo perdida de tiempo. No había público ni prensa que presionara, como en los partidos que él llamaba "de verdad". Siempre pregonó que cuando se llegaba a esta instancia era porque ninguno de los dos equipos había merecido ganar, y que de ahí en adelante el asunto no era más que de "mísera suerte". De allí, que generalmente se desentendiera de esta parte de la práctica, se acostara en la cancha y se dedicara a mirar las nubes. 

Eso sí, en esta ocasión, tener a su compañero Pérez al frente, a quien apodaban "El Imbatible", como objetivo en la mira, significaba algo especial. Esta vez no puso el dorso contra la hierba para aislarse de la práctica, sino que para sorpresa de todos en el equipo pidió ser el primero en probar desde los 12 pasos. Acomodó el balón, tomó cinco pasos de distancia y despachó un verdadero misil hacia la puerta; hacia el portero. "Le pegó como con rabia", dijo más tarde Restrepo, el utilero del equipo cuando llegaron los directivos del club a indagar por lo que había pasado. 

Rafael cambió de club. Se fue a un equipo de segunda, que en dos años logró el ascenso. Allí esperó con paciencia tres años más, mientras cosechaba triunfos y marcaba goles. Una tarde de domingo, el fútbol lo puso nuevamente frente a Pérez. Esta vez en la definición del título de Liga. Antes del cobro, Rafael se acercó a Pérez y le dijo al oído: "Pocas veces la vida te da la posibilidad de fusilar simbólicamente a quien se quedó con la mujer que has amado en silencio". 

 

martes, 1 de julio de 2014

Sin diván

No había diván, pero Augusto no paraba de hablar. Le contó todos los detalles de la discusión que tuvo con Juliana la noche anterior. Le detalló día a día los tortuosos tres años que llevaba viviendo con ella. Le habló de sus incomprensiones, del día que tuvo que amarrarla porque quería herirlo con un puñal y del problema en que según él se había vuelto todo. Finalmente, le confesó sus reincidentes intenciones entre suicidas y asesinas, y le detalló todo lo ocurrido. Cuando paró de hablar, miró al frente. Allí seguía ella, escuchándolo sin intervenir, con una grabadora en la mesa, un diploma de abogada en la pared y un letrero traslúcido en la puerta que decía: "Fiscal 4". No había diván.  

domingo, 4 de mayo de 2014

Ginebra con limonada

Solo se me ocurrió pedir una ginebra con limonada. Este trago, algo exótico para un menor de edad procedente de un barrio marginal, lo conocí un día que el papá de una amiga rica se embriagó con sus amigos mientras yo pasaba la pena de conocer a toda la familia. El mesero me lanzó una mirada inquisidora, la cual calmé con un billete sobre la mesa. Estaba tomándome un trago en el bar más costoso que había en la ciudad, como se lo había prometido a ella desde el primero hasta el último día. Tanto el anciano que me atendió como yo sabíamos que mi trago era de clase, pero yo no.

Lo probé, lo saboreé y empecé a tomármelo con lentitud. Cuando iba por la mitad, subí la copa a la altura de la cabeza y grité con fuerza ante la mirada de sorpresa y de reproche de los pocos asistentes al bar aquella noche de martes: ¡a tu salud!... El silencio fue cómplice de aquel momento casi eterno, que solo se rompió con la escandalosa aparición de los 10 policías que entraron por mí. Un asesino de mujeres como yo, a los 17 años de edad, podía darse el lujo de tener una celebración con clase, pero no un arresto silencioso.

jueves, 17 de abril de 2014

Amistad a todo precio

"Todos tenemos un precio", sentenció aquella abogada gorda mientras me explicaba que para poder dejar libre a mi primo Juan necesitábamos de la declaración de Ospina. "Ni él ni yo lo tenemos", le repliqué. "Los principios no se negocian, y sé que él tiene unos tan firmes como los míos", agregué. 

La doctora era una mujer "culta", famosa por su habilidad verbal; así que no le dí tiempos largos para exponer o argumentar. La obligué a hablar con intervenciones cortas, lo que sabía que la incomodaba bastante. "Lo suyo está claro, prefiere hundirse en esta cloaca; pero Ospina está afuera y si usted lo convence... ", "Le repito que es intachable", interpelé. "Nunca haría algo ilegal. Meto la mano al fuego por él. Por eso, ni yo le diría que lo hiciera, ni él esperaría que yo se lo propusiera, y sé que él jamás haría lago así, ni siquiera por esa cantidad de dinero". 

La abogada me miraba con unos ojos obesos como su cuerpo. Era exitosa. No había perdido un solo caso en varios años, pero todos sabían que sus estrategias "jurídicas" eran el engaño y la manipulación. "Ya verá que en dos días declara", sentenció antes de salir.

Ospina había sido un profesional recto. Lo conocí en la Universidad y desde entonces fuimos amigos. Tenía cuerpo de basquetbolista, cara de predicador y mente de teniente. Le gustaba la lectura. Tenía tres hijos y una hoja de vida intachable en sus doce años de trabajo como ingeniero residente en diferentes obras. Hacía ocho meses que no lo veía, desde el día en que me encerraron por acompañar a mi primo a una vuelta por el barrio. 

Era jueves el día que me llamaron a la oficina del director. Estaban él y la abogada. Yo llegué antes que mi primo. La cita era para los dos. "Tiene usted un amigo que lo aprecia demasiado", dijo la abogada con tono de dictadora, y agregó, "Ospina lo aprecia tanto que confesó la verdad". El director me miró complaciente y anunció: "tengo en mis mano la boleta de salida. No quiero problemas. Así que salgan antes de que a él lo entren. Nunca es bueno que un par de hombres buenos, que han pagado casi nueve meses de  cárcel injustamente, se encentren en un pasillo con el culpable de esa injusticia".  Mi primo me abrazó fuerte. 

martes, 15 de abril de 2014

El último contrato

El viejo portón verde de madera que daba a la calle Bolivia y que había sido conservado como entrada al edificio y como recuerdo de la arquitectura colonial derrumbada por el desarrollo, se abrió a las 11:38 de la noche. El portero me despidió con una frase habitual y aplicable a toda la ciudad: "tenga cuidado, que este sector es muy peligroso".  En la recepción me esperaba una pareja de desconocidos, con quienes debía cerrar el negocio. 

No cruzamos más palabras que las de un frío saludo. Tanto ellos como yo, habríamos evitado aquel encuentro de haber sido posible. Salimos en busca de algo de comer, sabiendo que a esa hora el centro de la ciudad es un hervidero social. Ellos llevaban el contrato en un sobre de manila de tamaño oficio y solo necesitaban mi firma, y yo llevaba todas las intenciones de estampar mi rúbrica en aquel maldito papel. 

En el camino hasta la pizzería repasé a mis acompañantes. Ella vestía unos jeans desteñidos y una camiseta que alguna vez fue negra, su pelo estaba en desorden y su cara guardaba muchos interrogantes. Él, vestía un traje formal, pero olvidado. Caminaban mirando al piso, evitaban a la gente y en todo el recorrido nunca me miraron a los ojos. 

Pedímos gaseosa con un trozo de pizza y nos sentamos en el rincón junto al baño. Me bebí la gaseosa de un sorbo, como si fuera un trago fuerte. En medio del bullicio que rondaba el ambiente y de la incomodidad de la situación pedí el documento para firmarlo. No quise leerlo. Firmé, mordí la pizza y salí sin decir palabra. 

Aquella noche recorrí toda la ciudad. Caminé entre delincuentes, jíbaros, prostitutas, borrachos, indigentes y desquiciados. Nadie me miró.  Es como si toda la ciudad supiera que acababa de vender mi alma.  

lunes, 24 de marzo de 2014

Llamada de advertencia...

El teléfono no paraba de repicar. Inicialmente quise ignorarlo, pretendiendo que se hubieran equivocado de habitación. 

Posteriormente, quise suponer que buscaban a la señora que hizo la habitación, pues hacía solo unos minutos acababa de salir; justo cuando yo entraba de la maldita cita en el juzgado de aquella enorme ciudad. Rápidamente recordé que la señora tenía consigo un walkie talkie por el que se comunicaban con ella de la administración. 

Por quincuagésima vez volvió a sonar. Ante la insistencia, quise jugar a las analogías comparando el repicar constante con el llanto de un niño recién nacido que solo reclama atención. Tampoco funcionó. Yo sabía que no requerían de mi atención, que no reclamarían mi presencia; sino que exigirían mi ausencia. 

No paraba de repicar. ¿Sería el mismo sujeto que trató de hablarme antes irme a declarar? Podía hacer lo mismo: contestar y guardar silencio, para volver a escuchar esa voz incierta, que en una sola línea se confundía entre la amenaza y la súplica en tono imperativo: "¿Rodriguez, está ahi?, ¡Rodriguez!, ¡Tengo que hablar con usted, sobre lo que va a declarar!, ¡Rodríguez!"...  Fue lo único que escuché. Un corto silencio en la línea, y yo salí raudo hacia los juzgados del centro. ¿Sería el mismo?, yo ya había declarado y no veía razón para que volviera a llamar.  

No quería contestar. El teléfono guardó silencio un momento, como para coger impulso. Nuevamente empezó a sonar. Hacía una hora había dicho ante un juez lo que realmente yo había visto. Tenía la tranquilidad de todo aquel que dice la verdad. Empaqué el maletín y me dispuse a salir. El teléfono nunca paró de sonar. Lo tenía resuelto, era cuestión de contestar y no hablar. "¡Rodríguez, escúche atentamente: no salga del hotel que lo van a matar, repito: no sala del hotel!". Salí raudo. Mi vuelo salía en 40 minutos y antes debía atender una ineludible cita con la muerte. "¿Rodríguez, escuchó, escuchó?", repetía la voz incierta en un teléfono distante cuando en la puerta del hotel recibí los primeros impactos. "¡Rodríguez, Rodríguez!"... 


sábado, 15 de marzo de 2014

En el estante

Si yo fuera de las personas que le hacen caso a las corazonadas, me habría ido para mi casa aquel 18 de enero sin cruzar la puerta para entrar al almacén. Sentía algo extraño en el ambiente, pero no adivinaba a saber qué: tal vez el nubarrrón negro que se asomaba en el Alto de los Pérez, las dos señoras que conversaban en la entrada, el vigilante exterior que caminaba como si fuera presa de un sonambulismo casual o el carro verde parqueado a 25 metros de la entrada. Todo era tan cotidiano que me sentí extraño. Pese al presentimiento, entré. 

Los buenos tiempos del almacén el Tambor habían terminado el día de mi última visita 28 años atrás. El ambiente era húmedo, lo único que se había renovado era una caja registradora, el aire tenía un olor a tiempo acumulado y las estanterías estaban casi vacías. La cajera era la misma y el administrador también. De no ser por las arrugas marcadas en sus rostros afirmaría sin duda que el tiempo en aquel almacén estaba detenido hace muchos años.

Una empleada delgada, canosa, encorvada y lenta se me acercó sin mirarme. Arrastraba sus palabras al ritmo parsimonioso de sus pies . "¿Olvidó algo,señor Cardona?", me dijo. "No creo", le respondí. "¡Tal vez fue el el tiempo el que se olvidó de mí!". Desde entonces, sigo atrapado en el estante.  

domingo, 9 de marzo de 2014

Ascensor

Pensé en devolverme, en pedir disculpas, retirar lo dicho y decirle que había sido un error mío escribir aquella carta. No lo hice. Sabía que en cuestión de segundos el ascensor se abriría y yo escaparía de aquella vieja oficina y de aquella rutina absurda en la que había perdido 16 años de mi vida. Las luces mostraban los números descendentes que se iluminaban y se apagan de forma consecutiva: 15, 14, 13... Una vez dejara "el maldito piso 6", como lo habíamos denominado, rompería por fin con esa particular marca del sistema esclavista que se conserva en los sistemas de producción postmodernos y que llamamos "jefe". Mantuve la vista en el panel luminoso. Cuando la luz marcó el número 7, avancé hacia adelante la pierna derecha, al mejor estilo del atleta que escucha concentrado la orden de "listos". 

Cuando la puerta se abrió, entré apresurado y con la vista en el techo. Con la misma incomodidad de todos los allí empaquetados, evitando mirar a los eventuales compañeros de aquel estrecho y eterno viaje. Adentro, un nuevo panel luminoso siguió la cuenta regresiva,: 4,3,2... Y luego unos números negativos. Llegué hasta sótano 7, el último, el más hondo. Era el final. Cuando se abrió la puerta, entendí que había caído demasiado bajo. 

domingo, 2 de marzo de 2014

Humo y madrugada

Cualquiera sabe que cuando tocan la puerta de la casa a las 3:00 de la mañana, nada bueno puede esperar. 30 años atrás, cabía la posibilidad de que fuera una broma de algún amigo del barrio, o algún borracho equivocado de casa por los efectos del alcohol. Esta vez, no había error. El miedo anidó de inmediato en el cuerpo de Mauricio. Los golpes a la puerta despertaron el vecindario entero y se transformaron en empujones para tumbarla. Sabía que venían por él. Había pasado tres días allí encerrado, drogado, alejado de todos, purgando en silencio una culpa que no era suya. La puerta cayó y se oyeron pasos hacia la habitación. Mauricio aspiró el último humo de su vida, exhaló lentamente, y su miedo salió volando en compañía de su alma. 


lunes, 6 de enero de 2014

Salto al vacío

Cada que se asomaba por la ventana veía el pasillo de la entrada a los parqueaderos del edificio. El flujo era poco, pero mirar cada carro que salía o entraba era la acción que le permitía mantenerse despierto para tomar las decisiones correctas. La imagen de aquel pasillo era suficiente. Cuatro noches se mantuvo callado, en la misma posición, ante la misma ventana. En cada vehículo que salía fue montando mentalmente los proyectos que tenía pendientes.  En cada carro que entraba, encaramaba las razones para explicar lo que haría. La quinta noche, cuando entró un razón de peso, se lanzó al vacío desde aquella ventana. 

miércoles, 1 de enero de 2014

Noche de ciudad

Pocas veces en su vida había escuchado en las calles de su ciudad un rumor silencioso como el de los amaneceres en el campo. Aquella era una noche diferente. Su ventana le servía de balcón para mirar las sobras que eventualmente cruzaban raudas buscando refugio lejos de las luces del alumbrado público. Por un minuto solo se escuchó el viento. De un momento a otro, comenzaron a mezclarse el ruido de las hojas secas al ser pisadas por las sombras que corrían, las sirenas de la policía que amenazaban con irrumpir en el cuadro de silencios y los sones lejanos de alguna celebración extraña de jóvenes de un barrio vecino. A la vuelta de la esquina reposaban un cadáver y una ciudad que ardía en otro silencio sin fin. 

martes, 24 de diciembre de 2013

llamada de navidad

Era la novena llamada de su madre para desearle una feliz navidad. En siete de ellas, le había dejado un mensaje en el contestador, casi con las mismas palabras, como si siguiera un libreto rígido. El estilo de trabajadora de call center no lo había perdido pese a la distancia, a los cinco años de estadía en el exterior, a  su nueva vida de dama londinense, a los siete años que habían pasado desde que trabajó en su país en una línea telefónica de cobranzas bancarias y a que esta vez de trataba de un asunto familiar.  

Eran las seis de la tarde y Cesar seguía tirado en su cama, borracho, desnudo y con el corazón frío y deshabitado. Nada, ni las llamadas de su madre, ni la llegada de la noche, ni la música de navidad que se escuchaba más allá de los muros de su casa, ni las luces que empezaban a encenderse en el parque que queda justo al frente de su ventana, ni la nostalgia por los amores perdidos lo hacían reaccionar. Solo estiraba su mano para darle click al mismo botón de play que le dejaba escuchar los mensajes grabados. "Hola Cesar, soy mamá. Sé que no quieres contestarme, sé que no quieres saber de mi. Sé que la razón te asiste. Después de tanto tiempo, solo quería desearte una feliz navidad. Solo eso". 

"¡Solo eso!", exclamó Cesar después de escuchar el mensaje por vigésima ocasión. Se puso en pie, miró por la ventana, destapó otra botella, se tomó un trago e hizo cuentas: en Londres deberían ser las 2 de la mañana y seguramente estaría nevando. Tomó el teléfono e hizo la llamada que en las últimas cinco navidades había querido hacer.   

martes, 17 de diciembre de 2013

Pendiendo de un hilo

El péndulo se movía en todas las direcciones. Yo sabía que en una de ellas se trazaba mi destino. Mientras la pitonisa advertía que había perdido mi atención en sus palabras, yo esculcaba en mi memoria los vagos recuerdos de la novela de Eco que nunca terminé de leer y evocaba las clases de Física 2 de mis épocas de estudiante de ingeniería. El péndulo oscilaba al mismo tiempo, a la misma velocidad y en las mismas direcciones que las imágenes mentales que llegaban en mi ayuda. Pasaron varias horas y mi mente paseó por muchos escenarios. La mujer aquella siguió hablando pero su voz se perdió en un tercer plano en el que se hizo imperceptible. Solo un grito lanzado con rabia angustiosa me sacó de aquella estado de inercia: "¿acaso no se da cuenta que el péndulo paro hace varios días y que su vida solo pende de un hilo?".   

martes, 10 de diciembre de 2013

Cambio de estación

El viernes había sido un día de absoluto silencio. Llovió e hizo mucho frío. Para muchos, fue el cierre de una temporada invernal más; para Juan fue un extraño día de nostalgias y sollozos; uno de aquellos días de soledades necesarias y turbios recuerdos. Vio caer la tarde desde el patio, acostado en él y recibiendo en su cara cada gotera como si fuera una cachetada del pasado. En la noche, vagó por los callejones del barrio viejo cercano a su casa, compró una botella de vino casero y se embriagó hasta perder la noción del tiempo. Cuando despertó, ya había entrado un fuerte verano. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Paseo en la noche

Su único vicio era recorrer la ciudad en las noches. Con el paso de los años había creado una extraña dependencia a las vacías avenidas, a las soledades de su metrópoli y a esos confusos silencios que en cualquier esquina explotaban en una alborada de ruidos. 

En sus paseos semanales se combinaban fácilmente la música de las discotecas con las sirenas de las patrullas, los pitos de los carros, los gritos de los agredidos, las voces de los taxistas y los susurro de las vendedoras de sexo. 

En aquellos habituales paseos veía la ciudad nocturna llena de conductores borrachos, la miseria del desterrado en su máxima expresión y todos los vicios del mundo potenciados por la tiniebla y el frío del amanecer.  

Cada vez sus recorridos se hicieron más frecuentes y necesarios, hasta el día que su madre, angustiada por su deterioro, lo internó en la la clínica del sueño. Seis meses después le habían curado aquel sonambulismo severo.   

sábado, 23 de noviembre de 2013

Nublado

Despertó en el avión y descubrió desde el aire un país extraño, en el que solo había nubes. Blancas, gruesas y mecidas por el viento. Miró el reloj y descubrió que se había detenido a las 3:43 de la mañana. El vuelo había despegado en la capital a las 10:30 de la noche y por el rayo de luz que golpeaba su ventana calculó que eran más de las 11 de la mañana. Fijó su mirada en los cristales de nieve que empezaban a aparecer. En cuestión de segundos se vio totalmente rodeado de un blanco frío. ¿Dónde estaba?, ¿sobre qué país viajaba?, ¿qué habría más allá del horizonte?, ¿por qué sentía la pesadumbre propia de las madrugadas en vela?. Las preguntas lo aterrorizaron. Se sintió en un cielo perdido. Cerró los ojos para despertar. Eran las 3:44 de la madrugada cuando miró por la ventana y solo vio nubarrones.  

jueves, 21 de noviembre de 2013

Tempestad de letras

Caía la tarde y una nube negra que se asomaba en las colinas del oriente presagiaba el aguacero que caería una hora después sobre el Valle. Era un presagio. Una mancha de sol humedecía los muros de la unidad residencial en la que vivía el médico con sus dos hermanas. Las 5:30 y el viento soplaba con fuerza sobre la ventana que daba a la calle. Cuando las primeras gotas golpearon con rabia las calles del sector, la nostalgia se apoderó de todos los rincones del apartamento. No había escape. Tenía fantasmas, humillaciones y tristezas acumuladas. El médico encendió su computador, puso sus dedos de cirujano sobre el teclado y dejó que las letras llovieran. 

domingo, 10 de noviembre de 2013

Tatuajes

La primera vez que ella se tatuó se marcó el nombre de él en su muñeca. Lo hizo por amor, para tener presente su nombre en cada momento. Fue un tatuaje sutil, pequeño y muy discreto, como era el amor de ambos en ese entonces. 
El segundo tatuaje se lo hizo dos años después. El rostro de él, plasmado en un hombro de ella, le sonreía permanentemente y de frente, a manera de burla, a todo aquel que se atreviera a mirarla. Esta vez, la marca fue una huella atrevida y pública, como el sentimiento que existía entre ella y su amado. 

Luego vinieron otras marcas que evocaron diferentes etapas del amor intenso que brotó entre los dos. La espalda, la pelvis, la cadera, una pantorrilla y un seno de ella sirvieron de lienzo para estampar en cada rincón de su cuerpo las señales que le harían recordar por siempre al hombre que se le metió por todos los poros. 

Un día, mientras discutían por algún detalle banal, de esos que generan los peores conflictos, ella le recriminó no haberse tatuado nunca algo que la evocara. Él, tras lanzarle una mirada flecha que se le clavó en el corazón, le dijo una frase seca, con la que se fue para siempre: "creí que habías notado que te tenía tatuada en el alma". 


sábado, 2 de noviembre de 2013

El encierro

El abuelo no estaba muerto; solo padecía de un profundo cansancio. Aunque la familia entera miraba su cuerpo con desdén esperando la noticia de su deceso, él luchaba amodorrado contra la fuerza de las que serían las últimas medicinas aplicadas. Para los que rodeaban la cama, su estado era de inconsciencia; pero él aún se sabía despierto.  Sabía lo que pasaba, los escuchaba a todos, le incomodaban los susurros, lo aturdía el abrir y cerrar de la puerta, los veía allí sentados frente a él esperando que el médico dijera las palabras esperadas; y por supuesto, sufría. Cuatro meses después, sentado frente al mar, escribió en la arena estas palabras: "no hay peor encierro que el silencio y la indiferencia".  

miércoles, 30 de octubre de 2013

Encierro

Lo único que llevaba en su mano era una bolsa plástica de supermercado en la que había echado los implementos básicos de aseo: un jabón, una toalla y una peinilla. En el bolsillo de atrás de su jean, raído en medio del tropel, tenía la billetera con su cédula, la libreta militar, una estampita de María Auxiliadora que le había regalado su abuela antes de morir y la foto de una mujer  guapa, malgeniada, de unos 36 años de edad, con un vestido casual y una sonrisa extraña. Por esa mujerestaba allí. 

Después del registro en la entrada pasó a un patio lleno de extraños. Allí, sentado en un rincón, casi invisible a los demás, pensó en dos cosas que no podía entender: la inusual sonrisa de infelicidad que puso ella ante el fotógrafo para ese retrato que lo acompañaba, y la agresiva reacción que él había tenido cuando supo lo de ella con el fotógrafo. 20 años después, antes de salir, entendió lo de la sonrisa. 

martes, 29 de octubre de 2013

Diagnóstico a mitad de camino

La enfermera avanzó hacia mí con la jeringa en la mano. Hacía su trabajo. No le importaban ni mis gestos de dolor ni mi reiterada advertencia del terror que le tengo a las agujas. No era la primera vez, el ritual se repetía desde hace dos meses, tres veces por semana. Una vez más sentí el paso del algodón  frío por la parte alta de mi glúteo. "¿No vas a aprender a no tensionarte?". Los músculos estaban endurecidos. Un nuevo pinchazo. Al lado, el médico internista miraba al infinito, al mejor estilo del doctor Tulp de Rembrand, no me miraba a mí. La enfermera desapareció al tiempo que yo volvía a vestirme. El doctor seguía ahí mirando a ninguna parte. Tal vez por eso no me vio salir. Tal vez por eso no ha notado que jamás volví. Algunas noches, como la de hoy, celebro haberlo dejado con su diagnóstico a mitad de camino. 

domingo, 27 de octubre de 2013

La partida

Si hubiera conseguido que me dijera algo no tendría tantas preguntas persiguiéndome. ¿Qué cuentas tenía pendientes?, ¿qué le debían?, ¿qué le faltaba por hacer?, ¿qué quería que supiéramos?, ¿qué le hacía falta escuchar?, ¿qué era lo que callaba?. Ocho meses y nunca me dijo nada. Ni a mí, ni a nadie. Ocho meses mirándola cuando me atrevía a ir, y ni una palabra. Solo hubo contemplación, nunca hubo señales. Siempre me dio la impresión de que estaba disgustada o furiosa, y que a eso obedecía su silencio. La habitación permanecía en silencio. La gente entraba y salía con una una sola expresión. El día que se fue, simplemente se quedó dormida. Yo me quedé huyendo de las preguntas, para evitar buscar las respuestas. 

miércoles, 9 de octubre de 2013

De carambola

Y allí estaba él. En la cuarta fila, la de los amigos más cercanos del novio. Era la sexta boda a la asistía en menos de un año. Todas las veces la sensación  era la misma, la de tener su cuerpo en un recinto religioso y su mente en un lugar lejano. Delante de él veía a aquellos parientes de los que Andrés nunca le había hablado, porque no los conocía. Al lado, estaban los muchachos de la oficina.  Atrás, los mismos curiosos de cualquier otra iglesia. En medio de la liturgia decidió salir a tomar aire en el atrio. Respiró profundo y decidió irse al billar. bastaron 29 carambolas para convencerse de que Andrés era él. 

domingo, 6 de octubre de 2013

Reclamos...

Luisa siempre creyó que la vida la había engañado. A sus 16 años sentía que merecía ser una mujer inteligente y querida por sus padres. Su salud empeoraba al mismo paso que la condición económica de la tía abuela que se hizo cargo de ella, luego de haber sido rechazada por cuatro familiares más. Pensaba que su madre no tenía que haber muerto cuando ella apenas era una niña y que su padre no tenía razones para haberla abandonado. Le reclamaba a todos su derecho a ser una mujer feliz. Con el paso de los días, frente al televisor, viendo los realities, entendió lentamente que hay que hay vidas peores, y que la cercanía de la muerte elimina los rencores y el dolor.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Infidelidad literaria

Sofía vivía metida entre libros. La biblioteca era su lugar en el mundo. Ya había disfrutado hasta el éxtasis ocho centenares de textos, entre novelas, filosofía, libros de viajes, algo de esoterismo, poesía y sobre todo, cuentos cortos. Para ella, leer no era un acto de humildad sino de amor absoluto. Así vivía. Por eso, el día que decidió salir de su encierro para mirar el callejón, recorrer el barrio y pasear por el mundo exterior, entendió que esas aventuras exploratorias y fugaces  fortalecen los amores puros y sinceros. En la noche regresó a sus libros, se aferró a ellos y les pidió perdón. 

domingo, 29 de septiembre de 2013

Psico - Rígido

Nunca entendió por qué sus amigos de juventud le decían que era un hombre cuadriculado. Según él, era una fama mal ganada por quienes estudiaban ciencias duras. Desde niño le disgustaba el desorden, lo enumeraba todo, no aceptaba consejos, se hacía chequeos médicos cada seis meses, se aferraba a su forma de pensar y seguía una dieta rigurosa. Programó toda su vida y cumplió con su plan. Desde joven tenía claro a qué edad graduarse, en qué se especializaría, qué estudiar, a los cuántos años debía casarse, cuántos hijos tener y a qué edad jubilarse. Todo le salió de acuerdo con el plan. Hoy, en su cumpleaños, al llegar a los 70 septiembres, no quiere celebrar. Siente que algo le quedó fuera de control, y no sabe qué es. 

jueves, 26 de septiembre de 2013

El pasado no perdona

Pocas veces en la vida se había pasado de tragos. Tal vez por eso, aquella noche fue especial. Subió a su auto, no para conducir sino para pensar. Por primera vez en muchos años sentía que la confusión de estar ebrio le daba claridad. Miró en su retrovisor y vio nítido cómo se acercaba el pasado. Venía rápido y brioso. En otras ocasiones, cuando intentó mirarlo, lo había visto oscuro y borroso. La borrachera solo le dio para entender que toda la vida lo había evitado. El pasado llegó hasta él, lo envolvió y lo abrazó para siempre. Nunca más salió del auto.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

El doctor martes

Sus palabras sonaban frías, como el clima de la ciudad que habita; sus promesas siempre fueron falsas, siguiendo una fea costumbre de las personas que viven en aquella metrópoli; su rostro se convirtió en un enigma, producto de un vicio adquirido en el oficio, el de no dar la cara. 

Con el paso del tiempo se convirtió en una referencia abstracta; se le conocía simplemente como "el doctor martes". Por sus manos pasaba el dinero de una empresa con renombre, pero sin corazón, como todas, y con un total desorden, como pocas. 

Durante meses, los empleados rasos esperaron con ilusión todos los martes la aparición de aquel personaje extraño. Nunca lo hizo. Su corazón y su desorden eran de la misma marca de su empresa. 

domingo, 18 de agosto de 2013

El Fanático

Cada que su equipo perdía, su vida se volvía un drama. Maldecía, se malgeniaba, peleaba con otros hinchas, bebía como loco y luego se drogaba. Al otro día, aunque él no se acordaba de nada, sus amigos le recordaban el resultado. Para evitar las burlas, se encerraba en sí mismo, se aislaba del mundo, desconectaba las noticias y se dejaba atrapar por 4 o 5 películas de acción sucesivas en las que no se mostrara un solo balón de fútbol. Esa fórmula le dio resultado siempre, hasta el día en que quedó atrapado en medio de uno de uno de esos tiroteos extraños, en una de sus películas, en las que solo sale vivo el protagonista.    

miércoles, 3 de julio de 2013

Memoria...

María del Mar era una mujer con una memoria prodigiosa pero extraña. Podía recordar hasta el detalle más insignificante de todos los hechos que habían ocurrido en su vida, pero su retentiva solo alcanzaba para todo lo malo. Los buenos momentos le producían amnesia. Cada que se encontraba con alguien desempolvaba de inmediato los desaires y desatenciones que su interlocutor le había hecho. Tal vez fue por la exactitud de sus rememoraciones que todos sus amigos decidieron olvidarla.

martes, 2 de julio de 2013

El rincón de sí mismo

Aquella tarde, después de entender que le había hecho daño a la mujer que amaba, ya no supo qué hacer. Caminó, escribió, pensó, habló y balbuceó hasta darse cuenta que estaba completamente solo. Se encerró en un rincón de sí mismo. Allí descubrió que el llanto por perderla y la felicidad por haberla tenido habitan en el mismo espacio.

martes, 9 de abril de 2013

Hora de escribir

A las 8 de la mañana, Daniela ya había tachado 48 tareas de la larga lista que a diario elaboraba en su agenda. Estaban hechas. Le rendía como nunca. Era lunes, siempre lo titulaba "Día de los pendientes". Se tomó un café fuerte y miró el punto 49: "escribir un cuento". Han pasado varias semanas, los tachones en la lista siguen, pero al lado de aquel viejo 49 hay una pequeña nota: "pendiente". 

jueves, 28 de marzo de 2013

Poder extraño

María Elena tenía la capacidad única de meterse en el cuerpo y la mente de sus amigas, mientras veían una película o compartían un café. Nadie lo notaba, pero ella vivía en carne propia, diariamente, las angustias de las demás. Sabía de los problemas económicos de Angélica, de la drogadicción de Érica, del alcoholismo de Patricia, del maltrato físico que recibía Andrea de su esposo y del que le propinaba Daniela al suyo. En silencio, sufría por las demás. Un día decidió confesarles el poder que tenía. Desde entonces,  se terminaron las tardes de café y las noches de película; ya todas sus amigas sufren en silencio por ella. 

domingo, 24 de marzo de 2013

El viejo compañero

Hacía 30 años que no hablaban. La última vez fue en la oficina de abogados en la que ambos eran mensajeros; justo el día que Julián renunció para poder matricular algunos cursos que le faltaban para titularse en la Universidad. 

Hablaron casi dos horas, se tomaron una cerveza y los datos del celular. Nunca se llamaron. Aquella tarde del encuentro, Martín, el mensajero, sintió envidia de Julián, que se había hecho todo un profesional. Al mismo tiempo, Julián pensó que ser antropólogo no le sirvió de nada y que si hubiese seguido en la oficina, ya estaría a punto de jubilarse como su excompañero. Faltaron más cevezas para decirse la verdad. 
 


martes, 19 de marzo de 2013

La locura cura

Aunque era una mujer noctámbula y se acostaba en horario de Cenicienta, a las 3:00 ya tenía los ojos abiertos y estaba decidida a esperar. Las 4:30 de la mañana, la hora maldita. Siempre ocurría lo mismo. El dolor llegaba, la atormentaba, la hacia retorcerse hasta gritar, hasta más no poder, justo hasta que aparecía el sol por su ventana. Diariamente. Siempre fue su indeseado ritual. Ningún médico pudo saber qué tenía, ninguno la pudo diagnosticar. Un día, el dolor despareció. La cura fue la locura. 

sábado, 9 de marzo de 2013

El el centro comercial


Siempre que iba, perdía una tarde entera mirando vitrinas, hablando con señores de la tercera edad que se quejaban de la vida, preguntando precios y tallas de prendas de vestir que nunca compró y sentándose en los muebles de cuero que había en algunos de sus pasillos. Era un ritual al que nunca faltaba. 

Los sábados y los domingos de todas las semanas, todos los meses y todos los años los pasaba allí. En semana, trabajaba todo el día en una oficina del estado y en las noches veía la televisión en la soledad de su casa.

Así vivió hasta jubilarse y darse cuenta de que ya solo iba a su centro comercial a quejarse de la vida. Desde entonces, hay un ejecutivo que lo extraña los fines de semana en los muebles de cuero del pasillo.

viernes, 1 de marzo de 2013

Aroma de café

El primer café se lo tomaba a las 5 de la mañana y siempre tenía efecto literario: le traía a la memoria al Coronel de Gabo esperando eternamente el anuncio de su pensión.

En muchas cosas, su vida se parecía a la de la novela que tantas veces leyó: el café, la pobreza, la monotonía y la espera de una noticia que nunca llegó. Eso sí, había una diferencia fundamental: a él lo habían mandado a comer mierda antes de empezar a tomar café.

domingo, 17 de febrero de 2013

Sin guadaña

Ricardo se levantaba la vida manejando la guadañadora. Era suya. Su vida se le iba en cortar los prados de los jardines en las casas de los ricos de la ciudad. No tenía patrón, tampoco salario fijo y mucho menos seguridad social. Un día decidió no usar más su viejo instrumento y lo guardó. Dejó crecer todos los prados de sus clientes, hasta que un día, se perdió en uno de ellos.

martes, 5 de febrero de 2013

Cerró la cuenta

Arturo siempre revisaba el Facebook. Lo hacía religiosamente todos los días en la mañana antes de salir a trabajar. Su empleo en el banco era rutinario y sin mayores emociones. Todos los días contaba cantidades de dinero que no era suyo. Lo uno se le parecía a lo otro. En el Face, leía todo tipo de historias y vivencias que no eran las suyas. Hoy Felipe se levantó temprano, cerró su cuenta, imprimió su carta de renuncia y decidió irse al mar. 

sábado, 2 de febrero de 2013

Conflicto emocional

Durante 8 años, Ricardo fue un futbolista famoso. Jugaba para un equipo grande, marcaba muchos goles y tenía un buen salario. A medida que ganó dinero, perdió ambición. Un día, los goles desaparecieron y su trabajo también. En una entrevista para un periódico de provincia dijo que había tenido un conflicto emocional, que lo había perjudicado para el fútbol. Al otro día, el diario tituló: "De enamorado de la red a divorciado del gol".

domingo, 27 de enero de 2013

Problema cardiaco

Sebastián fue un hombre que le puso el corazón a todo lo que hizo. Quizás por eso, el infarto no sorprendió a nadie.

martes, 1 de enero de 2013

Año nuevo

Aquella noche, la última del año, todos hacían planes y promesas que difícilmente cumplirían. Mientras tanto, Francisco, moldeado por la experiencia  y por los años, se tomaba un vino tinto y brindaba por su proyecto de vida; una apuesta de muchos años por la que lucharía hasta el final de sus días.

sábado, 27 de octubre de 2012

Sueño en seco

El insomnio era su estado permanente, pero ese jueves fue la excepción: había dormido plácidamente. Tal vez por eso, en la mañana de aquel viernes septembrino se despertó abruptamente y muy intranquilo. La mujer que noche a noche lo desvelaba, se le había aparecido en sueños. 

domingo, 14 de octubre de 2012

Fenómeno de la niña

La lluvia de la tarde se confundía con su llanto. Eran las seis, el aguacero comenzó a la una y ella lloraba desde las tres. Pensó que su nombre no era casual. Después de una larga temporada calurosa, el corazón de Magdalena estaba azotado por un frío invernal. Ya no amaba, sino que sufría. Ya no ardía de pasión sino que sentía que su cuerpo congelaba sus deseos. Esa tarde, mirando la lluvia pertinaz, lamentó vivir en el trópico, donde no había estaciones; sino fenómenos infantiles. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Rostro y cuerpo

La única vez que vio aquel rostro fue en un aviso publicitario publicado en una revista de circulación nacional. Esa imagen fue suficiente. Han pasado casi 5 años desde entonces. En el día, la revista se pasea por consultorios odontológicos. En la noche, mientras el escritor construye una novela inspirada en aquel rostro, el cuerpo que lo soporta se exhibe en cocteles insípidos que no inspiran a nadie. 

jueves, 27 de septiembre de 2012

Dolor profundo

La vieja lesión de la columna volvió a molestarlo. El dolor esta vez se hizo insoportable. Era miércoles y el día estaba nublado. Quiso salir a la tienda a comprar algo para el desayuno, pero fue imposible. En una noche de desvelo total, tanto su cuerpo como su vida habían perdido la poca estabilidad que les quedaba. Decidió esperar unas horas para levantarse... El dolor de la columna se calmó en la tarde. El del alma lo está matando lentamente. 

lunes, 17 de septiembre de 2012

Fantasma

La última vez que le vieron por el barrio fue un viernes de agosto. Lucía una barba en desorden y un cabello que empezaba a crecer. Había perdido peso y su desaliño era evidente. Estaba irreconocible, pero también, desconocido. No saludó a don Miguel en la tienda ni miró para la casa de doña Carmen, donde siempre estaba Lucía tentándolo en el balcón. Cuando se cruzó con los muchachos del parche desvió la mirada. Hacía apenas dos meses que había anunciado en su casa que se iba porque quería buscar su esencia; y la encontró. Por eso, aquella figura que cruzó por el barrio el viernes no era más que un fantasma, que nunca volvió. 

lunes, 10 de septiembre de 2012

Letra muerta

Isabel era terca, por eso nunca declinó en su iniciativa de desarrollar un proyecto emprendedor. Tuvo tienda, vendió minutos de celular, montó una papelería, comercializó productos de belleza, fracasó con una peluquería y durante algún tiempo luchó con la venta de chance y lotería. No tuvo fortuna y nunca logró un buen capital. Su terquedad la llevó a luchar con las letras y a meterse en un proyecto editorial; fue lo último que quiso hacer en la vida. Invirtió sus últimos 12 años de vida en una novela, que como proyecto hizo honor a su título: "Letra muerta".  

martes, 17 de julio de 2012

Sin rumbo alguno

Federico salía a trotar todas las mañanas. No tenía ruta definida. Recorría cualquier calle, carrera o autopista hasta sentir el cansancio. Cuando estaba exhausto, simplemente detenía su paso, tomaba un taxi y regresaba a su casa para bañarse y salir rumbo a su trabajo. Así lo hizo durante los 26 años que estuvo vinculado a su empresa como auxiliar de contabilidad. El viernes fue su último día en la oficina, pues la carta de jubilación le llegó hace un mes. Ayer lunes intentó salir a trotar; pero esta vez no supo qué camino coger.

domingo, 15 de julio de 2012

Desenlace

La vida le había enseñado a esperar con paciencia: para terminar sus estudios tuvo que postergar varios semestre mientras solucionaba asuntos económicos; para conseguir un trabajo digno tuvo que pasar primero por bares y cantinas en oficios de mesera; y para conseguir el amor de su vida tuvo que aguantar primero numerosas decepciones y engaños. La paciencia que no tuvo de joven, la adquirió como virtud gracias al paso de los años y de las contingencias de su vida. Por eso, aquella tarde que salió de la cita con el oncólogo decidió esperar con calma el desenlace anunciado. Han pasado 16 años, y ella sigue apoltronada con resignación.  

lunes, 25 de junio de 2012

Los reencuentros

Los reencuentros nunca son casuales. Con esa tesis creció Bibiana desde niña. Cada que la vida le ponía en el camino lo que todos llamaban casualidades, ella las entendía como algo lógico que a alguna agenda debían obedecer. Esos sucesos eventuales tenían lógica para ella.  Por eso, la vida no la sorprendió el día que le puso nuevamente en el camino a Simón, el hombre que en dos ocasiones le había roto el corazón. Este tercer encuentro fue definitivo. Ella quedó tranquila después de decirle todo lo que se había guardado por años y quedó con la certeza de que en el futuro Simón volvería a aparecer.

lunes, 11 de junio de 2012

Punto de equilibrio

Entre problemas y discusiones, Angélica y Juan Carlos se pasaron la vida tratando de encontrar un punto de equilibrio para su relación. 22 años después de su matrimonio, justo cuando se decidían a no buscarlo más, lo hallaron. Estaban felices. Ignoraban que tres semanas después el detonante para que su relación terminara sería precisamente ese: que aquel edificio tan grande tenía el equilibrio tan solo en un punto; y se derrumbó.

sábado, 2 de junio de 2012

Madurez

Durante 20 años, Wilmar esperó de la vida una segunda oportunidad. Aunque siempre pensó que en la primera no había contado con suerte, con el paso de los años entendió que le había faltado madurez para aprovecharla. Siempre le decía a sus amigos en tono lacónico que la vida es una película que nunca tiene replay, pero aguardaba un momento de lucidez para repetir sus experiencias de juventud. Cuando menos lo esperaba, cuatro lustros después y por pura casualidad, la vida lo puso a repetir. Sin embargo, Wilmar consideró que ya era demasiado maduro para hacerlo y dejó pasar aquella nueva opción. 

sábado, 19 de mayo de 2012

Xelenia

Nunca conocí personalmente a Xelenia, pero siempre dije que tenía cara de ser una mujer perversa. Fría y calculadora en asuntos profesionales, decían. Sin corazón y sin alma, comentaban sus allegados. Esta semana, leyendo la prensa, descubrí que su maldad como su vida no le pertenecen; una malvada titiritera la maneja con 18 delgados hilos.

sábado, 5 de mayo de 2012

Chaparrón de vida

A Laura la lluvia siempre la ponía melancólica y trascendental. Desde su ventana, veía caer las gotas con la misma velocidad a la que pasaban sus días. Cada aguacero era para ella un ejercicio de matemática inversa: contaba y contaba goteras interminables de lluvia, para contrastar sus cifras con las cuentas de los días que le quedaban por vivir. Laura sabía que en el chaparrón de  su vida empezaba a escampar.

martes, 3 de abril de 2012

A pie

Caminar en las mañanas fue su vicio durante años. Ni la lluvia, ni el frío, ni los habituales malestares que padecía, ni las olas de inseguridad que llegaban a su barrio con cierta frecuencia impidieron que lo hiciera. Las 5 de la mañana en el reloj era la señal para iniciar su ritual; caminar era su procesión sagrada. Lo hacía desde que tenía uso de razón y quería hacerlo hasta el fin de sus días; pero no contaba con que un día de abril las calles de su barrio se acabarían por el uso constante que él les daba. Desde entonces, ya no tuvo por donde caminar.  

viernes, 16 de marzo de 2012

Lucero

Su menuda figura hacía rima con su apellido. Tenía un acento costeño, adoptado en sus 5 años como promotora comercial en Barranquilla, con el que llenaba todos los rincones de la cafetería que frecuentaba. Sus curvas eran tan peligrosas como las de la estrecha calle que conduce al barrio alto en el que ha vivido desde niña. Era una mujer mal empacada, pues tenía una personalidad y un corazón que no cabían en su pequeño cuerpo. Tal vez fue esa la causa para que un día, luego de una dura discusión con Giovanny, se reventara por dentro. Desde entonces, no se sabe nada de ella, pero su espíritu impregna el aire, y cada que alguien respira siente la sensación de que la está oliendo.

lunes, 12 de marzo de 2012

Amor de bits

Juan David tenía los dedos ampollados de tanto usar la comunicación vía pin; era un joven corto de palabras, enseñado a decirlo todo con menos de 140 caracteres; su mejor gesto era un emoticón que sonreía, y la única actividad social que tenía se limitaba a sus etiquetadas en el face. No cabe duda, era un hombre postmoderno. Una noche, desde la ventana de su cuarto, vio pasar por la calle a la mujer que por primera vez le despertó sentimientos reales. Quiso amarla, pero nunca encontró la clave para acceder a ella.

martes, 6 de marzo de 2012

Decisión ejecutiva

Juan Andrés era un ejecutivo exitoso. Joven, soltero, con un buen capital y un reconocimiento público amplio. Realmente era muy bueno en los negocios. Trabajaba en una de las compañías de telecomunicaciones más importantes del continente. Allí, diariamente tomaba whisky y decisiones importantes. Su único pecado fue dejar que las tareas cotidianas se le convirtieran en problemas complejos. Una noche, en una reunión de una de tantas juntas, cuando quiso confesárselo a su jefe, entendió que su pecado era mortal. Aquella noche, desapareció. 

domingo, 19 de febrero de 2012

Ofelia

Su origen pueblerino quedaba oculto tras un vestuario de dama elegante que sabía lucir con cierta naturalidad. Había aprendido un lenguaje demasiado culto; algo subido cuando lo usaba en su actividad comercial. Trataba de acomodarse en un círculo social al que le ocultaba su origen humilde en una vereda olvidada hasta en los mapas municipales. En ese  mundo, cometió el sencillo error de enamorarse de un hombre sin ideales. Le desnudó su alma. Desde entonces,  le quitaron la membresía del ostentoso club.  

martes, 14 de febrero de 2012

Político barato

Checho era un político barato con un estilo de vida costoso. Al tiempo que compraba votos, pedía puestos y pagaba favores sin que nadie supiera, vivía en una mansión, era socio de un prestigioso club, cenaba caviar e iba a la ópera.  A sus 40 años. el amor lo tomó por sorpresa, porque los sentimientos no hacían parte de su calculadora vida. Su pareja, un hombre joven y pobre, le enseñó el valor de las cosas simples, sencillas y cotidianas.  

Desde que comenzó su relación dejó el caviar, el club y la ópera. Tampoco compra votos, paga favores ni pide puestos. Ya no tiene tiempo ni para hacer esas cosas, el amor se lo copa todo.

jueves, 9 de febrero de 2012

Luces y sombras

La hora preferida de Gerardo era la noche, porque en ella se planteaba todas las preguntas. En el día, los interrogantes desaparecían y para él eran horas de tedio. Gerardo era un hombre como todos, lleno de dudas e incertidumbres, pero a diferencia de los demás, la luz solar le llenaba la cabeza de oscuridades.  Una noche, a  comienzos del año, se le fueron totalmente las luces.

jueves, 26 de enero de 2012

Pregunta

Los interrogantes fueron demasiados. Fueron tres noches seguidas en vela tratando de resolver muchas preguntas. Tras no encontrar las respuestas, al amanecer del jueves, Pipe entendió que su vida, como la de todos, no era más que un acertijo idescifrable. Conciliar el suño fue la primera respuesta.  

miércoles, 4 de enero de 2012

Enfermedad terminal

La enfermedad de César era terminal. No quería que nadie se enterara, pero en estos tiempos postmodernos las redes lo divulga todo. Aunque todos los sabían, César creía que se estaba muriendo en secreto. El día de falleció el médico que realizó la autopsia dijo con asombro: "No murió de cáncer, lo mataron la distancia y la soledad".

martes, 3 de enero de 2012

Indigente profesional

Humberto era un profesional mediocre, pero tenía la suerte y las relaciones suficientes para saltar de cargo en cargo en las grandes empresas de la ciudad. Era sucio en su accionar y grosero en la manera de tratar a sus subalternos. Era agresivo, marrullero, nada solidario y no tenía corazón. Gritaba, se exasperaba y maldecía. Desde un día empezó a mostrar su  peor síntoma: la fea costumbre de almorzar solo. Desde entonces, sin saberlo, comenzó a convertirse en un indigente profesional.

lunes, 2 de enero de 2012

La cosa política

La doctora Restrepo tenía un particular estilo político para hacer todas las cosas: hablaba, prometía, negociaba, cuadraba comisiones y finalmente sacaba provecho para sí. Julián, hombre con mente de campo pero con cuerpo de ciudad, la conocía muy bien. Por eso, al llegar a aquella cita, se hizo en un rincón de la oficina y guardó un silencio absoluto que pareció eterno. Al cabo de tres horas, la doctora creyó que estaba hablando sola, y terminó la reunión, según ella, porque no quería enredarse a sí misma.

domingo, 1 de enero de 2012

Amnesia

Beatriz tenía la extraña capacidad de hacer sentir mal a todo el que hablara con ella. Gilberto, su novio, era un hombre apasible, sencillo, callado y simple. Cierta noche, mientras ella le criticaba su facilidad para olvidar las fechas especiales y lo tildaba de amnésico, él decidió olvidarla para siempre.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Entrega de notas

Eladio era el más ilustre matemático de la ciudad. Aquel lunes, había quedado de entregar las notas a las 3:00 de la tarde, pero llegó mucho más temprano, calculando que sus alumnos no estarían allí todavía. Destapó su maletín de cuero, sacó los registros y esperó. Los minutos pasaron y lentamente se convirtieron en horas. Nadie llegó. Aquella noche, de regreso a casa, con la planilla en la mano, entendió perfectamente que sus estudiantes estaban muy bajos de nota.  

viernes, 14 de octubre de 2011

Oficio de payaso

El reloj despertó a las 8 de la mañana, como de costumbre. Hacía apenas 4 horas que había conciliado el sueño. Se maquilló rápidamente frente al espejo del baño. Su vestido de payaso estaba húmedo por la jornada del día anterior. Aunque era su día de descanso salió presuroso a la calle de aquella metrópoli que tant dura había sido con él. Caminó por sus calles y llegó hasta el Parque  de Bolívar. Allí se sentó en una  silla y soltó dos carcajadas que retumbaron por toda la ciudad. Aquel día el payaso solo quería hacer eso: reírse de la vida.

martes, 27 de septiembre de 2011

La bailarina

Mientras la bailarina de danza árabe preparaba sus velos para la próxima función, su coreógrafo secreto y silencioso diseñaba para ella un nuevo paso con el que la pondría a bailar con los pies en el aire.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Infidelidad

Guillermo necesitó 30 años para probar el verdadero amor. Cuando llegó al tercer piso de su existencia, se enamoró profundamente de la vida. Durante una década, le fue absolutamente fiel. La idolatraba, la consentía, la cuidaba y le seguía todos sus caprichos. Un viernes en la tarde, mientras revisaba una fotos, descubrió su infidelidad.  Nunca pudo perdonárselo. Guillermo Martínez yace bajo las ruinas de un viejo cementerio

viernes, 16 de septiembre de 2011

Entre letras y realidades

Ella era poetiza; él, cuentista. Sin embargo, no se conocieron por culpa de las letras sino de una mirada que ambos lanzaron entre líneas. Tal vez fue por eso que desde el primer momento desapareció la ficción y los dos escritores compartieron por siempre una misma realidad. 

martes, 30 de agosto de 2011

Lágrimas de mujer

Las lágrimas de Isabel brotaban libres cada que Roberto le contaba su historia. No era un relato trágico, tampoco dramático y mucho menos de terror; era simplemente la narración de la impotencia de un hombre sensible  ante el llanto de una mujer.

sábado, 6 de agosto de 2011

La vuelta

Carlos era un sicario de barrio decidio a todo, menos a amar, porque una mujer con la que se cruzó en su vida paralela de taxista le rompió el corazón. El día que recibió el encargo de matarla a ella, no pudo hacer la vuelta, porque como él mismo lo confesó ante el juez: para matar se necesita tener la sangre fría.   

jueves, 28 de julio de 2011

Indecisión

El balcón de la casa era siempre su lugar para pensar. Allí, Diego leía, escribía y permanecía ensimismado por horas. El balcón era a la vez sitio de reflexión y de vigilancia. Desde allí no sólo veía el barrio en completa perspectiva, sino que podía fisgonear a sus anchas y sin ser visto, a las parejas que se besaban, a los que peleaban, a los niños que tocaban los timbres y salían corriendo, a las vecinas que se robaban las flores de los antejardines, a los jóvenes que armaban sus cigarros de marihuana y a los pordioseros que pedían de puerta en puerta con un discurso aprendido de memoria.

Aquel balcón fue siempre un sitio solitario y silencioso y también se convirtió en palco preferencial. Una noche de solsticio, en aquella tribuna, repasó su vida capítulo a capítulo; la reconstruyó. Escribió una lista sus errores y sus aciertos en la que la primera fue mucho más extensa. Aquella noche la pasó completa mirando hacia la calle y decidiendo qué hacer con su vida. El amor, los negocios, el estudio y el trabajo pasaron por aquella balanza nocturna; sobre todo lo primero. La lluvia pertinaz hizo que los escasos transeúntes que cruzaron frente al balcón pasaran raudos mientras él seguía su tarea. Al amanecer, cuando apareció el sol en el oriente, las decisiones tomadas en aquel balcón estaban escritas en el portátil. Sin embargo, al leerlas en voz alta, Diego recibió un golpe en su interior, algo le dijo que aquellas decisiones ya estaban trasnochadas. Desde entonces, recorre la casa buscando un lugar para pensar.

lunes, 25 de julio de 2011

Cuarto de siglo

Habían pasado 25 años y por primera vez él, lleno de sinceridad y despojado del orgullo que lo caracterizó toda la vida, reconocía sus sentimientos. Mientras tanto, ella  seguía esperando en silencio a que el rosal del patio floreciera en invierno.

sábado, 23 de julio de 2011

Árboles y luces

Aquella madrugada, mientras veía llegar el amanecer a través de una pequeña ventana, acostado boca arriba, amarrado a los lados, con un gran dolor en la parte baja de la espalda  y una buena dosis de morfina en el cuerpo, recordé la sentencia de mi amigo Antonio: “a nadie le gusta viajar en ambulancia, sobre todo si el puesto que se ocupa es el del paciente”. En medio de la traba, al compás de una destemplada sirena, vi pasar rápidamente los árboles de las calles y las luces de la ciudad. Sentí que el mundo estaba en un desorden similar al que tenía mi cuerpo por dentro. Tomé aire, quise calmarme pero no pude, y en medio del desespero pensé en que las ambulancias son lo más parecido a los carros mortuorios. La posición en el vehículo es muy similar. La diferencia puede ser que en las ambulancias el dolor lo tiene el que va acostado y que la velocidad del carro es mayor. Pasaron varios minutos y el dolor de la espalda superó los efectos narcóticos y sedantes de la droga que entraba al cuerpo mezclada con el suero. Al llegar al hospital, los enfermeros me bajaron rápidamente, con sumo cuidado. Al lado, estaba otro vehículo al que me trasladaron. Perdí el conocimiento y aquí estoy esperando. Quisiera saber si las luces del frente son las del quirófano o las del túnel. Son tan similares como las ambulancias y los carros mortuorios.

miércoles, 20 de julio de 2011

Insectario de sueños

Era una casa antigua, con algunas paredes de tapia, un portón viejo y un patio gigante en el que se perdían los recuerdos. Tenía siete habitaciones, una cocina más vieja que la casa, dos baños, un pasillo de los que en los pueblos llaman zaguán, y una sala tan grande como el miedo que me producía quedarme allí solo. También, había un solar con cara de selva amazónica, saturado por un montón de maleza que a mis escasos 10 años de edad me servía para entender el trapecio amazónico del que tanto hablaba el profesor de geografía.  Por más que cortábamos y limpiábamos aquellos arbustos, al otro día amanecían de un tamaño gigante, como sembrados a propósito por algún vecino desquiciado al que nunca pudimos descubrir o por algún sujeto mitológico, al que sólo yo podía ver, que aparecía en las noches, azadón en mano, para hacernos la maldad. A mi primo Luis y a mí nos tocó repartirnos los siete días de la semana para limpiar aquel inmenso solar en el que diariamente construíamos historias y descubríamos diferentes especies de insectos. Ya en la escuela, dos años atrás, la señorita Regina nos había vendido la idea de capturar insectos para coleccionarlos en un corcho cuadrado al que con demasiada obviedad no le cabía otro nombre sino el de “insectario”. Con lluvia o con sol, a mi primo y a mí nos tocaba llegar del liceo a cumplir la tarea de jardineros y campesinos que la tía Fanny nos escrituró. Yo odiaba aquel solar. Todavía lo odio. Gracias a mi tía, a mi primo Luis y a las recomendaciones tempraneras de la señorita Regina, me convertí en un cazador de insectos demasiado sectario. Hoy en día, ese corcho ha crecido desproporcionadamente, tiene clavadas más de 2000 especies y ocupa un lugar  en todos mis sueños.

jueves, 14 de julio de 2011

Frío

Aquella noche, frente al muro de ese frío  callejón, Julio  sintió que el mundo se acababa. Era febrero del 2008 y realmente no fue así.  El mundo siguió su curso, pero Julio perdió el suyo.

miércoles, 13 de julio de 2011

Virus

Aquella mañana, Salvador sintió que su vida llegaba a la frontera. La fiebre era constante, el escalofrío no cesaba, la resequedad en la garganta le molestaba desde la noche anterior y el dolor en los huesos lo amarraba a una sábana con la que no alcanzaba a cubrirse las dos piernas. Tenía los síntomas del virus de moda, aquel del que se enteraba a diario por el pequeño radio de pilas que le servía de conexión con el mundo del que se había aislado. Sabía que su enfermedad no era producto de un contagio, pues hacía más de un año que había decidido vivir solo en aquella montaña y la única persona con la que entraba en contacto cada dos meses era Luisa, la dueña de la tienda de aquel corregimiento perdido en la cordillera.  En cinco ocasiones, ella le había dejado el mercado básico sobre  el mostrador de madera, y él, a su vez, la misma cantidad de veces en un años,  le había dejado el dinero  exacto de la compra. Comenzó a desfallecer. La película de su vida comenzó a proyectarse en su cabeza. Trató de reaccionar, pero no pudo. En medio del delirio, descubrió que estaba enfermo de soledad. No tuvo fuerzas para esperar el mes que le faltaba para regresar a la tienda.

martes, 12 de julio de 2011

Muerto

Al destapar el féretro me sorprendí con el rostro del cadáver. Era casi idéntico a mí, tenía las mismas facciones y hasta se reía igual; pero no era yo. Aquella noche decembrina del 64 entendí que los ataúdes no son más que espejos que reflejan el alma.

lunes, 11 de julio de 2011

En la playa

Gustavo llegó a la orilla y miró fijamente el mar. Por un momento, Andrea se le metió en sus pensamientos hasta que una fuerte ola vino y la arrebató de su cabeza para llevársela mar adentro.

martes, 21 de junio de 2011

la Jefe

Angélica siempre había estado ahí; pero había pasado inadvertida para Luis, que se ocupaba de otras miradas. La vida los puso cerca el día en que ella resultó siendo su jefe. Desde ese momento todo cambió, no propiamente por el rango de ella, sino porque él descubrió que ya no era una mujer prohibida.  Ahora Luis solo espera sus órdenes.

miércoles, 8 de junio de 2011

Desaparecida

Eran las 6. El día comenzaba a asomarse en las cordilleras del oriente. Federico sumaba su cuarta noche en vela y el cansancio cedía su natural espacio a la ansiedad. El ritual se repetía: otra taza de café, un nuevo cambio en el dial del radio, medio cigarrillo y de nuevo cinco líneas construidas durante varias horas que desaparecían de la pantalla con un solo clic. Era jueves. Lo último que escuchó de Alejandra fue el suspiro clásico de la mujer que queda completamente satisfecha después de una noche de pasión, la primera y la única que habrían de vivir. De resto: el celular apagado, su teléfono fijo desconectado, ninguna razón en la oficina y el desconcierto de Amanda, su amiga más cercana. Se habían conocido el sábado en la tarde por razones del oficio de ambos. No hubo muchas palabras, pero sí muchas miradas que lo dijeron todo. El domingo en la tarde se entregaron al placer. Desde entonces Federico no dormía, y no lo volvería a hacer hasta el día que su cuerpo quedó consumido por falta de sueño. Federico sabía todo el fondo de la historia, pero no se atrevió ni a dejarla escrita, ni a contarla. Mientras él dejó que el tiempo y la ansiedad se lo tragaran, Aleja había desaparecido huyendo del verdadero amor.